lunes, 28 de abril de 2008

Jung: psicología experimental y realidad del alma

Jung estuvo siempre convencido de la “realidad del alma” en tanto que irreductible a “realidad física” y, por ello mismo, sostuvo la hipótesis de una “psique autónoma”. Desde sus comienzos opuso el conocimiento de la “profundidad” del alma a los métodos de una psicología “experimental”.
Es así que ya en uno de sus trabajos tempranos, “Lo inconsciente”, escribió:

“La psicología experimental de hoy está muy lejos de ilustrar de una manera comprensiva sobre los procesos prácticamente más importantes del alma. Su objeto es, efectivamente, otro distinto. La psicología trata de aislar y estudiar aisladamente los procesos más sencillos y elementales posibles, que se hallan en la frontera de lo fisiológico. No acoge lo infinitamente variable y movedizo de la vida individual del espíritu; por eso sus conocimientos y datos son, en lo esencial, detalles y carecen de cohesión armónica. Quien desee, por lo tanto, conocer el alma humana, no podrá aprender nada, o casi nada, de la psicología experimental. A este tal habría que aconsejarle más bien que se despoje de la toga doctoral, que se despida del gabinete de estudio y que se vaya por el mundo con humano corazón a ver los horrores de los presidios, manicomios y hospitales; a contemplar los sórdidos tugurios, burdeles y garitos; a visitar los salones de la sociedad elegante, las Bolsas, los meetings socialistas, las iglesias, los conventículos de las sectas para experimentar en su propio cuerpo el amor y el odio, la pasión en todas sus formas; y así volvería cargado con más rica ciencia de la que pueden darle gruesos tomos y podría ser entonces médico de sus enfermos, verdadero conocedor del alma humana. Hay, pues, que perdonarle, si no concede gran atención a las llamadas "piedras angulares" de la psicología experimental. Pues entre aquello que la ciencia llama psicología, y lo que la práctica de la vida diaria espera de la "psicología", hay una sima profunda. Esta deficiencia fue precisamente el origen de una psicología nueva.”

Esta “nueva” psicología no era sino la “psicología profunda” o psicología de la profundidad, inaugurada por Sigmund Freud

Puede consultarse el texto de Jung picando aquí

viernes, 25 de abril de 2008

Jung: naturaleza (instinto) & cultura (espíritu)

Ya Nietzsche, en la segunda mitad del s. XIX, enfrentó “naturaleza” (vida) y “espíritu” (cultura) como dos ámbitos contrapuestos. Esta contraposición, que se remonta tanto a Nietzsche como a diversas interpretaciones de su pensamiento, predomina a finales del XIX (“ciencias de la naturaleza”, “ciencias del espíritu”) y aún en el siglo XX. Tal oposición es aparente en el psicoanálisis (expresamente tematizada en “El malestar en la cultura” de Freud”) y también en el pensamiento de Jung, que dedicó diversos estudios y conferencias a tratar la relación entre “instinto” y “espíritu”, a los que en alguna ocasión tipificó como los extremos infrarrojo (instinto) y ultravioleta (espíritu) de un mismo espectro (ver “Consideraciones teóricas acerca de la esencia de lo psíquico", en Obra Completa, vol. 8)

En otro ensayo de 1930 que acabo de publicar en la web, incluído en el mismo volumen, El punto de inflexión de la vida”, Jung hace la importante observación:

“Desviarse y ponerse en contra del instinto crea la consciencia. El instinto es naturaleza y quiere naturaleza. La consciencia, por el contrario, sólo puede querer o negar la cultura, y cada vez que -con una especie de añoranza rousseauniana- se aspira a volver a la naturaleza, se “cultiva” la naturaleza”

Esta concepción de la consciencia como "oposición" o incluso "negación" de la naturaleza, tendrá consecuencias de largo alcance no sólo en la psicología arquetipal (que enfocará el “hacer alma” como un anti-naturalismo y un proceso de des-literalización , un opus contra natura alquímico) sino también en la propuesta de Giegerich acerca de la psique como “vida lógica”.

También afirma Jung en este artículo:

“Quien se protege de lo nuevo, de lo ajeno, y regresa al pasado está tan neurótico como quien se identifica con lo nuevo para huir del pasado. La única diferencia es que uno se ha distanciado del pasado y otro del futuro. Los dos hacen esencialmente lo mismo: rescatar la estrechez de su consciencia en vez de hacerla estallar en la tensión de los opuestos para crear un estado de consciencia más amplio y elevado.”

“Los grandes problemas de la vida nunca se resuelven para siempre. Si alguna vez parecen estar resueltos se trata siempre de una pérdida. Su sentido y su finalidad no parecen residir en su solución, sino en que nos ocupemos constantemente de ellos. Sólo eso nos libra del atontamiento y del anquilosamiento.”

domingo, 20 de abril de 2008

Jung y la realidad del alma

Acabo de publicar en la web del Centro, la serie de lecciones Terry, que Jung diera en la Universidad americana de Yale en 1937 y que luego se reunieron en un libro editado como “Psicología y Religión”.
En el prólogo a este libro, Enrique Butelman acertadamente apunta:

“Si quisiéramos resumir lo esencial de la psicología analítica, nada mejor que recordar una frase apotegmática que figura en el presente libro: “La psique existe, en efecto, es la existencia misma”. “Es un prejuicio casi ridículo suponer que la existencia no puede ser sino corpórea. De hecho, la única forma de existencia de la que poseemos conocimiento inmediato, es anímica”.
Esta afirmación absoluta de la realidad de lo psíquico, así como el rechazo terminante de cualquier reducción de lo psíquico a categorías biológicas, constituyen dos de los principios fundamentales de Jung, quien califica su método de fenomenológico: “que trata de sucesos, de acontecimientos, de experiencias, en resumen, de hechos. Su verdad es un hecho, no un juicio”. No incumbe a la psicología el problema de si determinada idea es verdadera o falsa. “Solo se ocupa del hecho de su existencia y en tanto existe es psicológicamente verdadera”.
El tercero, implícito en los anteriores, es la actividad creadora de lo inconsciente.”


