sábado, 19 de julio de 2008

W. Giegerich: ¿Es “profunda” el alma? (1a. parte)


Últimamente he publicado varios artículos de Heidegger que hacen alusión al tema del pensar (Qué significa pensar, y Construir, habitar, pensar, entre otros) al pensamiento (como Serenidad, y La pregunta por la técnica, y Desde la experiencia del pensamiento, entre otros) y también acerca del logos.

Heráclito fue aquél pensador del logos (traducido usualmente como “verdad”, “medida”, “discurso”, “razón”, “fundamento”, entre otras muchas posibles acepciones) que en su fragmento 45 enunció: “No encontrarás los límites del alma (psyché) ni aún cuando recorras íntegramente cada camino sobre la tierra; tan profundo (bathys) es su logos

Con la amable autorización de Wolfgang Giegerich, estoy traduciendo su artículo: ¿Es “profunda” el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del “Fragmento 45” de Heráclito, publicado originalmente en la revista Spring 64, 1998

En este maravilloso artículo están contenidas las ideas esenciales del pensamiento de Giegerich: la vida lógica del alma, el pensamiento como una actividad que supera a la imaginación y la penetra, el salto de la ontología a la lógica, el “alma” como reflejo de un proceso, así como sus agudas críticas a la psicología imaginal de James Hillman.

He aquí la primera parte de esta traducción

¿Es “profunda” el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del “Fragmento 45” de Heráclito
por Wolfgang Giegerich
(pub. en SPRING 64, 1998), trad. Enrique Eskenazi

¿Es ”profunda” el alma? La pregunta no pareciera tener sentido en la psicología profunda, puesto que la profundidad del alma es uno de los presupuestos dados con la misma definición del campo. El conocido “Fragmento 45”(Diels)(1) de Heráclito -"No encontrarás los límites del alma, aunque viajaras por todos los senderos: tan profunda medida tiene”(2)- se ha tomado frecuentemente como la formulación más antigua de la intuición de la profundidad del alma, y por esta razón Heráclito ha sido considerado uno de los precursores de la psicología profunda.
Pero ¿propone este aforismo la tesis de la profundidad y, en caso de que fuera un enunciado sobre la profundidad del alma, cuál es el significado preciso de “profundidad” o “profundo” en este caso? Estas son preguntas que pueden plantearse razonablemente.

Acercarse a un texto antiguo con tales preguntas en mente no hace que la subsiguiente discusión sea un estudio filológico o histórico. Su interés es por el alma, pero como el alma no puede tratarse directamente, este estilo de investigación psicológica tiene que asumirá la forma de comentario sobre “documentos del alma” dados. La pregunta psicológica no es ni puede ser qué y cómo es el alma, sino cómo se refleja el alma en sus manifestaciones. No somos tan ingenuos como para querer confrontar el alma directamente. Hemos entendido que la psicología es el estudio del reflejo en algún espejo y no el estudio de aquello de lo cual la imagen en el espejo es un reflejo. Esta vuelta hacia lo ya reflejado no es un truco para después de todo llegar al alma, la cual de otro modo es invisible, ni un segundo mejor sustituto en lugar de "la cosa real". Por el contrario, sabemos que lo ya reflejado es "la cosa real" de la psicología.
Aparte de la cuestión del alcance de significados de la palabra griega usada aquí para “profundo” (bathys), tres rasgos de nuestra cita requieren atención.

1. Si uno se acerca a nuestro fragmento con la expectativa de que es el locus classicus acerca de la profundidad del alma, uno se sorprende de encontrar, mirando con más atención, que Heráclito no dice que el alma es profunda. Usa la palabra “profundo” con respecto al logos del alma (que en la versión traducida arriba ha sido vertido como “medida”). El logos es profundo. Que esto también haga profunda al alma, es una cuestión abierta.
2. Tendemos a conectar “profundidad” primariamente con verticalidad. Así James Hillman, después de citar nuestro fragmento, afirmó “Desde que Heráclito unió alma y profundidad en una formulación, la dimensión del alma es la profundidad (no extensión o altura) y la dimensión de nuestro viaje anímico es hacia abajo”(3). Y en una nota al pie de la cita, añade, “el alma no está en la superficie de las cosas, las superficialidades, sino que llega hacia abajo a profundidades ocultas, una región que también se alude como Hades y muerte”(4). Ahora bien ¿no es extraño que la fantasía que Heráclito nos presenta en la parte más larga de este fragmento sea de horizontalidad, un movimiento sobre la superficie de la tierra? Cuando Thomas Mann abre su novela “José y sus hermanos” con la frase: “Profunda es la fuente del pasado” sabemos inmediatamente que la perspectiva es hacia abajo. Sin embargo aquí no hay ninguna imagen de una fuente, ni sugerencia de “abismo”, “fundamento”, “inframundo”, “fondo” o “sin fondo”. No puede caber duda de que Heráclito piensa primariamente en términos de extensión. Habla de “todos los caminos”, de viajar, de fronteras, límites. Los caminos siempre siguen la superficie de la tierra. Pueden ascender a una sierra o bajar al valle, pero nunca abandonan la superficie y sirven al objetivo de llevarlo a uno horizontalmente de aquí para allí. (El viaje al Inframundo no procede por caminos). Además la palabra traducida como “viajar”, epiporuesthai, con su prefijo epi, sugiere explícitamente el movimiento horizontal. Se usa típicamente para la marcha de un ejército y para atravesar un área, aspecto que en nuestra cita se ve reforzado por la idea del límite o la frontera, que se encuentra después de haber atravesado completamente una región o país. Hay también en el texto una palabra adicional, ion (participio presente de iénai, ir, andar) que no suele traducirse en las versiones modernas porque se siente que su significado está contenido en el de “viajar”, pero que es apto para fortalecer la fantasía de movimiento horizontal. Y conversamente no hay nada en el texto que sugiera un ascenso o un descenso. Por supuesto, puede pensarse que al argumento de Heráclito podría haber sido: el movimiento horizontal es inadecuado para el alma, por lo tanto tenemos que llegar a la conclusión de que la dimensión más propia del alma es completamente diferente de profundidad y descenso. Y no extensión horizontal ni amplitud. Pero como muestra la palabra bouto (bathys) (tan profundo), no se establece contraste entre la primera y la segunda parte del fragmento, siendo la fantasía horizontal la que conduce al enunciado final, apoyándolo.
3. Qué extraño sería que Heráclito, al pensar acerca de la dimensión del alma (psyché) ofreciera la imagen de viajar por caminos (carreteras). Nadie que hoy intentara buscar los límites del alma comenzaría con la idea o imagen de una búsqueda en el mundo exterior, porque se entiende que los límites del alma no se encuentran en primer lugar ahí. ¿No es acaso el alma algo invisible, inmaterial, inespacial y, sobre todo, algo interior a nosotros, de modo que cualquier movimiento por caminos en la realidad externa (sin tomar en cuenta si se lo entiende literal o metafóricamente) está fuera de lugar, por principio? A menos que, por supuesto, psyché en Heráclito no esté definida como “interior” (dentro de los humanos) versus “exterior”, sino que se extendiera fuera en el mundo. Entonces lógicamente éste sería el lugar donde debiera buscarse primeramente. Fuera cual fuera la idea de alma de los griegos o de Heráclito, la elección de la imagen deja claro que psyché debe ser tal que tiene alguna plausibilidad buscar sus límites afuera viajando por cada camino, aunque más no fuera preliminarmente. No puede ser parte de la definición a priori de la psique el que tenga su sitio dentro de nosotros, y que consista en lo que ocurre en nosotros, nuestras emociones, pensamientos, imágenes, deseos, etc.

La última parte de nuestro texto acerca de la profundidad del logos del alma no es la parte de importancia de nuestro fragmento. Sólo presenta el resultado o la conclusión de un proceso de pensamiento, un resultado que apenas si es algo más que un breve nombre abstracto para la idea que ha de transmitir. La idea misma, lo que implica y el modo en que se adquiere, sólo puede aprehenderse de la primera frase acerca de la búsqueda de los límites del alma. No basta saltar a dos palabras sueltas (“profundidad” y “alma”) del texto y, sin tomar en cuenta el contexto y el proceso de pensamiento en que ocurren, atribuirles cualquier significado que asociemos usualmente con ellas a fin de explotarlas para nuestros fines. Además no debemos permanecer absortos ante la pretendida mística de que "el alma es profunda” y repetir insensatamente este eslogan como un estático artículo de fe. El “Fragmento 45” habla expresamente de viajar. Y aunque no lo hiciera, aún tendríamos que honrar a Heráclito como un pensador y a nuestro fragmento como un ejemplo de pensamiento viviente, en otras palabras: como movimiento. Sería un insulto a Heráclito suponer que lo único que pretendía hacer con este fragmento era establecer una especie de “máxima áurea de sabiduría” acerca de la profundidad del alma; no se trata de sabiduría, ni de máximas, ni de una verdad estática y acabada, sino de un pensamiento. Tenemos que entrar en el preciso y complejo proceso de pensamiento que Heráclito condensó en este fragmento, y pensarlo, reconstruirlo, es decir, seguir su movimiento interno; tenemos que desarrollar lo que nos presenta en la brevedad de una frase. Para hacer esto, tenemos que dejar atrás todo el equipaje que traemos, todas nuestras ideas preconcebidas acerca de la naturaleza del alma, así como de su “profundidad”, y someternos de hecho al viaje mismo al que nos envía nuestro texto, a fin de descubrir adónde conduce este movimiento y cuáles son sus resultados.