Puedes consultar la obra picando aquí

jueves, 17 de abril de 2008

Alfred Adler: El sentido de la vida

Alfred Adler (1870-1937) se separó del movimiento psicoanalítico de Sigmund Freud en 1911 - para proponer su “Psicología Individual”. Fue así el primer disidente que inauguraría una visión psicológica original, como ocurriría también dos años más tarde con Carl G. Jung.

Su aproximación al alma, si bien aún se mueve dentro de una concepción de “profundidad”, hace prescindible todo tipo de “entidades” psicológicas (lo inconsciente, los arquetipos, las instancias psíquicas), alejándose así de una visión metafísica de la psique, y en cambio destaca los estilos de vida, las ficciones que orientan la existencia, el anhelo de superación y el sentimiento de comunidad.

Su pensamiento, notablemente original y estimulante, ha influido en muchas corrientes psicológicas del siglo XX, desde el personalismo de Carl Rogers hasta Abraham Maslow y los movimientos que acentúan el impulso anímico a la auto-realización creativa, así como en todos los enfoque “holísticos” de la psicología.

Acabo de publicar en la web su obra de 1935, “El sentido de la vida” en la cual desgrana todos los temas básicos de su agudo pensamiento y confronta su visión con el psicoanálisis de Freud.

Este libro tiene especial interés para quienes sigan la “Reflexiones sobre el Alma”, ya que la brevedad del curso no permitirá ahondar en el pensamiento de Adler, que merece ser conocido y divulgado. Sin ser tan “popular” y difundido como los pensamientos de Freud o de Jung, el de Adler es sin embargo de una transparencia y de una “inteligibilidad” cristalina, y nada afecto a postular “entidades” metafísicamente sospechosas, o a hacer del alma una sustancia, y por tanto está más libre de una interpretación “naturalista” de la psique. Para Adler, por ejemplo, lo inconsciente es ante todo “lo incomprendido, lo que ha escapado a nuestra comprensión”, y no una “región”, un “estrato” o una misteriosa “dimensión” o “capa” psíquica. La psique es así un decurso y un discurso, mucho más que un “objeto”. En este sentido, Adler postula ejemplarmente una visión antidogmática y no sustancialista, que sin embargo no reniega de la profundidad ni de la inteligibilidad de las dinámicas del alma.

Aprovecho aquí para recordar una serie de notables frases de Adler, tomadas de diversas obras suyas:

Toda actividad psicológica muestra que su dirección está gobernada por una meta predeterminada. Empero, poco después de que comience el desarrollo psicológico del niño, todas estas metas tentativas, individualmente reconocibles, caen bajo el dominio de la meta ficticia, un fin que se considera firmemente establecido. En otras palabras, como un personaje diseñado por un buen dramaturgo, la vida interior del individuo está guiada por lo que ocurre en el quinto acto de la obra.

Si queremos entender la naturaleza de un individuo, entonces toda manifestación psicologica debiera percibirse y comprenderse como preparatorias para una meta particular. Cada persona desarrolla una meta final, consciente o inconscientemente, pero ignorante de su significado.

Confía sólo en el movimiento. La vida ocurre en el plano de los acontecimientos, no el de las palabras. Confía en el movimiento...

Es fácil creer que la vida es larga y los propios dones son vastos -esto es: fácil en el comienzo. Pero los limites de la vida se van haciendo más evidentes; se vuelve claro que una gran obra puede hacerse raramente, si es que se hace alguna vez

Es más fácil luchar por los propios principios que vivir a su altura.

No hay algo así como el talento. Hay presión.

El mayor peligro en la vida es que puedas tomar demasiadas precauciones.

La únicas personas normales son las que no conoces muy bien.

La verdad es con frecuencia una terrible arma de agresión. Es posible mentir, e incluso matar, con la verdad.

Más importante que las disposiciones innatas, la experiencia objetiva y el entorno es la evaluación subjetiva de éstos. Además, esta evaluación permanece en una cierta y con frecuencia extraña relación con la realidad.

Los significados no están determinados por las situaciones, sino que nos determinamos a nosotros mismos por los significados que damos a las situaciones.

No podemos decir que si un niño está mal alimentado se volverá un criminal. Debemos ver qué conclusiones ha sacado el niño.

Todas las posibilidades hereditarias y todas las influencias del cuerpo, todas las influencias ambientales, incluyedo la presión educacional, son percibidas, asimiladas, digeridas y respondidas por un ser viviente que aspira: aspira la realización exitosa en su modo de ver. La subjetividad del individuo, su especial estilo de vida y su concepción de la vida moldean y configuran todas las influencias. La vida individual reune todas estas influencias y las usa como ladrillos provocativos para construir una totalidad que aspira hacia una meta exitosa al relacionarse con los problemas externos.

Podemos comprender todos los fenómenos de la vida como si el pasado, el presente y el futuro junto con una idea rectora, supraordenada, estuvieran presente en ellos como indicios.

Cuando conocemos la meta de una persona, conocemos aproximadamente lo que seguirá.

Cada individuo actua y sufre de acuerdo con su peculiar teleología, que tiene toda la inevitabilidad del destino, en tanto él no lo comprenda.

La opinión que una persona tiene de sí y del entorno puede deducirse mejor del significado que encuentra en la vida y del significado que da a su propia vida.

El ideal abstracto, ficticio, es el punto de origen para la formación y diferenciación de los recursos psicológicos dados en forma de actitudes preparatorias, disponibilidades y rasgos del carácter. El individuo entonces viste los rasgos de carácter exigidos por su meta ficticia, tal como la máscara del personaje (persona) del actor antiguo tenía que adecuarse a los fines de la tragedia.

El alma humana muestra un impulso a capturar en formas fijas mediante supuestos irreales, esto es, ficciones, aquello que es caótico, siempre en flujo e incomprensible. Sirviendo a este impulso, el niño generalmente usa un plan a fin de actuar y encontrar su camino. Procedemos del mismo modo cuando dividimos la tierra mediante paralelos y meridianos, pues sólo así conseguimos puntos fijos que podemos poner en relación entre sí.

El neurótico está clavado en la cruz de su ficción.