Heráclito nos envía a buscar los límites del alma. A fin de hacerlo, se supone que avancemos y viajemos no sólo por un camino, sino por cada camino posible, en todas las direcciones posibles, y debemos viajar cada uno de estos caminos, por así decirlo, todo a lo largo (como lo implica el sentido de “atravesar” contenido en epiporeuesthai). El filósofo nos somete a un experimento mental; es obvio que empíricamente no podemos viajar cada camino hasta su final (especialmente en un tiempo en que viajar por un camino significaba viajar a pie o a caballo). La vida es demasiado corta, nuestra fuerza física demasiado pequeña. No, no tenemos que abandonar nuestra casa físicamente. Tenemos que hacer una expedición en la mente. Supongamos, nos dice Heráclito, que no hubiera ningún límite respecto a tiempo y fortaleza, que no hubiera limitaciones humanas, ni la naturaleza finita de la existencia humana, y que tuviéramos la capacidad de viajar efectivamente cada camino todo a lo largo (se podría incluso extender la idea incluyendo nuestros modernos modos técnicos de transporte: vehículos motorizados, aviones, naves espaciales y transformar la afirmación de Heráclito en lo siguiente: supongamos que fuéramos capaces de inspeccionar cada rincón del universo)- descubriríamos que no podemos hallar los límites del alma.
La idea no es en absoluto la imposibilidad humana de llegar a los límites del alma. No es un problema práctico. Heráclito no trata de decirnos que la tarea es demasiado grande o difícil para nosotros. El fragmento habla, más que sobre nosotros y nuestras insuficiencias, acerca de la naturaleza del alma, como deja claro la última frase respecto a “la profundidad de su logos”. La cuestión es que en principio los límites del alma no pueden encontrarse, no podrían hallase ni por un ser sobrehumano. Esto quiere decir que no hay límite, el alma es ilimitada, infinita. Este es un pensamiento difícil. ¿Qué quiere decir?

Se podría pensar que significa que el propio viaje podrá continuar, interminablemente. Pero tal sentido de infinito no se ve apoyado por nuestro fragmento. Esto sería lo que filosóficamente se llama “el progreso infinito” y que Hegel ha mostrado que es “la mala infinitud” o “mala metafísica”. La idea que Heráclito ha elucidado y pronunciado no habría sido profundizada o no estaríamos a su altura, porque aún esperaríamos algún límite, aún cuando se ha entendido que nunca llegaremos a él. La idea de Heráclito en cambio es definitiva, esto es, pone fin a cualquier búsqueda de límites del alma. Su idea vuelve absurdo a priori cualquier intento de encontrar los límites del alma. Todo el proyecto se ve frustrado, negado; se muestra que no sólo es fútil, sino irrazonable desde el comienzo. No acabamos en al indeterminación de una “profundidad” en el sentido de una extensión inacabable en la distancia (independientemente de si es horizontal o vertical). No, ha sido implacablemente eliminada la orientación entera hacia una profundidad sin fondo, la expectativa infinitamente autoperpetuada de un fin a la propia búsqueda en algún futuro inalcanzable; no se trata de un “aún no”, en un futuro siempre diferido, sino de un “no” concluyente que, aquí y ahora, acaba con todo coqueteo con la idea de un límite del alma ahí afuera.

El resultado con el que acabamos es paradójico. La idea es que el alma “no tiene límites”, pero esta idea resulta ser en sí un pensamiento terminante y, como tal, un nuevo límite. El resultado final de la reflexión de Heráclito no es en absoluto una total ilimitabilidad. El cierre que no se encuentra de hecho o in re (como límite del alma) recurre nuevamente en la mente, dentro de nuestro pensamiento, como su límite, como un pensamiento limitador que termina con nuestras expectativas infinitas y con nuestra búsqueda de un límite. La reflexión de Heráclito, en lugar de privarnos de un sentido de límite, produce un transporte de “límites” desde la esfera de lo real a la de lo mental o ideal, desde el “objeto” (el alma, la realidad psicológica) al “sujeto”, de lo ontológico a lo lógico.

Otra paradoja es que tenemos que someternos efectivamente a la búsqueda de límites viajando por cada camino a fin de descubrir que esta búsqueda es irrazonable.
El alma no tiene límites. Esta es una contradicción. “Borde” (límite, frontera) significa dos cosas: a) limitación, fin, constricción, encierro y b) un limitar con otro, con algo nuevo, foráneo, y en este sentido una apertura a nuevas regiones o países. Si el alma no tiene límite, esto resulta en una inversión con respecto a los dos aspectos de "borde”. Donde “borde” significa limitación, el alma es ilimitada, infinita; donde “borde” significa apertura a un exterior, tenemos que darnos cuenta de que el alma no tiene con qué bordear, y que “alma” implica absoluto confinamiento(5). Conversamente, esta inversión del orden natural de las cosas muestra que con su idea de “sin límites” Heráclito no usa meramente la palabra “alma” sino que toca la realidad que significamos por “alma”, pues el alma es un “mundo invertido (o boca abajo)” (Hegel), es contra naturam.

Estamos desesperadamente cercados por el alma. No hay nada fuera de la psique, no hay otro, nada nuevo. La idea o la lógica del alma excluye un más allá, un “extranjero”. No podemos salir. No hay nunca un punto donde habría una línea demarcatoria que separe lo que está dentro del alma de lo que está ahí fuera. Estamos desesperadamente atrapados en el alma, es decir, en su absoluta interioridad; sin salida (6), sin escape. Quiero elucidar esta noción de absoluta interioridad en el sentido de encierro inescapable, volviendo a otro texto de otra civilización, n la que -mutatis mutandis- se presenta “la misma” idea con mucho más detalle y plasticidad, aunque con respecto a la presencia de Dios en lugar de la psique. Es un texto del Antiguo Testamento, Salmos 139, líneas 1-16:

“Señor, tú me escrutas y conoces, sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mis pensamientos calas desde lejos, esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas. Que no está aún en mi lengua la palabra y tú, Señor, ya la conoces entera; me tienes por delante y por detrás y tienes puesta sobre mí tu mano. Tal ciencia es misteriosa para mí, harto alta, no puedo alcanzarla.
¿Adónde iré yo lejos de tu espíritu, adónde de tu rostro podré huir? Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el Seol me acuesto, allí te encuentras. Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar al extremo del mar, también allí tu mano me conduce, tu diestra me aprehende. Aunque diga “me cubra al menos la tiniebla y la noche sea en torno a mí mi ceñidor” ni la misma tiniebla es tenebrosa para tí y la noche es luminosa como el día...
Mi alma conocías cabalmente y mis huesos no se te ocultaban cuando era yo formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. Mi embrión tus ojos lo veían, en tu libro están escritos todos los días que han sido señalados sin que aún exista uno solo de ellos”.

Lo que Heráclito presentó resumidamente en una frase y en el solo pensamiento de viajar “cada” camino, el salmista lo explicita. En su experimento mental el salmista viaja realmente por cada posible camino en todas las direcciones. Ya fuera al final del mundo en el Este donde el sol se levanta o al Oeste donde se pone en el océano, ya subiera al Cielo o descendiera al inframundo, se ve forzado a darse cuenta de que todos modos estaría contenido en la presencia de Dios. Ya esté en movimiento o en quietud, no puede huir. Aún la aparente privacidad de sus pensamientos o la oscuridad de la noche (o, podríamos añadir, la oscuridad de lo “inconsciente”), de hecho, aún ni el pasado prenatal es un área que pudiera ofrecer al menos algún afuera teórico. El salmista expresa la intuición de estar inescapablemente rodeado por todos los lados, en el tiempo, en el espacio empírico y cósmico así como en el reino interior de los propios pensamientos y sentimientos. Todo, su existencia entera, está contenido absolutamente en un conocimiento absoluto (“autónomo”, “objetivo” y a priori), en un ser conocido que se experimenta como un aprisionamiento.

Si no hay huida y no hay fuera, entonces sólo hay interioridad: absoluta interioridad. Es absoluta porque esta interioridad no es la contraparte de una exterioridad. Esta interioridad es incontestada: infinita. Nuestra noción habitual de interioridad o de “lo interno” es abstracta o externa, porque según ella lo interior tiene su otro, lo exterior, fuera de sí, en el otro lado del borde entre ellos, y lo interno es igualmente exterior al mundo externo. Nuestro salmo nos hace darnos cuenta de que toda “exterioridad” concebible está ya (a priori) dentro de este conocimiento omniabarcador. Así nos vemos obligados a avanzar a un sentido de una interioridad “interior” que ha interiorizado en sí misma incluso la noción de un "exterior". En el nivel de conciencia alcanzado por el salmista y por Heráclito, un exterior “real” se ha vuelto inconcebible. Estamos absolutamente encerrados ya sea en la interioridad de un ser conocidos por Dios (Salmo 139) o en la interioridad de la psique (Heráclito, Fragmento 45).

Impulsado por el deseo de salirse, el salmista intentó en su experimento mental todo tipo de "exterior" imaginable. Y experimentó cómo se falsaba la hipótesis de que podría haber una salida hacia afuera. De este modo adquirió dolorosamente un nuevo estatus de conciencia determinado por la idea de una interioridad inescapable. Aún cuando Heráclito nos de una condensación más breve de su experimento mental, podemos suponer a partir de lo que dijo que su proceso de pensamiento fue “el mismo”, y vemos que conduce al mismo resultado. El primer aspecto de este resultado es el carácter de aprisionamiento de nuestra contención en el alma. Pero hay también el otro aspecto de la idea de “sin límites” o “sin borde”: la de la infinitud del alma. Es ilimitada. Ya sabemos que esta infinitud no puede querer decir una interminable extensión en la distancia, ni especial ni en el tiempo (pasado o futuro). El conocimiento de que no hay límite opera como un nuevo límite, no sobrepasable, en el que como delante de una pared de ladrillos se repele nuestra aspiración a llegar a un límite en la infinita distancia. Se arroja de nuevo y se refleja sobre sí mismo. El nuevo límite es la pared de la absoluta prisión, que es absoluta porque no separa libertad ahí afuera de aprisionamiento aquí adentro. En tanto la infinitud del alma está ella misma absolutamente encerrada en su absoluta interioridad, no puede huir más y más hacia la extensión. Es regresada adentro, forzada hacia el interior, interiorizada dentro de sí misma.

Pero cuando la implacable orientación hacia la exterioridad espacial en una distancia interminable se ve obligada a retornar adentro ¿adónde puede ir? Inevitablemente tiene que explotar la noción literal, natural, propiamente espacial de “lo interior” y abrirse así a una dimensión enteramente nueva, la de la “intensión”. Pero no, “explosión” es un error, aún está ligada a la orientación extensiva. Tenemos que hablar de una implosión. Pero de nuevo, esta no es la expresión adecuada, porque implica un proceso demasiado violento. La interioridad infinita o la infinitud interiorizada acaece mediante el proceso alquímico, lógicamente negativo, de una putrefacción interna, corrupción, fermentación, sublimación aún más profunda dentro de sí de "lo que sea que está allí".
Sin embargo esta conquista de la dimensión de una infinitud intensional o “interior” equivale a nada menos que a un colapso de todo pensamiento espacial. Y este a su vez es el colapso del modo de la imaginación en favor de la reflexión, del pensamiento en sentido propio. Heráclito es llevado más allá de la imaginación. De modo semejante, el salmista es llevado más allá de lo imaginal, más allá del mito. No sólo se superan de una vez para siempre todos los lugares empíricos sobre la superficie de la tierra y el mundo entero de la naturaleza, sino también los topoi estrictamente imaginales o arquetipales del Cielo y el Inframundo en favor de la nueva dimensión de un conocimiento omniabarcador, que lo penetra todo. La importancia de la esfera mental se acentúa por la inclusión de los propios pensamientos ocultos (planes) y las palabras aún no proferidas en este ser conocido previamente mencionado. Hay un desplazamiento radical, revolucionario, respecto al sitio de la existencia humana. Ahora la existencia humana tiene su lugar primario dentro de un “ser conocido” inescapable y ya no, como en tiempos del mito politeista, en el simple ser ingenuo, en el cosmos, en la naturaleza. En este salmo presenciamos el origen de un primer darse cuenta de la “consciencia”, en otras palabras, de una real consciencia de la consciencia, y por ello el comienzo de un sentido de lo psicológico. El ser-en-el-mundo (inocente, natural (7)) -y por tanto ontológico- es reemplazado por un ser en la esfera especulativa de la reflexión, consciencia, logos como ser “roto” (reflejado) o superado- del mythos al logos.
Puesto que este salmo es un texto de la Biblia y en la superficie habla a y acerca de Dios, tendemos a leerlo teológicamente, en términos de devoción. Pero una lectura teológica no puede hacerle justicia. Disminuiría su importancia y neutralizaría su impacto revolucionario envolviéndolo regresivamente en una fe convencional. Nuestro texto es sobre todo un documento esencial en la historia del alma, prestando testimonio del origen de un estadio nuevo de conciencia. No deben cegarnos la palabra Dios y nuestra reacción “natural” a ella. Este texto no es acerca de Dios, como si Dios fuera primero que nada una positividad dada cuya naturaleza estaría aquí descrita. Muchos dioses míticos tenían el atributo de ser omniscientes. Pero en el mundo del mito, el dios era la “substancia”, y su conocimiento era uno de sus “atributos” o cualidades. Aquí es al revés. El texto es sobre un conocimiento inescapable. El salmista no quiere huir de Él, que además ocurre que es omnisciente, sino del (de Su) conocimiento, (Su) espíritu, (Su) presencia. El salmista se eleva a la intuición de una contención inescapable en un reino inespacial de reflexión o de un auto-conocimiento (“con-scientia”) “objetivo” (no subjetivo, no personal suyo) y, como era de esperar, a esta contención absoluta le dio el nombre de “Dios”.

Pero se trate de “Dios” o de “la psique”, la experiencia efectiva es análogo en el salmo y en el fragmento de Heráclito, siendo la única diferencia que en cada caso se acentúan momentos diferentes de la misma experiencia. Al personificar esta esfera de reflexión, el texto bíblico acentúa su completa alteridad, su objetividad y autonomía respecto al yo, en tanto que el aspecto de que el recién descubierto “ser-conocido” es un auto-conocimiento se mantiene en una condición subliminal. El salmista siente la necesidad de distinguir y distanciarse de este auto-conocimiento. Por ello el motivo de la huida está en primer plano. Es terrorífico hallarse expulsado de la inocencia de la propia inserción nativa en el mito y despertar a una conciencia de la reflexividad de la existencia. La fuga del salmista es compelida por su deseo de regresar al estadio inocente, irreflexivo y no reflejado, de ser-en-el-mundo (el estadio de ser caracterizado por el mito y el ritual) -precursor del anhelo romántico de Retour à la nature. Pero la primera emergencia de este anhelo de ser aliviado de la carga de la conciencia (en el sentido de Selbstbewußtsein, una conciencia de la conciencia) y los intentos de huir del estado roto, reflejado, de ser viene ya con la intuición de su futilidad; no se complace en una ilusión nostálgica. En efecto, probablemente sólo mediante el sentimiento de la pérdida de unidad, la pérdida de inserción en el mito y el ritual, y mediante la intuición de la imposibilidad de un retorno a la inocencia de ser, se adquiera el nuevo sentido de “internidad” (in-ness) en un auto-conocimiento. El intento de salir fuera de su contención en el conocimiento de Dios es, dialécticamente, el modo en que el salmista adquiere realmente la idea de esta contención para sí y se establece en ella, sacando definitivamente la existencia humana de estar roedada por el mito y fundándola en cambio en la reflexividad; precitamente intentando huir consigue comprender él mismo la intuición de su inescapable contención en el conocimiento de Dios.



Heráclito, por contraste, no está especialmente interesado en salirse. Habría querido alcanzar positivamente los límites atravesando todo el espacio de contención en la psique de aquí a allí. Desde el inicio su visión permanece mucho más adentro. Y su idea de psyché correspondientemente acentúa la conexión de esta reflexión “0bjetiva” con el ser humano, con nosotros, como nuestra existencia psicológica. A partir de su versión de la intuición, no es demasiado difícil llegar a nuestra idea moderna de la psyché como auto-relación, auto-reflexión. Pero por supuesto, en la idea de auto-relación no se pierde tampoco totalmente la alteridad que subrayaba el texto bíblico; es inherente en ella como un momento superado, en tanto el yo que reflexiona y el yo que está siendo reflejado son ambos idénticos y diferentes

Los diferentes reinos y cosas en lo imaginal tienen límites. Por ejemplo el Cielo, la tierra, y el Inframundo son esferas claramente demarcadas. Mar y tierra, valle y montaña, limitan con el otro. Si el alma no tiene límites, no puede ser de una naturaleza imaginal. La visión obtenida por Heráclito de que el alma no tiene límites pone fin a cualquier pensamiento sobre ella dentro del reino de la imaginación, y aún más dentro del espacio de la intuición sensorial. Cuando en el estadio lógico de conciencia alcanzado por Heráclito se viene al alma, se reduce al absurdo el pensamiento en términos espaciales en cuanto tal. El alma no es res extensa, no puede concebirse en términos de extensión, sin que importe si es extensión literal o imaginal. El alma es res cogitans y el enfoque adecuado a ella es por tanto en y mediante el pensamiento. Si aceptamos el mensaje del fragmento de Heráclito, tenemos que darnos cuenta de que el reino de la psicología comienza donde la imaginación ha sido reemplazado.

Hay dos obstáculos para este entendimiento: 1) con los términos res extensa y res cogitans entramos en el territorio de Descartes. En muchos ámbitos y en la psicología arquetipal Descartes es tratado con desdén. Es tratado como un criminal (psicológico o intelectual) responsable de la escisión fundamental expresada por la oposición de los términos mencionados arriba. Esto no es sólo injusto, sino también no-psicológico. Descartes no hizo nada; no es responsable ni culpable de una escisión. Meramente expresó la escisión que era constitutiva para la condición del alma moderna y, por tanto, una verdad moderna. Si alguien es “culpable” aquí, es el alma. Descartes tan sólo hizo su legitimación, nada más. De algún modo podemos ver esta distinción u oposición suya prefigurada ya en el aforismo de Heráclito. Culpar a Descartes es una defensa (en el sentido psicoanalítico de la palabra) contra tener que reconocer la revolución psicológica fundamental que ha tomado lugar hace ya tiempo y que ha provocado una ruptura irrevocable, experimentada como la pérdida del mito y el extrañamiento de “la naturaleza”. Expresada en términos positivos, fue la adquisición de una conciencia rota, reflejada y reflexiva. No tenemos que combatir o negar a Descartes. Tenemos que llevarlo más allá, “pensarlo aún más” (para jugar con la formulación de Jung “soñar aún más el mito”). Por esto cuando digo que el alma no es res extensa, esta última expresión no es exactamente idéntica con el significado y la función que tiene en su pensamiento. 2) Hay la idea de que recurriendo a la imaginación esta escisión podría curarse nuevamente. Lo imaginal es imaginado (¡no pensado!) como no siendo ni una res extensa cartesiana, ni una res cogitans. Se supone que está exenta de esta distinción. Se dice que es un tercero intermediario. Pero las cosas no son tan simples como eso. Ciertamente, del modo en que se propone el par oposicional de Descartes, lo imaginal no encaja, sólo eso. Pero esto no significa que no esté cubierto por este esquema. Al contrario, no es sino la formación de compromiso entre sus opuestos. Si no pertenece a ningún lado y no es tampoco un tercero totalmente diferente, ¿qué otra cosa puede ser? Existe como la entera oposición plegada en una, pero de tal modo que dentro de este Uno los opuestos están internamente inmunizados el uno contra el otro, y así se desactiva y se suspende, en un empate, su peligroso conflicto. Como tal lo imaginal en la psicología moderna es la internalización como un todo, disfrazada, de la misma escisión cartesiana a la que desprecia abiertamente y para la cual se dice que es la solución. ¿Por qué?

Imagen es forma y la forma es espacial. En este sentido, lo imaginal es indudablemente res extensa. Pero es materia extendida sólo en cuanto está referida al contenido de la imagen. Su forma lógica (como imagen en la imaginación o como idea en la mente) no es extendida, por supuesto. Por su forma participa de la naturaleza de la res cogitans de Descartes. Al separar estrictamente el contenido y la forma lógica de la imagen, cada una a un lado, la idea de lo imaginal es el truco que permite tenerlo todo en ambos sentidos. Es el truco de intentar hacer justicia a la res extensa y a la res cogitans a la vez, mientras se impide que se vuelva manifiesta y efectiva la naturaleza auto-contradictoria de este emprendimiento, lo que lo llevaría a su auto-destrucción. El truco consiste en camuflar la obediencia simultánea a ambas y distribuir sistemáticamente los opuestos netamente uno a cada lado. Así se salva la cordura de la mente. Se evita la caída en la contradicción y la dialéctica resultante. La psicología imaginal puede rechazar indignadamente el diagnóstico de estar firmemente enraizada en suelo cartesiano; cuando se señala el carácter de extensión del contenido de sus imágenes, rápidamente insiste en su forma ideacional no extensa; y cuando conversamente se acentúa el carácter ideacional de la forma o estatus como imágenes, niega tener alguna parte en la res cogitans y aporta como contra-prueba su conexión, por metáfora, con el mundo físico, sensorial.