Después de todo, no hay principio según el cual vivir que sería válido hasta el mismo final; incluso las soluciones más correctas interfieren con el curso de la vida cuando son empujadas demasiado lejos en el fondo, como por ejempo si uno hace de la impecabilidad y la verdad la meta de toda aspiración.

Creo que no estoy limitado por ningún regla estricta o prejuicio, sino que prefiero suscribir al principio: Todo puede también ser diferente.

No debemos descuidar nunca el uso que el paciente hace de sus síntomas.

Habría muchos menos arranques de mal humor si no se ofreciera la posibilidad de asegurar de este modo la propia importancia.

Ninguna experiencia es una causa de éxito o de fracaso. No sufrimos de la conmoción de nuestras experiencias -al así llamado "trauma"- sino que hacemos de ellas lo que conviene a nuestros propósitos.

Uno de los complejos más interesantes es el complejo de redentor. Caracteriza a aquellos que conspicua pero inadvertidamente asumen la acctitud de que deb en salvar o redimir a alguien. Hay miles de grados y variaciones, pero siempre es claramente la actitud de una persona que encuentra su superioridad resolviendo las complicaciones de los demás.

En la investigación de un estilo de vida neurótico siempre debemos sospechar un oponente, y tomar en cuenta quién sufre más a causa de la condición del paciente. Usualmente es un miembro de la familia. Hay siempre este elemento de acusación velada en la neurosis, el paciente siente com si se le privara de su derecho -esto es, del centro de atención- y deseando atribuir la responsabilidad y la culpa en alguien.

Los individuos desafiantes siempre perseguirán a otros, y sin embargo siempre se considerarán perseguidos.

Una actriz neurótica, hablando sobre asuntos amorosos, dijo: "No temo en absoluto a tales asuntos. De hecho soy completamente amoral. Sólo hay una cosa: he encontrado que los hombres huelen mal, y eso viola mi sentido estético". Comprenderemos que con tal actitud uno puede muy bien permitirse ser amoral sin incurrir en ningún peligro.

Herir a otra persona mediante el arrepentimiento es uno de los recursos más sutiles del neurótico, como cuando, por ejemplo, se complace en auto-acusaciones.

Una mentira no tendría sentido a menos que la verdad fuera sentida como peligrosa.

Lágrimas y quejas -los medios que he llamado "poder del agua", pueden ser un arma extremadamente útil para perturbar la cooperación y ceñir a los demás a la condición de esclavitud.

...La preparación imperfecta origina las miriadas de formas que expresan la inseguridad y la inferioridad mental y física... En cada caso hay un "sí" que acentúa la presión del interés social, pero siempre está invariablemente seguido por un "pero" que posee mayor fuerza e impide el necesario aumento de interés social. Este "pero" en todos los casos, típicos o particulares, tendrá un matiz individual. La dificultad de una cura está en proporción a la fuerza del "pero".

"Si no tuviera (esta dificultad) yo sería el primero". Como regla, la cláusula "si" contiene una condición imposible de cumplir, o el propio arreglo del paciente, que sólo él puede cambiar.

La neurosis es el desarrollo natural, lógico, de un individuo que está comparativamente inactivo, lleno de un anhelo personal, egocéntrico, de superioridad, y por ello está atrasado en el desarrollo de su interés social.

Ver con los ojos de otro, escuchar con los oídos de otro, sentir con el corazón de otro. Por el momento esa me parece una definición aceptabl de lo que llamamos sentimiento social.

En la vida real siempre hallamos una confirmación de la melodía del sí mismo integral, de la personalidad, con sus miles de ramificaciones. Si creemos que el fundamento, la base última de todo se ha encontrado en los rasgos del carácter, los impulsos o los reflejos, el sí mismo tiende a ser descuidado.

Los mismos tonos cuentan un cuento diferente en Richard Wagner que en Liszt.

La gente cree con frecuencia que izquierda y derecha son contradicciones, que hombre y mujer, caliente y frío, ligero y pesado, fuerte y débil son contradicciones. Desde un punto de vista científico, no son contradicciones sino variedades. Son grados de una escala, ordenados de acuerdo con su aproximación a una ficción ideal. De la misma manera, bueno y malo, normal y anormal no son contradicciones sino variedades.

El psicólogo puede tan sólo llamar la atención sobre los errores; el paciente, en cambio, se ve obligado a dar vida a la misma verdad.

El hombre sabe mucho más de lo que comprende.

Para consultar su “El sentido de la vida” basta con picar aquí.


miércoles, 16 de abril de 2008

Miseria de la psicología (6): Neurociencia y filosofía


En una clase dada el 28 de enero de 2008, se trataron temas psicológicos fundamentales, tales como la relación entre psicología y filosofía, la neurociencia, la perspectiva imaginal de James Hillman y el alma concebida como vida lógica según Wolfgang Giegerich.

Puede escucharse la clase picando aquí

martes, 15 de abril de 2008

Programa sobre San Juan de la Cruz, por Mario Satz

Segovia, septiembre del 10 al 14
Prof. Mario Satz
Programa:
11.9. - Juan de la Cruz: Actualidad de un poeta santo
11.9. - Breve biografía de un altísimo maestro
12.9. - El misterio de la noche oscura y el inconsciente
12.9. - La cristalina fuente
12.9 - Las tres libreas o túnicas del alma
13.9 - El simbolismo del corazón
13.9 - La Subida al Monte Carmelo

Además: reflexiones sobre mística comparada y literatura religiosa en forma de coloquio con los participantes. Los costes totales del cursillo ascenderán a unos 300 € por persona. Este importe incluye tanto las clases como la pensión completa, la pernoctación (habitación compartida en el convento), alquiler de sala de eventos, etc. Para reservas contactar con :
viestal@hotmail.com

domingo, 13 de abril de 2008

sábado, 12 de abril de 2008

El carácter revolucionario del Psicoanálisis

En sus “Lecciones de introducción al psicoanálisis” Freud escribió:

El psicoanálisis ha construido, sobre la base de una gran cantidad de observaciones e impresiones, algo como una teoría, que es conocida con el nombre de teoría de la libido. Como es sabido, el psicoanálisis se ocupa de la explicación y la supresión de las llamadas perturbaciones nerviosas. Para resolver tales problemas tenía que ser hallado previamente un punto de ataque, y nos decidimos a buscarlo en la vida instintiva del alma. Así pues, ciertas hipótesis sobre la vida instintiva del hombre constituyeron la base de nuestra concepción de la nerviosidad.