El punto de vista de lo imaginal es el acto (hipostasiado, reificado) de conmutar hábilmente entre los opuestos cartesianos, de modo que nunca tiene que mostrar sus verdaderos colores. Así como la acelerada secuencia de imágenes separadas en el proyector de cine crea la impresión de una imagen que se mueve continuamente, así aquí la velocidad y la naturaleza subliminal de la conmutación hacia atrás y hacia adelante hace desaparecer el carácter de su acto y la contradicción inherente entre los dos lados, en la impresión de una imagen estática, en sí misma, reconciliada. La idea de lo imaginal no es realmente un tercero, no es realmente un otro nuevo y más allá de los opuestos cartesianos. Es la ilusión ingeniosamente producida de algo diferente, un espléndido espectáculo.

Aquí puede ser tiempo de regresar a la frase final del fragmento de Heráclito: hoúto bathyn lógon échei -“tan profunda medida tiene” , “tan profundo es su sentido”, “tal es la profundidad de su significado”, para citar sólo tres de multitud de traducciones. Ya se ha vuelto obvio que el fragmento de Heráclito no se refiere a la profundidad en el sentido de verticalidad o de un movimiento hacia abajo ni tampoco a la extensión en un sentido más amplio. Es por ello que la traducción “tan profunda medida” queda descartada para nosotros, por razones lingüísticas; pues el argumento de Guthrie contra el pensamiento de Kirk en términos de “vasta extensión” es concluyente: “pero bathyn lógon échei parecería una frase bastante rebuscada para expresar simplemente “tan extenso es”” (8). La palabra griega bathys, como la latina altus significa tanto profundo como elevado (ver “altura”), en otras palabras, extensión vertical, pero también puede tener significados muy diversos. Puede emplearse (y también el sustantivo báthos, “profundidad”) en un sentido decididamente horizontal para indicar amplitud (tal como la de una costa, la amplia extensión de un patio o la profundidad de una alineación de combate). Efectivamente, Platón usa el plural del sustantivo para referirse a las tres dimensiones de un sólido (largo, alto y ancho). También puede tener significados no espaciales y designar la densidad de un bosque o de una niebla, el espesor y longitud de un cabello, la intensidad de un color, la fuerza de una tormenta, el alto grado de bienestar o de una deuda, la habilidad de una persona, la profundidad de un argumento.
De modo que podríamos creer que estamos mejor con las otras traducciones dadas arriba que hablan de la profundidad de significado. Pues ahora profundidad se usa ya no literalmente sino metafóricamente, imaginalmente. Aparte del hecho de que esa sería una sabiduría más bien banal, trivial, para cuyo descubrimiento y formulación apenas si haría falta un filósofo de la talla de Heráclito, ¿nos lleva más lejos la profundidad metafórica? De ningún modo. De hecho, el cambio a lo metafórico solamente oscurece el que nada ha cambiado respecto a la propia orientación dominante. Si el alma tiene “un significado tan profundo”, todavía estoy y permanezco en el sitio donde siempre he estado y desde allí contemplo en una supuesta distancia. Y no hay diferencia si estoy haciendo esto literalmente en el espacio exterior (en el área de la visión física) o metafóricamente en el reino de la imaginación, o en “la profundidad del sentimiento” (es decir, mediante el anhelo nostálgico del puer, póthos, por lugares lejanos y fundamentalmente inalcanzables). Sea profundidad de medida o profundidad de significado, en ambos casos es el mismo rechazo a continuar yendo hasta los límites y captar el mensaje de Heráclito acerca de la inutilidad de cualquier orientación en la distancia (un mensaje que no puedo captar a menos que haya intentado implacablemente llegar allí y haya experimentado efectivamente un fracaso).
Heráclito no termina con la vaguedad de una cuestión sin decidir, como nosotros con nuestra charla acerca de la profundidad del significado del alma, y el límite no se desvanece en una distancia infinita, es decir, en la confusión de una idea misteriosa y mistificadora de profundidad. Heráclito llegó a una conclusión definitiva. Viajó todo el camino hacia el límite, pues ¿de qué otra manera podría haber averiguado la verdad de ello? La cuestión acerca de los límites está decidida. Y tiene consecuencias. Hay una clausura. Tenemos que ver a través de la idea intelectual de la profundidad del significado del alma y la actitud análoga del sentimiento de póthos y reconocerla como el descuido (no importa cuán glorificado) o la vacilación para intentar efectivamente llegar hasta el final. Al aferrarse a la idea de “profundidad” se pretende que podría aún haber algún límite y un más allá, después de todo, sólo que tan lejano que nuestra llegada allí se ve perpetuamente postergada, pospuesta. Se ignora simplemente que la intuición de "sin límites” se adquirió ya hace tiempo, y que por ello se ha extirpado de una vez y para siempre cualquier añoranza en la distancia y cualquier imaginar en términos de vasta extensión.

Este pequeño ejemplo respecto a la idea de la profundidad del alma pone a luz la deficiencia estructural de la imaginación, si se supone que es la función predominante para acercarse al alma y para entender su naturaleza, en otras palabras, su deficiencia para hacer psicología. “La profundidad del alma” es la fórmula que describe en resumen la naturaleza del enfoque imaginal; con esta posición uno tan solo fantasea en algo que por definición se supone que nunca será efectivamente alcanzable. Uno sólo "tele-visiona” -imagina, espía, mira, espera románticamente (ex-spectare, “mirar fuera”, “catar”) desde una distancia en la infinita distancia. La imagen entendida imaginalmente no es sino la misma “profundidad” visualizada o reificada (distancia infinita). Puede ser adorada desde lejos, pero no puede ser conocida. La posición imaginal le permite a uno detenerse, contenerse, reservarse, en tanto que la creencia en la profundidad del alma detiene a mitad de camino, o impide del todo, el movimiento interno del que habla la frase heraclítea. La posición imaginal habla con una lengua escindida. Dice “no hay límites”, pero continúa buscando alguno. No se entiende la intuición de que “no hay límites”. Se evita el retroceso. Se rescata la antigua orientación hacia afuera y a lo lejos en el espacio (literal o metafórico), y no ocurre el reflejo (reflexión) sobre sí, el resultado esencial del movimiento de Heráclito. De este modo se evita la verdadera profundidad a la que aspiraba Heráclito -esa profundidad del logos del alma, “profundidad” lógica, la “profundidad” del pensamiento, en contraste con la profundidad sensorial, imaginada o sentida. Si se sigue el movimiento de Heráclito, se comienza con el pensamiento y se concluye con el pensamiento.

Afirmé que Heráclito viajó todo el camino. Pero este viaje no era ni movimiento literal ni movimiento imaginado. No describió su viaje ni adónde llegaría. Ni se quedó en casa. Lo que hizo fue viajar sin dejar casa y permanecer en casa mediante el más extensivo viajar, es decir, viajó en ideas: pensó a través de la idea de viajar cada camino hasta los límites por toda la senda, con todas sus consecuencias, tal como lo hizo el autor del Salmo 139. Su viaje desde el arranque fue negado, superado, un viaje alquímicamente descompuesto (lo cual se manifiesta lingüísticamente en lo que en traducción es el subjuntivo -"no encontrarías”, “si ascendiera al cielo”) . Sólo en el pensamiento se llega realmente al límite del alma, que empero es ese límite superado que consiste en la visión misma de que no hay límite. Es sólo en el pensamiento que se llega al país del alma. Para la imaginación no puede haber la comprensión de que no hay límite, porque recurre a la idea de profundidad, que es el sustantivo para el acto de diferir para siempre el límite y evitar así el cierre. Mantiene la cuestión del límite en la oscuridad. El pensar de Heráclito hasta el final de la idea de una búsqueda (literal o imaginal) de los límites del alma, y su llegada efectiva a la comprensión inescapable de que no hay límite ahí afuera en el reino de la extensión, equivale a un cierre del modo de imaginar (que siempre está vinculado al espacio). Conquista el no-espacio del pensamiento para el alma, sacando así al alma de su exilio en el mito o en la naturaleza míticamente imaginada y devolviéndola a su país natal. Trae a la comprensión el límite que no podía encontrarse ahí afuera, como la "nada determinada” (Hegel) del “límite externo”, como límite superado, y como propiedad inalienable de la mente; como un verdadero interior o límite interno.

Notas
1. Nota del Ed: The Fragments of Heraclitus fueron editados primeramente por H. Diels y publicados en su libro, Fragmente der Vorsokratiker (Berlin 1922)
(2) G. S. Kirk y J. E. Raven, The Pre-Socratic Philosophers (Cambridge: Cambridge UP, 1977), 205
(3) James Hillman, Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975), xi.
(4) Ibid, 231, nota 6.
(5) No se trata de un confinamiento físico o imaginal, sino lógico. No hay una celda estrecha de la prisión fuera de la cual comenzaría la libertad. En este prisión uno es libre de ir donde y tan lejos como uno quiera. Es el aprisionamiento en la infinitud del alma.
(6) Heidegger traduce peirata (límites) sobre la base de su entendimiento del sentido griego de psyché como Ausgänge (der Seele) (“salidas, aperturas o desaguaderos del alma”). Ver su Heraklit, Gesamstausgabe, vol. 55 (Frankfurt am Main: Klosermann, 1979), 282, 297, 303f.
(7) Empleo “natural” en un sentido psicológico, alquímico, no en un sentido abstracto, naturalista o positivista (como en la biología o la física), Lo natural en términos de existencia humana es, para comenzar. una naturaleza espiritual animada: la percepción imaginal del mundo. El mito y el ritual son lo natural para el alma.
(8) W. K. Guthrie, The Earlier Presocratics and the Pythagoreans, vol. I, A History of Greek Philosophy, (Cambridge; Cambridge UP, 1962), 477, nota 1.


viernes, 18 de julio de 2008

La huída ante el pensar


En su magnífico discurso de 1955, traducido usualmente como “Serenidad” (Gelassenheit), si bien podría acaso traducirse más efectivamente como “Dejidad”, Martin Heidegger habló de “la huida ante el pensamiento” que caracteriza al hombre contemporáneo.