La Psicología enseñada en nuestros centros pedagógicos sólo nos da respuestas insatisfactorias cuando la interrogamos sobre los problemas de la vida anímica. Pero en ningún sector son tan insuficientes como en el del instinto.


Queda, pues, a nuestro arbitrio la elección de la forma en que hayamos de procurarnos una primera orientación en este campo. La concepción vulgar destaca el hambre y el amor como representantes de los instintos que aspiran, respectivamente, a la conservación del individuo y a su reproducción. Agregándonos a esta distinción, tan próxima, discriminamos nosotros también en el psicoanálisis los instintos de conservación, o instintos del yo, de los instintos sexuales, y damos a la energía, con la que el instinto sexual actúa en la vida anímica, el nombre de la libido --apetito sexual-- como algo análogo al hambre, a la voluntad de poderío, etc., entre los instintos del yo.


Sobre la base de esta hipótesis hacemos luego el primer descubrimiento importante. Averiguamos que los instintos sexuales entrañan máxima importancia para la comprensión de las enfermedades neuróticas, y que las neurosis son, por decirlo así, las enfermedades específicas de la función sexual. Que de la cantidad de libido y de la posibilidad de satisfacerla y derivarla por medio de la satisfacción depende, en general, que una persona enferme o no de neurosis. Que la forma de la enfermedad es determinada por el modo en que el individuo haya recorrido la trayectoria evolutiva de la función sexual o, como nosotros decimos, por las fijaciones que su libido haya experimentado en el curso de su evolución. Y que poseemos, en cierta técnica, no muy sencilla, de la influencia psíquica, un medio de explicar y curar, al mismo tiempo, varios grupos de neurosis. Nuestra labor terapéutica alcanza máxima eficacia en una cierta clase de neurosis nacida del conflicto entre los instintos del yo y los instintos sexuales. Sucede, efectivamente, en el hombre que las exigencias de los instintos sexuales, que van mucho más allá del individuo, son juzgadas por el yo, como un peligro que amenaza su conservación o su propia estimación. Entonces, el yo se sitúa a la defensiva, niega a los instintos sexuales la satisfacción deseada y los obliga a buscar, por largos rodeos, aquellas satisfacciones substitutivas que se manifiestan como síntomas nerviosos.


La terapia psicoanalítica consigue, en tales casos, someter a revisión el proceso de represión y derivar el conflicto hacia un desenlace mejor, compatible con la salud. Algunos incomprensivos tachan de unilateral nuestra valoración de los instintos sexuales, alegando que el hombre tiene intereses distintos de los del sexo. Ello es cosa que jamás hemos olvidado o negado.


Nuestra unilateralidad es como la del químico que refiere todas las combinaciones a la fuerza de la atracción química. No por ello niega la ley de gravedad; se limita a abandonar su estudio al físico.
En el curso de la labor terapéutica hemos de preocuparnos de la distribución de la libido en el enfermo; investigamos a qué representaciones de objeto está ligada su libido, y la libertamos para ponerla a disposición del yo. En este proceso hemos llegado a formarnos una idea muy singular de la distribución inicial, primitiva, de la libido en el hombre. Nos hemos visto forzados a admitir que al principio de la evolución individual, toda la libido (todas las aspiraciones eróticas y toda la capacidad de amar) está ligada a la propia persona o, como nosotros decimos, constituye una carga psíquica del yo. Sólo más tarde, en concomitancia con la satisfacción de las grandes necesidades vitales, fluye la libido desde el yo a los objetos exteriores, lo cual nos permite ya reconocer a los instintos libidinosos como tales y distinguirlos de los instintos del yo. La libido puede ser nuevamente desligada de estos objetos y retraída al yo.

Al estado en que el yo conserva en sí la libido le damos el nombre de «narcisismo» en recuerdo de la leyenda griega del adolescente Narciso, enamorado de su propia imagen. Así pues, atribuimos al individuo un progreso desde el narcisismo al amor objetivado. Pero no creemos que la libido del yo pase nunca, en su totalidad, a los objetos. Cierto montante de libido permanece siempre ligado al yo, perdurando así, no obstante, un máximo desarrollo del amor objetivado, una cierta medida del narcisismo. El yo es un gran depósito, del que fluye la libido destinada a los objetos y al que afluye de nuevo desde los mismos. La libido del objeto fue primero libido del yo y puede volver a serlo. Para la buena salud del individuo es esencial que su libido no pierda esta movilidad. La cual nos representaremos más concretamente recordando las peculiaridades de los protozoos, cuya sustancia gelatinosa se prolonga en pseudópodos, en ramificaciones a las que se extiende la sustancia somática; pero que pueden ser retraídos en todo momento, reconstituyendo con ello la forma del nódulo de protoplasma.

Con las indicaciones que preceden hemos intentado describir nuestra teoría de la libido, en la cual se basan todas nuestras tesis sobre la esencia de la neurosis y nuestro método terapéutico contra ellas. Y claro está que también en cuanto al estado normal consideramos válidas las hipótesis de la teoría de la libido. Hablamos del narcisismo del niño pequeño y atribuimos al intensísimo narcisismo del hombre primitivo su fe en la omnipotencia de sus pensamientos, que le lleva a querer influir sobre el curso de los sucesos exteriores por medio de la técnica de la magia. Después de esta introducción indicaremos que el narcisismo general, el amor propio de la Humanidad, ha sufrido hasta ahora tres graves ofensas por parte de la investigación científica:

a) El hombre creía al principio, en la época inicial de su investigación, que la Tierra, su sede, se encontraba en reposo en el centro del Universo, en tanto que el Sol, la Luna y los planetas giraban circularmente en derredor de ella. Seguía así ingenuamente la impresión de sus percepciones sensoriales, pues no advertía ni advierte movimiento alguno de la Tierra, y dondequiera que su vista puede extenderse libremente, se encuentra siempre en el centro de un círculo, que encierra el mundo exterior. La situación central de la Tierra le era garantía de su función predominante en el Universo, y le parecía muy de acuerdo con su tendencia a sentirse dueño y señor del Mundo.