Cito a continuación un largo pasaje de esa conferencia:

“No nos hagamos ilusiones. Todos nosotros, incluso aquellos que, por así decirlo, son profesionales del pensar, todos somos, con mucha frecuencia, pobres de pensamiento (gedanken-arm); estamos todos con demasiada facilidad faltos de pensamiento (gedanken-los). La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes. Porque hoy en día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante con la misma rapidez. Así, un acto público sigue a otro. Las celebraciones conmemorativas son cada vez más pobres de pensamiento. Celebración conmemorativa (Gedenkfeier) y falta de pensamiento (Gedankenlosigkeit) se encuentran y concuerdan perfectamente.

Sin embargo, cuando somos faltos de pensamiento no renunciamos a nuestra capacidad de pensar. La usamos incluso necesariamente, aunque de manera extraña, de modo que en la falta de pensamiento dejamos yerma nuestra capacidad de pensar. Con todo, sólo puede ser yermo aquello que en sí es base para el crecimiento, como, por ejemplo, un campo. Una autopista, en la que no crece nada, tampoco puede ser nunca un campo yermo. Del mismo modo que solamente podemos llegar a ser sordos porque somos oyentes y del mismo modo que únicamente llegamos a ser viejos porque éramos jóvenes, por eso mismo también únicamente podemos llegar a ser pobres e incluso faltos de pensamiento porque el hombre, en el fondo de su esencia, posee la capacidad de pensar, «espíritu y entendimiento», y que está destinado y determinado a pensar. Solamente aquello que poseemos con conocimiento o sin él podemos también perderlo o, como se dice, desembarazarnos de ello.

La creciente falta de pensamiento reside así en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida ante el pensar. Esta huida ante el pensar es la razón de la falta de pensamiento. Esta huida ante el pensar va a la par del hecho de que el hombre no la quiere ver ni admitir. El hombre de hoy negará incluso rotundamente esta huida ante el pensar. Afirmará lo contrario. Dirá - y esto con todo derecho - que nunca en ningún momento se han realizado planes tan vastos, estudios tan variados, investigaciones tan apasionadas como hoy en día. Ciertamente. Este esfuerzo de sagacidad y deliberación tiene su utilidad, y grande. Un pensar de este tipo es imprescindible. Pero también sigue siendo cierto que éste es un pensar de tipo peculiar.

Su peculiaridad consiste en que cuando planificamos, investigamos, organizamos una empresa, contamos ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados resultados. Este cálculo caracteriza a todo pensar planificador e investigador. Semejante pensar sigue siendo cálculo aun cuando no opere con números ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni calculadoras electrónicas. El pensamiento que cuenta, calcula; calcula posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y a la vez más económicas. El pensamiento calculador corre de una suerte a la siguiente, sin detenerse nunca ni pararse a meditar. El pensar calculador no es un pensar meditativo; no es un pensar que piense en pos del sentido que impera en todo cuanto es.

Hay así dos tipos de pensar, cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, justificado y necesario: el pensar calculador y la reflexión meditativa.

Es a esta última a la que nos referimos cuando decimos que el hombre de hoy huye ante el pensar. De todos modos, se replica, la mera reflexión no se percata de que está en las nubes, por encima de la realidad. Pierde pie. No tiene utilidad para acometer los asuntos corrientes. No aporta beneficio a las realizaciones de orden práctico.

Y, se añade finalmente, la mera reflexión, la meditación perseverante, es demasiado «elevada» para el entendimiento común. De esta evasiva sólo es cierto que el pensar meditativo se da tan poco espontáneamente como el pensar calculador. El pensar meditativo exige a veces un esfuerzo superior. Exige un largo entrenamiento. Requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico. Pero también, como el campesino, debe saber esperar a que brote la semilla y llegue a madurar.

Por otra parte, cada uno de nosotros puede, a su modo y dentro de sus límites, seguir los caminos de la reflexión. ¿Por qué? Porque el hombre es el ser pensante, esto es, meditante. Así que no necesitamos de ningún modo una reflexión «elevada». Es suficiente que nos demoremos junto a lo próximo y que meditemos acerca de lo más próximo: acerca de lo que concierne a cada uno de nosotros aquí y ahora; aquí: en este rincón de la tierra natal; ahora: en la hora presente del acontecer mundial”.

Hay una “huida ante el pensar” cuando nos refugiamos en una palabrería (lo que Heidegger en una ocasión llamara chiaccheria) que no es sino repetición más o menos banal de lo que en su momento fueron ideas, pero que han pasado a ser lugares comunes. También hay una huída ante el pensar cuando ya no re-memoramos sino que damos por supuesto que las imágenes y las palabras son evidentes. Así, dualidades tan usuales como “pensamiento/corazón”, “teoría/práctica”, “masculino/femenino”, “mente/cuerpo”, “proyección/introyección”, “espíritu/materia”, “interior/exterior” , “conciente/inconsciente” y tantas otras suelen darse por hecho, cuando el único “hecho” que menifiesta su uso es que ya no pensamos, ya no prestamos atención, ya inadvertidamente hemos renunciado a desbrozar el camino y transitarlo, y somos compelidos por una avenida construida hace mucho tiempo (autopistas del pensamento calculador) que echa un velo sobre los temas esenciales.

Esta pobreza de pensamiento se hace presente hoy en todos los ámbitos y, cómo no, también en el de la psicología, que acaso surge como “especialidad” justamente cuando se abandona el pensar y se cae en la inercia de un pensamiento técnico (calculador) que ya da por supuesto lo que es psique, lo que es “interior”, y lo que es “cuerpo” o “exterior”.

El mismo caso de que demos por supuesto que ya sabemos lo que es “la psique” oculta -y a la vez manifiesta- que ya no estamos en situación de hacer preguntas fundamentales. La progresiva identificación de psique con cerebro sigue este camino, pero también ocurre lo mismo con quienes hablan -sin poner en cuestión esas “imágenes” y las ideas que implican- de “contenidos psíquicos” y hacen inadvertidamente de “la psique” un continente (y un “espacio contenedor”) del cual emergen o en el cual se “contienen” algo así como “ideas ”, “imágenes”, “sentimientos”, etc.

Con el uso de palabras aparentemente simples e inocuas (basta pensar en la abundante terminología psicológica: psique, complejo, función, imagen, idea, proyección, paranoia, histeria, ego, arquetipo, voluntad, impulso, emoción, sentimiento, salud, patología, inconsciente, delirio... para nombrar sólo unas pocas) quedan selladas así las preguntas primordiales. Pero las palabras nunca son inocuas, y el lenguaje reclama re-memoración. Si bien es posible hablar sin pensar -y de eso consta no sólo la información cotidiana, sino el contenido de tantos congresos, publicaciones, manifestaciones culturales, ensayos y disquisiciones, páginas webs, blogs, etc.-, no es posible pensar detenidamente sin atender al lenguaje. Pero esta amorosa atención, como tantas otras dimensiones a las que esa atención -meditación se abre, reside hoy en la ya olvidado, ya presupuesto, ya inadvertido...

Esto ocurre también a la hora de acercarse a la obra de un creador, y basta aquí recordar la declaración de Lacan cuando se le preguntó por Norman Brown:

“Brown es un buen ejemplo de cómo puede hacerse una obra perfectamente aireada, sana, eficaz, inteligente, reveladora, con la sola condición de que un ingenio no prevenido (en efecto, Brown no se había ocupado nunca de estos temas) se tome la molestia de leer a Freud, de la misma manera que se leen otras cosas cuando no se está cretinizado previamente por mixtificaciones de baja vulgarizacion. Por ejemplo, hay gente que habla de Darwin sin haberlo leído nunca: lo que comúnmente se llama «darwinismo» es un tejido de imbecilidades, en el que no se puede decir que las frases que se citan no hayan sido extraídas de Darwin, pero que no son más que unas cuantas frases cosidas, con las que se pretende resolver todo, y en las que se describe la vida como una gran lucha y en la que todo funciona con el predominio del más fuerte. Basta abrir la obra de Darwin para darse cuenta de que las cosas son algo más complicadas. De la misma manera que hay una lectura de Freud, la que se enseña en los institutos de psicoanálisis, que impide leer a Freud con cierta garantía de autenticidad.” (en Paolo Caruso: Conversaciones con Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, ed. Anagrama. También puede consultarse parte de esta entrevista aquí)

Puede sustituirse en esta declaración el nombre de Darwin o de Freud por el de Jung, por ejemplo, o Heidegger, o Nietzsche, para encontrarnos con la misma situación. En todos estos casos el pensamiento ha sido reducido a una suma de vulgaridades disponibles, empleadas justamente para evitar todo pensar y, con ello, todo abrir claros a la meditación.


lunes, 14 de julio de 2008

La Trampa: ¿Qué pasó con nuestros sueños de libertad?


“La trampa: qué pasó con nuestro sueño de libertad?” es el nombre de una serie documental en tres capítulos por Adam Curtis (conocido por otros inquisitivos documentales como “El siglo del individualismo” y “El poder de las pesadillas”) dado en la BBC en 2007. En tres programas de aproximadamente una hora cada uno se explora la idea y la definición de libertad.