La destrucción de esta ilusión narcisista se enlaza, para nosotros, al nombre y a los trabajos de Nicolás Copérnico en el siglo XVI. Mucho antes que él, ya los pitagóricos habían puesto en duda la situación preferente de la Tierra, y Aristarco de Samos había afirmado, en el siglo III a. de J. C., que la Tierra era mucho más pequeña que el Sol, y se movía en derredor del mismo. Así pues, también el gran descubrimiento de Copérnico había sido hecho antes de él. Pero cuando fue ya generalmente reconocido, el amor propio humano sufrió su primera ofensa: la ofensa cosmológica.

b) En el curso de su evolución cultural, el hombre se consideró como soberano de todos los seres que poblaban la Tierra. Y no contento con tal soberanía, comenzó a abrir un abismo entre él y ellos. Les negó la razón, y se atribuyó un alma inmortal y un origen divino, que le permitió romper todo lazo de comunidad con el mundo animal. Es singular que esta exaltación permanezca aún ajena al niño pequeño, como al primitivo y al hombre primordial. Es el resultado de una presuntuosa evolución posterior. En el estadio del totemismo, el primitivo no encontraba depresivo hacer descender su estirpe de un antepasado animal. El mito, que integra los residuos de aquella antigua manera de pensar, hace adoptar a los dioses figura de animales, y el arte primitivo crea dioses con cabeza de animal. El niño no siente diferencia alguna entre su propio ser y el del animal; acepta sin asombro que los animales de las fábulas piensen y hablen, y desplaza un afecto de angustia, que le es inspirado por su padre, sobre un determinado animal --perro o caballo -, sin tender con ello a rebajar a aquél. Sólo más tarde llega a sentirse tan distinto de los animales, que le es ya dado servirse de sus nombres como de un calificativo insultante para otras personas.

Todos sabemos que las investigaciones de Darwin y las de sus precursores y colaboradores pusieron fin, hace poco más de medio siglo, a esta exaltación del hombre. El hombre no es nada distinto del animal ni algo mejor que él; procede de la escala zoológica y está próximamente emparentado a unas especies, y más lejanamente, a otras. Sus adquisiciones posteriores no han logrado borrar los testimonios de su equiparación, dados tanto en su constitución física como en sus disposiciones anímicas. Esta es la segunda ofensa —la ofensa biológica— inferida al narcisismo humano.

c) Pero la ofensa más sensible es la tercera, de naturaleza psicológica. El hombre, aunque exteriormente humillado, se siente soberano en su propia alma. En algún lugar del nódulo de su yo se ha creado un órgano inspector, que vigila sus impulsos y sus actos, inhibiéndolos y retrayéndolos implacablemente cuando no coinciden con sus aspiraciones. Su percepción interna, su conciencia, da cuenta al yo en todos los sucesos de importancia que se desarrollan en el mecanismo anímico, y la voluntad dirigida por estas informaciones ejecuta lo que el yo ordena y modifica aquello que quisiera cumplirse independientemente. Pues esta alma no es algo simple, sino más bien una jerarquía de instancias, una confusión de impulsos, que tienden, independientemente unos de otros, a su cumplimiento correlativamente a la multiplicidad de los instintos y de las relaciones con el mundo exterior. Para la función es preciso que la instancia superior reciba noticia de cuanto se prepara, y que su voluntad pueda llegar a todas partes y ejercer por doquiera su influjo. Pero el yo se siente seguro, tanto de la amplitud y de la fidelidad de las noticias como de la transmisión de sus mandatos.

En ciertas enfermedades, y desde luego en las neurosis por nosotros estudiadas, sucede otra cosa. El yo se siente a disgusto, pues tropieza con limitaciones de su poder dentro de su propia casa, dentro del alma misma. Surgen de pronto pensamientos, de los que no se sabe de dónde vienen, sin que tampoco sea posible rechazarlos. Tales huéspedes indeseables parecen incluso ser más poderosos que los sometidos al yo; resisten a todos los medios coercitivos de la voluntad, y permanecen impertérritos ante la contradicción lógica y ante el testimonio, contrario a la realidad. O surgen impulsos, que son como los de un extraño, de suerte que el yo los niega, pero no obstante ha de temerlos y tomar medidas cautelares contra ellos. El yo se dice que aquello es una enfermedad, una invasión extranjera, e intensifica su vigilancia; pero no puede comprender por qué se siente tan singularmente paralizado.

La Psiquiatría niega, desde luego, en estos casos que se hayan introducido en la vida anímica extraños espíritus perversos; pero, aparte de ello, no hace más que encogerse de hombros y hablar de degeneración, disposición hereditaria e inferioridad constitucional. El psicoanálisis procura esclarecer estos inquietantes casos patológicos, emprende largas y minuciosas investigaciones y puede, por fin, decir al yo: «No se ha introducido en ti nada extraño; una parte de tu propia vida anímica se ha sustraído a tu conocimiento y a la soberanía de tu voluntad. Por eso es tan débil tu defensa; combates con una parte de su fuerza contra la otra parte, y no puedes reunir, como lo harías contra un enemigo exterior, toda tu energía. Y ni siquiera es la parte peor, o la menos importante, de tus fuerzas anímicas la que así se te ha puesto enfrente y se ha hecho independiente de ti. Pero es toda la culpa tuya. Has sobrestimado tus fuerzas, creyendo que podías hacer lo que quisieras con tus instintos sexuales, sin tener para nada en cuenta sus propias tendencias. Los instintos sexuales se han rebelado entonces y han seguido sus propios oscuros caminos para sustraerse al sometimiento, y se han salido con la suya de un modo que no puede serte grato. De cómo lo han logrado y qué caminos han seguido, no has tenido tú la menor noticia; sólo el resultado de tal proceso, el síntoma, que tú sientes como un signo de enfermedad, ha llegado a tu conocimiento. Pero no lo reconoces como una derivación de tus propios instintos rechazados ni sabes que es una satisfacción sustitutivo de los mismos.