El primer capítulo (“Jode a tu colega”) examina el origen de la “teoría de juegos” del matemático John Nash (popularizado en la película “Una mente maravillosa” ) durante la guerra fría y cómo sus modelos matemáticos de la conducta humana se filtraron en la economía. La premisa de esta teoría es que los seres humanos son criaturas egoístas que se mueven por interés propio y que continuamente construyen estrategias para satisfacer esos deseos egoístas. A partir de esta premisa Nash construyó modelos lógicos consistentes y matemáticamente verificables, por lo que ganó el Premio Nóbel. Una de sus creencias acerca de la conducta humana se tipificó en la estrategia que Nash tituló “Adiós mamón -jode a tu colega”, en la cual el único modo de ganar consiste en traicionar al compañero de juego. Más tarde se supo que Nash padecía una esquizofrenia paranoide, por lo que sospechaba de todos y se sentía perseguido y objeto de conspiraciones, pero sus teorías se emplearon para crear la estrategia nuclear de los Estados Unidos durante la guerra fría y más tarde para justificar una visión social que, equiparando libertad individual con libertad de mercado, ha generado una mayor desigualdad, más injusticia y, curiosamente, pérdida de libertades y derechos. Esta es, justamente, “la trampa”

En la segunda parte de su documental, El robot solitario, Adam Curtis muestra cómo al cuantificar conductas y someterlas “al poder de los números” surge una tipología robotistica de la conducta humana, con una serie de “síntomas"” cuantificables: crisis de ansiedad, ataque de pánico, conducta bi-polar, etc. Esto genera un “standard” de normalidad que va a regir a la psicología y promover el uso de fármacos para normalizar el comportamiento humano y hacer que la gente se conduzca más previsiblemente, como máquinas mejor adaptadas.

La tercera y última parte, “Le obligaremos a ser libre”, se centra en los ideas de Isaiah Berlin acerca de libertad positiva y libertad negativa. Según Berlin el segundo concepto (libertad de coerción), carente de contenido positivo definido, podría evitar todo fundamentalismo, ya que presumiblemente los grupos convencidos de una definición positiva de libertad han acabado usando la violencia para imponerla.
Curtis muestra cómo este concepto de libertad "negativa" fue también empleado para defender una sociedad de libre mercado y cómo fue a su vez "positivizado" para justificar la defensa de regímenes dictatoriales, la manipulación de la información y la imposición de una libertad que cercena la posibilidad creativa de los seres humanos y los reduce a seres manejables y conformes con la gratificación de sus deseos egoístas.

Ahora, finalmente, esta interesante serie puede verse con subtítulos en castellano, picando aquí

jueves, 10 de julio de 2008

Heidegger y la superación de la metafísica


En su artículo “La superación de la metafísica”, incluido en Conferencias & Artículos, ed. del Serbal, Heidegger afirmaba, a mediados del siglo XX:

Ninguna mera acción va a cambiar el estado del mundo, porque el Ser, como eficacia y actividad efectiva, cierra el ente al acaecimiento propio. Ni siquiera el inmenso dolor que pasa por la tierra es capaz de despertar de un modo inmediato cambio alguno, porque se lo experiencia sólo como dolor, y éste de un modo pasivo y por ello como contraestado de la acción y, por esto, junto con ella, en la misma región esencial de la voluntad de voluntad. Pero la tierra permanece oculta en la inaparente ley de lo posible que ella es. La voluntad ha impuesto a lo posible lo imposible como meta. Las maquinaciones que organizan esta imposición y la mantienen en el dominio surgen de la esencia de la técnica, palabra que aquí se identifica con el concepto de la Metafísica que se está consumando. La uniformidad incondicionada de todas las humanidades de la tierra bajo el dominio de la voluntad de voluntad explica el sinsentido de la actuación humana puesta como absoluto.

La devastación de la tierra empieza como proceso querido, pero que en su esencia no es sabido ni se puede saber, un proceso que se da en el tiempo en el que la esencia de la verdad se cerca como certeza en la que lo primero que se asegura a sí mismo es el representar y el producir del hombre. Hegel concibe este momento de la historia de la Metafísica como aquel en el que la absoluta autoconciencia se convierte en principio del pensar.

Parece casi como si bajo el dominio de la voluntad, al hombre le estuviera vedada la esencia del dolor, del mismo modo como la esencia de la alegría. ¿Podrá tal vez la sobremedida de dolor traer todavía un cambio?

No se produce nunca un cambio sin que lo anuncien heraldos. Pero ¿cómo pueden acercarse heraldos sin que se despeje el acaecimiento propio, este acaecimiento que, llamándola, usándola (y necesitándola), ojee, es decir, aviste la esencia del hombre, y en este avistar ponga a los mortales en camino del construir que piensa, que poetiza?

sábado, 5 de julio de 2008

Heidegger: La pregunta por la técnica


Acabo de incluir en la web del centro el inquietante artículo de Martin Heidegger, “La pregunta por la técnica” incluído en “Conferencias y Artículos” (ed. del Serbal)

En él, ya a mediados del siglo XX Heidegger afirmaba que la técnica no es lo mismo que la esencia de la técnica.

Con ello insistía en no afrontar la técnica como algo dado por supuesto, como un conjunto de procedimientos y/o de objetos e incluso como un modo de pensar dado de hecho.

Por esto -afirma- nunca experienciaremos nuestra relación para con la esencia de la técnica mientras nos limitemos a representar únicamente lo técnico y a impulsarlo, mientras nos resignemos con lo técnico o lo esquivemos. En todas partes estamos encadenados a la técnica sin que nos podamos librar de ella, tanto si la afirmamos apasionadamente como si la negamos. Sin embargo, cuando del peor modo estamos abandonados a la esencia de la técnica es cuando la consideramos como algo neutral, porque esta representación, a la que hoy se rinde pleitesía de un modo especial, nos hace completamente ciegos para la esencia de la técnica.

Esta resignación o, peor aún, este “esquivar la técnica” no sólo es característico del pensamiento esotérico, de los anhelos más o menos religiosos y místicos que hoy son típicos en nuestra sociedad post-industrial (lo que Giegerich llamaría pensamiento del fin de semana, o más crudamente: Disneylandia), sino -y más lamentablemente- también en una psicología pretendidamente profunda que aún intenta aludir a una psique separada (abstraída) de la historia y relativamente intocada (y virginal) por lo que acaece hoy mismo como una manifestación de un logos implacable.

Mientras los psicólogos analíticos aún se remiten a los cuentos infantiles, los mitos, las sociedades arcaicas, la alquimia, los rituales iniciáticos antiguos, las imágenes simbólicas del pasado y otros aproximaciones históricamente obsoletas, su obstinada inconsciencia de la esencia de la técnica los vuelve implícitos agentes del mismo proceso en el que no piensan, pero desde el que inevitablemente piensan.

Heidegger lo advirtió: La representación corriente de la técnica, según la cual ella es un medio y un hacer del hombre, puede llamarse, por tanto, la definición instrumental y antropológica de la técnica.

También podríamos llamar a esa aproximación corriente, el enfoque literal: el dar la técnica y la ciencia por supuesto como algo que está ahí, y que es producto de los hombres y que depende de ellos y sus decisiones, y que no son otra cosa que un hecho -histórico, cultural, social, económico, etc. En realidad son Algo Distinto.

En su artículo “Ciencia y Meditación” incluído en el mismo libro que el presente ensayo, Heidegger afirma que “al igual que el arte, la ciencia no es únicamente una actividad cultural del hombre. La ciencia es un modo, y además un modo decisivo, como se nos presenta todo lo que es. Por ello debemos decir: la realidad, en el interior de la cual el hombre de hoy se mueve e intenta mantenerse, está codeterminada en sus rasgos esenciales por lo que llamamos la ciencia occidental-europea. Si meditamos acerca de este proceso veremos que, en el ámbito del mundo occidental y en la época de su historia acontecida, la ciencia ha desplegado un poder como hasta ahora nunca se ha podido encontrar en la tierra, y finalmente está extendiendo este poder sobre todo el globo. Ahora bien ¿es la ciencia sólo un artefacto del hombre que se ha elevado a un dominio tal que se podría pensar que algún día, por obra del querer humano, por decisiones de comisiones, pudiera ser demolido de nuevo? ¿O bien prevalece aquí un sino más alto? ¿Domina en la ciencia algo más que un mero querer saber por parte del hombre? Así es en efecto. Prevalece Algo Distinto. Pero esto que es distinto se nos ocultará mientras sigamos atados a las representaciones habituales de la ciencia. Esto Distinto es un estado de cosas que prevalece y atraviesa todas las ciencias y que, sin embargo, permanece oculto a ellas”

Por ello mismo, volviendo a La pregunta por la técnica, Heidegger nota que la representación instrumental de la técnica determina todos los esfuerzos por colocar al hombre en el respecto correcto para con la técnica. Todo está en manejar de un modo adecuado la técnica como medio. Lo que queremos, como se suele decir, es «tener la técnica en nuestras manos». Queremos dominarla. El querer dominarla se hace tanto más urgente cuanto mayor es la amenaza de la técnica de escapar al dominio del hombre.

Pero cuando se piensa en la técnica, cuando se advierte el alma en la técnica, entonces acaece que, como anuncia Heidegger, la técnica no es un mero medio, la técnica es un modo del salir de lo oculto. Si prestamos atención a esto se nos abrirá una región totalmente distinta para la esencia de la técnica. Es la región del desocultamiento, es decir, de la verdad.

Pero la psicología analítica actual ya no se interesa por la verdad, hace tiempo que dejó de buscarla: cerrando los ojos al presente, se vuelve a la infancia de la humanidad, y a la infancia del individuo, a las épocas “arcaicas”, a estadios ancestrales y “arquetípicos”, y se refugia en el limbo de un estado primordial que abandona al mundo y a la historia -y con ello al alma misma- en un estado de inconsciencia, de descuido, de desinterés. Ya no está presente al presente y a lo que en él se presenta, y desconoce lo que se está haciendo -en el sentido de Hillman de “hacer alma”- mediante la ciencia y la tecnología. Es por ello justamente que, como señala Heidegger, la técnica esencia en la región en la que acontece el hacer salir lo oculto y el estado de desocultamiento, donde acontece la aletheia, la verdad.

¿Qué verdad? La única disponible para nosotros que vivimos condicionados por esa misma técnica y reinado de la ciencia que los psicólogos, los místicos, los esotéricos, condenan sin llegar a advertir lo que a través de y por ella y en ella se está manifestando.

Según Heidegger el hacer salir de lo oculto que domina por completo a la técnica moderna tiene el carácter del emplazar, en el sentido de la provocación. Éste acontece así: la energía oculta en la Naturaleza es sacada a la luz, a lo sacado a la luz se lo transforma, lo transformado es almacenado, a lo almacenado a su vez se lo distribuye, y lo distribuido es nuevamente conmutado. Sacar a la luz, transformar, almacenar, distribuir, conmutar son maneras del hacer salir lo oculto. Sin embargo, esto no discurre de un modo simple. Tampoco se pierde en lo indeterminado. El hacer salir lo oculto desoculta para sí mismo sus propias rutas, imbricadas de un modo múltiple, y las desoculta dirigiéndolas. Por su parte, esta misma dirección viene asegurada por doquier. La dirección y el aseguramiento son incluso los rasgos fundamentales del salir a la luz que provoca … En todas partes se solicita que algo esté inmediatamente en el emplazamiento y que esté para ser solicitado para otra solicitación. Lo así solicitado tiene su propio lugar de estancia, su propia plaza. Lo llamamos las existencias. La palabra dice aquí más y algo más esencial que sólo «reserva». La palabra «existencias» alcanza ahora rango de un título. Caracteriza nada menos que el modo como está presente todo lo que es concernido por el hacer salir lo oculto.

Pero, y esto es lo inquietante, lo que hay que pensar: ¿quién lleva a cabo el emplazamiento que provoca y mediante el cual lo que llamamos lo real y efectivo es sacado de lo oculto como existencias? El hombre, evidentemente. ¿En qué medida es éste capaz de tal hacer salir de lo oculto? El hombre, sin duda, puede representar esto o aquello, de este modo o de este otro, puede conformarlo o impulsarlo. Ahora bien, el estado de desocultamiento en el que se muestra o se retira siempre lo real y efectivo no es algo de lo que el hombre disponga.

Añade Heidegger: sólo en la medida en que el hombre, por su parte, está ya provocado a extraer energías naturales puede acontecer este hacer salir lo oculto que solicita y emplaza. Si el hombre está provocado a esto, si se ve solicitado a esto, ¿no pertenecerá entonces también él, y de un modo aún más originario que la Naturaleza, a la categoría de las existencias? El modo de hablar tan corriente de material humano, de activo de enfermos de una clínica habla en favor de esto el estado de desocultamiento mismo, en cuyo interior se despliega el solicitar no es nunca un artefacto del hombre, como tampoco lo es la región que el hombre ya está atravesando cada vez que, como sujeto, se refiere a un objeto.

En otras palabras: la esencia de la técnica no es humana, ni depende del hacer humano, sino más bien cuando el hombre, investigando, contemplando, va al acecho de la Naturaleza como una zona de su representar, está ya bajo la apelación de un modo del hacer salir de lo oculto que lo provoca a abordar a la Naturaleza como un objeto de investigación, hasta que incluso el objeto desaparece en la no-objetualidad de las existencias. Es por ello que Heidegger aclara:
De ese modo, la técnica moderna, como un solicitador sacar de lo oculto, no es ningún mero hacer del hombre. De ahí que incluso a aquel provocar que emplaza al hombre a solicitar lo real como existencias debemos tomarlo tal como se muestra. Aquel provocar coliga al hombre en el solicitar. Esto que coliga concentra al hombre a solicitar lo real y efectivo como existencias.

Esto es justamente lo que hay que pensar y lo que, inevitablemente -aunque también previsiblemente- se escapa a cualquier colocación antropocéntrica, es decir: que siga poniendo el peso de la historia y de las ideas y del ser en el mero arbitrio humano.
Es lo que Giegerich llamará la falacia antropológica: hacer del ser humano -del ego- el sujeto del alma -de lo que se manifiesta en el proceso presente.

Heidegger propone una expresión original: Gestell -traducida usualmente como estructura de emplazamiento- para aludir justamente a aquella interpelación que provoca, que coliga al hombre a solicitar lo que sale de lo oculto como existencias. El mismo Heidegger aclarará que Ge-stell (estructura de emplazamiento) significa lo coligante de aquel emplazar que emplaza al hombre, es decir, que lo provoca a hacer salir de lo oculto lo real y efectivo en el modo de un solicitar en cuanto un solicitar de existencias. Estructura de emplazamiento significa el modo de salir de lo oculto que prevalece en la esencia de la técnica moderna, un modo que él mismo no es nada técnico. A lo técnico, en cambio, pertenece todo lo que conocemos como varillaje, transmisión y chasis, y que forma parte de lo que se llama montaje. Pero esto, junto con las partes integrantes mencionadas, cae en la zona del trabajo técnico, que nunca hace otra cosa que corresponder a la provocación de la estructura de emplazamiento, sin constituirla jamás o, siquiera, tenerla como resultado¿A dónde nos vemos llevados cuando, dando un paso más, reflexionamos ahora sobre lo que es en sí misma la estructura de emplazamiento como tal? No es nada técnico, nada maquinal. Es el modo según el cual lo real y efectivo sale de lo oculto como existencias. De nuevo preguntamos: ¿acontece este salir de lo oculto en algún lugar que estuviera más allá de todo hacer humano? No. Pero tampoco acontece sólo en el hombre ni de un modo decisivo por él.

En este sentido Giegerich es el único psicólogo que atiende justamente a este acaecer de la técnica no sólo como algo de hecho, sino como el ámbito donde el alma se hace históricamente, en el tiempo que nos convoca. Y en este contexto, alma y destino se encuentran nuevamente, por lo que Heidegger puede afirmar: Poner en un camino... a esto, en nuestra lengua, se le llama enviar. A aquel enviar coligante que es lo primero que pone al hombre en un camino del hacer salir lo oculto lo llamamos el sino (lo destinado). Desde aquí se determina la esencia de toda historia acontecida. Ésta no es, ni sólo el objeto de la Historia, ni sólo la cumplimentación del humano hacer. Éste se hace histórico sólo en cuanto destinal (propio del sino).

Es el descuido de este sino el que nos hace aún más esclavos de su inevitabilidad, precisamente por atribuirnos una imaginaria responsabilidad que no permite reconocer lo que se está moviendo, lo que en verdad está acaeciendo.

En términos de Heidegger: La esencia de la técnica moderna descansa en la estructura de emplazamiento. Ésta pertenece al sino del hacer salir lo oculto. Estas proposiciones no dicen lo que se suele oír a menudo, que la técnica es el destino de nuestra época, donde destino significa lo inesquivable de un proceso que no se puede cambiarLa estructura de emplazamiento deforma el resplandecer y el prevalecer de la verdad. El sino que destina a la solicitación es por ello el peligro extremo. Lo peligroso no es la técnica. No hay nada demoníaco en la técnica, lo que hay es el misterio de su esencia. La esencia de la técnica, como un sino del hacer salir lo oculto, es el peligro. El sentido transformado de la palabra Ge-stell (estructura de emplazamiento) se nos hará ahora tal vez algo más familiar, si pensamos el Ge-stell en el sentido de sino y de peligro.

El misterio de la esencia de la técnica es algo que da que pensar. No se trata de un fenómeno sociológico, ni de un “hecho histórico”. Se trata de la inevitable manifestación de un sino, un destino, ante el cual todo intento de “hallar un sentido individual” , una “respuesta personal” no es sino un acto más de instrumentación y de inadvertido sometimiento.

Heidegger va aún mucho más allá, en este artículo, hasta mostrar que no sólo la esencia de la técnica y la estructura de emplazamiento representan el sino y el peligro, sino que -como decía el poeta Hölderlin- sólo donde está el peligro crece también lo que salva. Y Heidegger aclara inmediatamente que «salvar» es: ir a buscar algo y conducirlo a su esencia, con el fin de que así, por primera vez, pueda llevar a esta esencia a su resplandecer propio. Si la esencia de la técnica, la estructura de emplazamiento, es el peligro extremo y si, al mismo tiempo, las palabras de Hölderlin dicen verdad, entonces, el dominio de la estructura de emplazamiento no puede agotarse sólo en la deformación de todo lucir, de todo salir lo oculto, en la deformación de todo resplandecer de la verdad. En este caso lo que tiene que ocurrir más bien es que precisamente la esencia de la técnica sea lo que albergue en sí el crecimiento de lo que salva.

Aún más abajo Heidegger hará notar que si miramos al peligro, descubrimos con la mirada el crecimiento de lo que salva. Con ello todavía no estamos salvados. Pero estamos bajo la interpelación de esperar, al acecho, en la creciente luz de lo que salva. ,Cómo puede acontecer esto? Aquí y ahora, y en lo insignificante, de esta forma: abrigando lo que salva en su crecimiento. Esto implica que en todo momento mantengamos ante la vista el extremo peligro.

Y concluye: Preguntando de este modo damos testimonio de este estado de necesidad: que nosotros, con tanta técnica, aún no experienciamos lo esenciante de la técnica; que nosotros, con tanta estética, ya no conservamos lo esenciante del arte. Sin embargo, cuanto mayor sea la actitud interrogativa con la que nos pongamos a pensar la esencia de la técnica, tanto más misteriosa se hará la esencia del arte.
Cuanto más nos acerquemos al peligro, con mayor claridad empezarán a lucir los caminos que llevan a lo que salva, más intenso será nuestro preguntar. Porque el preguntar es la piedad del pensar.

¿Cómo, en medio de este peligro y este misterio, aún se puede hablar de una falta de misterio en el presente e ir a refugiarse en los misterios -y los dioses- que acaso una vez fueron pero que ya no son?

Puede leerse el artículo íntegro picando aquí

sábado, 21 de junio de 2008

A propósito de Giegerich, la psicología junguiana, los dioses y el alma del mundo


En una clase de noviembre de 2007 de un curso de astrología, surgió el tema de Giegerich y su crítica al “platonismo de la psicología” y a la psicología imaginal de James Hillman.
En esa charla surgieron varios temas que se relacionan con el esoterismo, la situación del mundo contemporáneo, la psicología junguiana, los antiguos dioses y la bomba atómica, etc. El tono de la conferencia es coloquial, como una conversanción en un grupo de amigos y, dada esa circunstancia, no era posible entrar en profundidad en los temas esbozados. Sin embargo el enfoque, el cuestionamiento, las preguntas y la dirección en la cual es posible elaborar una respuesta, no pierden vigencia. Puede escucharse la clase picando aquí

martes, 17 de junio de 2008

miércoles, 11 de junio de 2008

Mario Satz y la Quintaesencia



La Casa del Canto

La dualidad de la tierra y la trinidad del cielo se aman en el centro

Mario Satz os invita a participar el día sábado 21 de junio del 2008 y en su estudio de Valldoreix, Paseo del Rosal 22, del seminario sobre los cuatro elementos en el que se verá La quintaesencia, el éter del Espíritu. En un ambiente relajado e íntimo se compartirán ideas y sentires. El programa será el siguiente:



La péntada pitagórica, los sentidos y la salud
En el centro de la cruz
El rocío como quintaesencia
La viva luz del yo

Bibliografía:
Dom Pernety: Diccionario mito-hermético, Indigo, Barcelona 1993.
Julius Evola: La tradición hermética, Martínez Roca, Barcelona 1975.
E.J. Holmyard: Alquimia, Redecilla, Barcelona 1961.