Ahora bien: todo este proceso sólo se hace posible por el hecho de que también en otro punto importantísimo estás en error. Confías en que todo lo que sucede en tu alma llega a tu conocimiento, por cuanto la conciencia se encarga de anunciártelo. Y cuando no has tenido noticia ninguna de algo, crees que no puede existir en tu alma. Llegas incluso a identificar lo «anímico» con lo «consciente»; esto es, con lo que te es conocido, a pesar de la evidencia de que a tu vida psíquica tiene que suceder de continuo mucho más de lo que llega a ser conocido a tu conciencia. Déjate instruir sobre este punto. Lo anímico en ti no coincide con lo que te es consciente; una cosa es que algo sucede en tu alma, y otra que tú llegues a tener conocimiento de ello. Concedemos, sí, que, por lo general, el servicio de información de tu conciencia es suficiente para tus necesidades. Pero no debes acariciar la ilusión de que obtienes noticia de todo lo importante. En algunos casos (por ejemplo, en el de un tal conflicto de los instintos), el servicio de información falla, y tu voluntad no alcanza entonces más allá de tu conocimiento. Pero, además, en todos los casos, las noticias de tu conciencia son incompletas, y muchas veces nada fidedignas, sucediendo también con frecuencia que sólo llegas a tener noticia de los acontecimientos cuando los mismos se han cumplido ya, y en nada puedes modificarlos. ¿Quién puede estimar, aun no estando tú enfermo, todo lo que sucede en tu alma sin que tú recibas noticia de ello o sólo noticias incompletas y falsas? Te conduces como un rey absoluto, que se contenta con la información que le procuran sus altos dignatarios y no desciende jamás hasta el pueblo para oír su voz. Adéntrate en ti, desciende a tus estratos más profundos y aprende a conocerte a ti mismo; sólo entonces podrás llegar a comprender por qué puedes enfermar y, acaso, también a evitar la enfermedad.»

Así quiso el psicoanálisis aleccionar al yo. Pero sus dos tesis, la de que la vida instintiva de la sexualidad no puede ser totalmente domada en nosotros y la de que los procesos anímicos son en sí inconscientes, y sólo mediante una percepción incompleta y poco fidedigna llegan a ser accesibles al yo y sometidos por él, equivalen a la afirmación de que el yo no es dueño y señor en su propia casa. Y representan el tercer agravio inferido a nuestro amor propio; un agravio psicológico. No es, por tanto, de extrañar que el yo no acoja favorablemente las tesis psicoanalíticas y se niegue tenazmente a darles crédito.

Sólo una minoría entre los hombres se ha dado clara cuenta de la importancia decisiva que supone para la ciencia y para la vida la hipótesis de la existencia de procesos psíquicos inconscientes. Pero nos apresuraremos a añadir que no ha sido el psicoanálisis el primero en dar este paso. Podemos citar como precursores a renombrados filósofos, ante todo a Schopenhauer, el gran pensador, cuya «voluntad» inconsciente puede equipararse a los instintos anímicos del psicoanálisis, y que atrajo la atención de los hombres con frases de inolvidable penetración sobre la importancia, desconocida aún, de sus impulsos sexuales. Lo que el psicoanálisis ha hecho ha sido no limitarse a afirmar abstractamente las dos tesis, tan ingratas al narcisismo, de la importancia psíquica de la sexualidad y la inconsciencia de la vida anímica, sino que las ha demostrado con su aplicación a un material que a todos nos atañe personalmente y nos fuerza a adoptar una actitud ante estos problemas. Pero precisamente por ello ha atraído sobre sí la repulsa y las resistencias que aluden aún respetuosamente al gran nombre del filósofo.

viernes, 11 de abril de 2008

Más allá del principio de placer

Acabo de publicar en la web la obra de Freud de 1920 “Más allá del Principio de Placer”

Aquí elabora por primera vez su idea de que la dinámica de la psique no sólo se encuentra movida por una pulsión erótica (Eros), sino que también existe una “pulsión de muerte” (Tánatos), que podría hacer explicable el fenómeno de la represión y la resistencia. A medida de que evoluciona su pensamiento Freud advierte que el “yo” (Ego) no es sujeto de la represión, sino más bien la padece. Esta idea culminará en su segunda tópica de la psique, dividida en tres instancias: yo, ello y superyó, como establecerá en 1923 en “El yo y el ello”

Si la represión está al servicio del principio de placer (y tiene como objeto proteger al yo de lo displaciente), ¿a qué puede deberse la compulsión de repetición que hace que “lo reprimido” retorne una y otra vez?

En “Más allá del Principio de Placer” Freud escribe:

Pero entonces debemos decir que, en verdad, es incorrecto hablar de un imperio del principio de placer sobre el decurso de los procesos anímicos. Si así fuera, la abrumadora mayoría de nuestros procesos anímicos tendría que ir acompañada de placer o llevar a él; y la experiencia más universal refuta enérgicamente esta conclusión. Por tanto, la situación no puede ser sino esta: en el alma existe una fuerte tendencia al principio de placer, pero ciertas otras fuerzas o constelaciones la contrarían, de suerte que el resultado final no siempre puede corresponder a la tendencia al placer. Compárese la observación que hace Fechner (1873, pág. 90) a raíz de un problema parecido: «Pero puesto que la tendencia a la meta no significa todavía su logro, y en general esta meta sólo puede alcanzarse por aproximaciones ... » . Si ahora atendemos a la pregunta por las circunstancias capaces de impedir que el principio de placer prevalezca, volvemos a pisar un terreno seguro y conocido, y para dar la respuesta podemos aducir en sobrado número nuestras experiencias analíticas.
...
…acontece repetidamente que ciertas pulsiones o partes de pulsiones se muestran, por sus metas o sus requerimientos, inconciliables con las restantes que pueden conjugarse en la unidad abarcadora del yo. Son segregadas entonces de esa unidad por el proceso de la represión; se las retiene en estadios inferiores del desarrollo psíquico y se les corta, en un comienzo, la posibilidad de alcanzar :satisfacción. Y si luego consiguen (como tan fácilmente sucede en el caso de las pulsiones sexuales reprimidas) procurarse por ciertos rodeos una satisfacción directa o sustitutiva, este éxito, que normalmente habría sido una posibilidad de placer, es sentido por el yo como displacer. A consecuencia del viejo conflicto que desembocó en la represión, el principio de placer experimenta otra ruptura justo en el momento en que ciertas pulsiones laboraban por ganar un placer nuevo en obediencia a ese principio.
...
No hay duda de que la resistencia del yo conciente y preconciente está al servicio del principio de placer. En efecto: quiere ahorrar el displacer que se excitaría por la liberación de lo reprimido, en tanto nosotros nos empeñamos en conseguir que ese displacer se tolere invocando el principio de realidad. Ahora bien, ¿qué relación guarda con el principio de placer la compulsión de repetición, la exteriorización forzosa de lo reprimido? Es claro que, las más de las veces, lo que la compulsión de repetición hace revivenciar no puede menos que provocar displacer al yo, puesto que saca a luz operaciones de mociones pulsionales reprimidas. Empero, ya hemos considerado esta clase de displacer: no contradice al principio de placer, es displacer para un sistema y, al mismo tiempo, satisfacción para el otro. Pero el hecho nuevo y asombroso que ahora debemos describir es que la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones, ni siquiera de las mociones pulsionales reprimidas desde entonces.

El florecimiento temprano de la vida sexual infantil estaba destinado a sepultarse {Untergang} porque sus deseos eran inconciliables con la realidad y por la insuficiencia de la etapa evolutiva en que se encontraba el niño. Ese florecimiento se fue a pique {zugrunde gehen} a raíz de las más penosas ocasiones y en medio de sensaciones hondamente dolorosas. La pérdida de amor y el fracaso dejaron como secuela un daño permanente del sentimiento de sí, en calidad de cicatriz narcisista, que, tanto según mis experiencias como según las puntualizaciones de Marcinowski (1918), es el más poderoso aporte al frecuente «sentimiento de inferioridad» de los neuróticos. La investigación sexual, que chocó con la barrera del desarrollo corporal del niño, no obtuvo conclusión satisfactoria; de ahí la queja posterior: «No puedo lograr nada; nada me sale bien». El vínculo tierno establecido casi siempre con el progenitor del otro sexo sucumbió al desengaño, a la vana espera de una satisfacción, a los celos que provocó el nacimiento de un hermanito, prueba indubitable de la infidelidad del amado o la amada; su propio intento, emprendido con seriedad trágica, de hacer él mismo un hijo así, fracasó vergonzosamente; el retiro de la ternura que se prodigaba al niñito, la exigencia creciente de la educación, palabras serias y un ocasional castigo habían terminado por revelarle todo el alcance del desaire que le reservaban. Así llega a su fin el amor típico de la infancia; su ocaso responde a unos pocos tipos, que aparecen con regularidad.

Ahora bien, los neuróticos repiten en la transferencia todas estas ocasiones indeseadas y estas situaciones afectivas dolorosas, reanimándolas con gran habilidad. Se afanan por interrumpir la cura incompleta, saben procurarse de nuevo la impresión del desaire, fuerzan al médico a dirigirles palabras duras y a conducirse fríamente con ellos, hallan los objetos apropiados para sus celos, sustituyen al hijo tan ansiado del tiempo primordial por el designio o la promesa de un gran regalo, casi siempre tan poco real como aquel. Nada de eso pudo procurar placer entonces; se creería que hoy produciría un displacer menor si emergiera como recuerdo o en sueños, en vez de configurarse como vivencia nueva. Se trata, desde luego, de la acción de pulsiones que estaban destinadas a conducir a la satisfacción; pero ya en aquel momento no la produjeron, sino que conllevaron únicamente displacer. Esa experiencia se hizo en vano. Se la repite a pesar de todo; una compulsión esfuerza a ello.

Eso mismo que el psicoanálisis revela en los fenómenos de transferencia de los neuróticos puede reencontrarse también en la vida de personas no neuróticas. En estas hace la impresión de un destino que las persiguiera, de un sesgo demoníaco en su vivenciar; y desde el comienzo el psicoanálisis juzgó que ese destino fatal era autoinducido y estaba determinado por influjos de la temprana infancia. La compulsión que así se exterioriza no es diferente de la compulsión de repetición de los neuróticos, a pesar de que tales personas nunca han presentado los signos de un conflicto neurótico tramitado mediante la formación de síntoma. Se conocen individuos en quienes toda relación humana lleva a idéntico desenlace: benefactores cuyos protegidos (por disímiles que sean en lo demás) se muestran ingratos pasado cierto tiempo, y entonces parecen destinados a apurar entera la amargura de la ingratitud; hombres en quienes toda amistad termina con la traición del amigo; otros que en su vida repiten incontables veces el acto de elevar a una persona a la condición de eminente autoridad para sí mismos o aun para el público, y tras el lapso señalado la destronan para sustituirla por una nueva; amantes cuya relación tierna con la mujer recorre siempre las mismas fases y desemboca en idéntico final, etc. Este «eterno retorno de lo igual» nos asombra poco cuando se trata de una conducta activa de tales personas y podemos descubrir el rasgo de carácter que permanece igual en ellas, exteriorizándose forzosamente en la repetición de idénticas vivencias. Nos sorprenden mucho más los casos en que la persona parece vivenciar pasivamente algo sustraído a su poder, a despecho de lo cual vivencia una y otra vez la repetición del mismo destino. Piénsese, por ejemplo, en la historia de aquella mujer que se casó tres veces sucesivas, y las tres el marido enfermó y ella debió cuidarlo en su lecho de muerte. La figuración poética más tocante de un destino fatal como este la ofreció Tasso en su epopeya romántica, la Jerusalén liberada. El héroe, Tancredo, dio muerte sin saberlo a su amada Clorinda cuando ella lo desafió revestida con la armadura de un caballero enemigo. Ya sepultada, Tancredo se interna en un ominoso bosque encantado, que aterroriza al ejército de los cruzados. Ahí hiende un alto árbol con su espada, pero de la herida del árbol mana sangre, y la voz de Clorinda, cuya alma estaba aprisionada en él, le reprocha que haya vuelto a herir a la amada.