El seminario comenzará a las diez de la mañana y durará hasta la seis de la tarde. El precio será de 80 euros por persona y la comida se hará en el restaurante Gran Mundo de Valldoreix. Confirmar la asistencia al 93-590 05 40.

miércoles, 4 de junio de 2008

Heidegger: Logos (el fragmento 50 de Heráclito)

Acabo de incluir en la web del Centro el fascinante ensayo de Heidegger, “Logos”, que contiene su interpretación del fragmento 50 de Heráclito, usualmente traducido como:

Si se atiende a la Verdad (Logos), y no a mí, sabio será reconocer que todo es uno

Heidegger descarta todas las interpretaciones académicas así como las del “sentido común” que no son sino malinterpretaciones, e intenta re-pensar lo pensado por Heráclito. Este artículo no sólo es fundamental desde una perspectiva filosófica, sino también para comprender en qué sentido un psicólogo profundo como Giegerich hablará de la vida lógica del alma, donde lógica tiene que ver con el logos de Heráclito.

En este ensayo, entre otras cosas, Heidegger apunta:

La sentencia de Heráclito parece comprensible desde todos los puntos de vista. Sin embargo, aquí todo sigue siendo cuestionable. Lo más cuestionable de todo es lo más evidente, a saber, nuestra presuposición de que, para nosotros, los que hemos venido después, para la inteligencia de la que nos servimos todos los días, lo que Heráclito dice tiene, de un modo inmediato, que resultar evidente. Es esto una exigencia que, presumiblemente, no se ha cumplido ni siquiera para los contemporáneos de Heráclito, como tampoco se ha cumplido para sus compañeros de viaje.
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¿Qué puede hacer la Lógica, logiké (episteme), del tipo que sea, si no empezamos nunca prestando atención al Logos y yendo tras su esencia inicial?
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Expresión y significado se toman desde hace tiempo como los fenómenos que, de un modo incuestionable, presentan los rasgos del lenguaje. Pero ellos ni alcanzan propiamente la región de la marca esencial inicial del lenguaje ni son capaces en absoluto de determinar esta región en sus rasgos fundamentales. El hecho de que, de un modo inadvertido y muy pronto, como si no hubiera ocurrido nada, decir prevalezca como legen (poner) y, en consecuencia, hablar aparezca como legein, ha dado como fruto una extraña consecuencia. El pensar humano ni se asombró nunca de este acaecimiento ni advirtió aquí un misterio que oculta un envío esencial del ser al hombre, un misterio que tal vez reserva este envío para aquel momento del sino en el que la conmoción del hombre no sólo alcance la situación de éste y a su estado sino que haga tambalear la esencia misma del hombre.
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¿qué es el oír? … Si nuestro oír fuera ante todo una captación y transmisión de sonidos, y no fuera más que esto, un proceso al que luego se asociaran otros, entonces lo que ocurriría sería que lo sonoro entraría por un oído y saldría por el otro. Esto es lo que de hecho ocurre cuando no nos concentramos a escuchar lo que se nos dice. Pero lo que se nos dice es lo que está-delante que, reunido, ha sido extendido delante. El oír es propiamente este concentrarse que se recoge para la interpelación y la exhortación. El oír es en primer lugar la escucha concentrada. En lo escuchable esencia el oído. Oímos cuando somos todo oídos. Pero la palabra «oído» no designa el aparato sensorial auditivo. Los oídos, tal como los conocen la Anatomía y la Fisiología, en tanto que instrumentos sensoriales, no dan lugar nunca a un oír, ni siquiera cuando entendemos éste únicamente como un percibir ruidos, sonidos, notas. Un percibir tal no se deja ni constatar por medio de la Anatomía, ni comprobar por medio de la Fisiología, ni en modo alguno aprehender por medio de la Biología como un proceso que se desarrolla en el seno del organismo, si bien el percibir sólo vive siendo corporal. De este modo, mientras al considerar el escuchar, tal como hacen las ciencias, partamos de lo acústico, estamos poniéndolo todo cabeza abajo. Pensamos equivocadamente que el activar los instrumentos corporales del oído es propiamente el oír. Y que, en cambio, el escuchar en el sentido de la escucha y de la atención obediente no es más que una transposición de aquel auténtico escuchar al plano de lo espiritual. En el terreno de la investigación científica se pueden constatar muchas cosas útiles. Se puede mostrar que oscilaciones periódicas de la presión del aire que tengan una determinada frecuencia se sienten como notas. Desde este tipo de constataciones sobre el oído se puede organizar una investigación que en última instancia sólo dominan los especialistas en Psicología Sensorial.
En cambio, sobre lo que es propiamente el escuchar tal vez sólo se pueda decir poco que realmente concierna a cada hombre de un modo inmediato. Aquí lo que hay que hacer no es investigar sino, reflexionando, prestar atención a lo simple. De este modo, a lo que es propiamente el oír pertenece justamente esto: que el hombre puede equivocarse al oír, desoyendo lo esencial. Si los oídos no pertenecen de un modo inmediato al auténtico escuchar en el sentido de la escucha (atenta), entonces la cuestión del escuchar y de los oídos es algo muy peculiar. No oímos porque tenemos oídos. Tenemos oídos y, desde el punto de vista corporal, podemos estar equipados de oídos porque oímos. Los mortales oyen el trueno del cielo, el susurro del bosque, el fluir de la fuente, los sonidos de las cuerdas de un instrumento, el matraqueo de los motores, el ruido de la ciudad, sólo y únicamente en la medida en que, de un modo u otro, pertenecen o no pertenecen a todo esto. Somos todo oídos cuando nuestra concentración se traslada totalmente a la escucha y ha olvidado del todo los oídos y el mero acoso de los sonidos. Mientras oigamos sólo el sonido de las palabras como la expresión de uno que está hablando, estamos muy lejos aún de escuchar. De este modo tampoco llegaremos nunca a haber oído algo propiamente. Pero entonces, ¿cuándo ocurre esto? Hemos oído cuando pertenecemos a lo que nos han dicho
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Desde los comienzos del pensar occidental, el ser de los entes se despliega como lo único digno de ser pensado. Si esta constatación histórica la pensamos en el sentido de la historia acontecida, se verá primeramente dónde descansan los comienzos del pensar occidental: el hecho de que en la época griega el ser del ente se haya convertido en lo digno de ser pensado es el comienzo de Occidente, es la fuente oculta de su sino. Si este comienzo no guardara lo sido, es decir, la coligación de lo que todavía mora y perdura, ahora no prevalecería el ser del ente desde la esencia de la técnica de la época moderna. Por esta esencia, hoy en día todo el globo terráqueo es transformado y conformado en vistas al ser experienciado por Occidente, el ser representado en la forma de verdad de la Metafísica europea y de la ciencia.
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¡Qué habría acaecido propiamente si Heráclito -y después de él los griegos- hubieran pensado propiamente la esencia del lenguaje como Logos, como la posada que recoge y liga! Hubiera acaecido nada menos que esto: los griegos hubieran pensado la esencia del lenguaje desde la esencia del ser. es más la hubieran pensado incluso como éste. Porque ò Logos es el nombre para el ser del ente. Pero todo esto no acaeció. En ninguna parte encontramos huellas de que los griegos hayan pensado la esencia del lenguaje de un modo inmediato desde la esencia del ser. En lugar de esto, el lenguaje -y además los griegos fueron en ésto los primeros-, a partir de la emisión sonora, fue representado como phoné, como sonido y voz, desde el punto de vista fonético. La palabra griega que corresponde a nuestra palabra «lengua» se llama glóssa, la lengua (órgano de la boca). El lenguaje es phoné semantiké, la emisión sonora que designa algo. Esto quiere decir: el lenguaje, desde el principio, alcanza el carácter fundamental que caracterizamos luego con el nombre de «expresión». Esta representación del lenguaje, que si bien es correcta, torna a éste desde fuera, a partir de este momento no ha dejado nunca de ser la decisiva (la que da la medida). Lo es aún hoy. El lenguaje vale como expresión y viceversa. Gustamos de representarnos toda forma de expresión como una forma de lenguaje. La historia del arte habla del lenguaje de las formas. Sin embargo, una vez, en los comienzos del pensar occidental, la esencia del lenguaje destelló a la luz del ser. Una vez, cuando Heráclito pensó el Logos como palabra directriz para, en esta palabra, pensar el ser del ente. Pero el rayo se apagó repentinamente. Nadie cogió la luz que él lanzó ni la cercanía de aquello que él iluminó.
Sólo veremos este rayo si nos emplazamos en la tempestad del ser. Pero hoy en día todo habla en favor de que el único esfuerzo del hombre es ahuyentar esta tempestad. Se hace todo lo posible para disparar contra las nubes con el fin de tener calma ante la tempestad. Pero esta calma no es ninguna calma. Es sólo una anestesia; una anestesia contra el miedo al pensar.
Porque el pensar, ciertamente, es algo muy especial. La palabra de los pensadores no tiene autoría. La palabra de los pensadores no conoce autores en el sentido de los escritores. La palabra del pensar es pobre en imágenes y no tiene atractivo. La palabra del pensar descansa en una actitud que le quita embriaguez y brillo a lo que dice. Sin embargo, el pensar cambia el mundo. Lo cambia llevándolo a la profundidad de pozo, cada vez más oscura, de un enigma, una profundidad que cuanto más oscura es, más alta claridad promete.
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