En vista de estas observaciones relativas a la conducta durante la transferencia y al destino fatal de los seres humanos, osaremos suponer que en la vida anímica existe realmente una compulsión de repetición que se instaura más allá del principio de placer.
...
hemos partido de una tajante separación entre pulsiones yoicas = pulsiones de muerte, y pulsiones sexuales = pulsiones de vida. Estábamos ya dispuestos a computar las supuestas pulsiones de autoconservación del yo entre las pulsiones de muerte, de lo cual posteriormente nos abstuvimos, corrigiéndonos. Nuestra concepción fue desde el comienzo dualista, y lo es de manera todavía más tajante hoy, cuando hemos dejado de llamar a los opuestos pulsiones yoicas y pulsiones sexuales, para darles el nombre de pulsiones de vida y pulsiones de muerte. En cambio, la teoría de la libido de Jung es monista; el hecho de que llamara «libido» a su única fuerza pulsional tuvo que sembrar confusión, pero no debe influirnos más. Conjeturamos que en el interior del yo actúan pulsiones diversas de las de autoconservación libidinosas; sólo que deberíamos poder indicarlas. Es de lamentar que nos resulte harto difícil hacerlo, por el atraso en que se encuentra el análisis del yo. Acaso las pulsiones libidinosas del yo estén enlazadas de una manera particular con esas otras pulsiones yoicas que todavía desconocemos. Aun antes de discernir claramente el narcisismo, el psicoanálisis conjeturaba que las «pulsiones yoicas» han atraído hacia sí componentes libidinosos. Pero estas son posibilidades muy inciertas, y es difícil que nuestros oponentes las tomen en cuenta. Sigue siendo fastidioso que el análisis hasta ahora sólo nos haya permitido pesquisar pulsiones [yoicas] libidinosas. Mas no por ello avalaríamos la inferencia de que no hay otras.

Dada la oscuridad que hoy envuelve a la doctrina de las pulsiones, no haríamos bien desechando ocurrencias que nos prometieran esclarecimiento. Hemos partido de la gran oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte. El propio amor de objeto nos enseña una segunda polaridad de esta clase, la que media entre amor (ternura) y odio (agresión). ¡Sí consiguiéramos poner en relación recíproca estas dos polaridades, reconducir la una a la otra! Desde: siempre hemos reconocido un componente sádico en la pulsión sexual; según sabemos, puede volverse autónomo y gobernar, en calidad de perversión, la aspiración sexual íntegra de la persona. Y aun se destaca, como pulsión parcial dominante, en una de las que he llamado «organizaciones pregenitales». Ahora bien, ¿cómo podríamos derivar del Eros conservador de la vida la pulsíón sádica, que apunta a dañar el objeto? ¿No cabe suponer que ese sadismo es en verdad una pulsión de muerte apartada del yo por el esfuerzo y la influencia de la libido narcisista, de modo que sale a la luz sólo en el objeto? Después entra al servicio de la función sexual; en el estadio de organización oral de la libido, el apoderamiento amoroso coincide todavía con la aniquilación del objeto; más tarde la pulsión sádica se separa y cobra a la postre, en la etapa del primado genital regido por el fin de la reproducción, la función de dominar al objeto sexual en la medida en que lo exige la ejecución del acto genésico. Y aun podría decirse que el sadismo esforzado a salir {berausdrängen} del yo ha enseñado el camino a los componentes libidinosos de la pulsión sexual, que, en pos de él, se esfuerzan en dar caza {nachdrängen} al objeto. Donde el sadismo originario no ha experimentado ningún atemperamiento ni fusión {Verschmelzung}, queda establecida la conocida ambivalencia amor-odio de la vida amorosa.

miércoles, 9 de abril de 2008

Anna O, buscando la palabra perdida

Con la amable autorización de su autora, Isabel Monzón, he publicado su artículo “Anna O, buscando la palabra perdida”, en el que ofrece otra comprensión del caso fundador del psicoanálisis, sobre el cual Josef Breur ofreció el historial en los “Estudios sobre la histeria” de Sigmund Freud.

A través del artículo de Isabel Monzón se presenta otra Anna O., aquellas facetas de su personalidad que Josef Breur omitió, y que muestran no sólo a una mujer inteligente y apasionada (que sería la primera asistente social de Europa y una de las primeras de l mundo, autora de un ensayo y de otras obras narrativas), sino los temores del terapeuta que se ve embrollado en los lazos de la transferencia y la contratransferencia.

Así, en el artículo podemos leer, entre otras cosas:
Según Jones - quien advierte estar transcribiendo un relato que le hiciera Freud, recibido, a su vez, de Breuer - el tratamiento de Anna no finalizó con una exitosa alta, como se relata en el historial. Todo lo contrario, la terapia fue suspendida abruptamente en junio de 1882 por Breuer quien, por hablar permanentemente de Anna, había provocado los celos de su esposa.
La “interesante” paciente, relata Jones, había desatado en su terapeuta una poderosa contratransferencia. Ella, “más enferma que nunca”, reaccionó ante el abandono desarrollando todos los síntomas de un falso parto histérico. Breuer, llamado por los familiares, concurrió otra vez a visitarla, la encontró en ese estado y la calmó con hipnosis. Luego él, “bañado en frío sudor abandonó la casa”. Al día siguiente viajó con su esposa, en una segunda luna de miel, a Venecia. El fruto de este viaje fue el nacimiento de una hija que, “concebida en circunstancias tan especiales, habría de suicidarse sesenta años más tarde, en Nueva York”.

La tendenciosa versión de Jones, desacreditada por Henry Ellenberger en su historia sobre Anna O., ciertamente muy bien documentada, no sólo resta valor a la figura humana y científica de Joseph Breuer sino que, además, ofrece una lectura veladamente misógina acerca de Bertha Pappenheim. Ellenberger nos cuenta que Dora, la última hija de Breuer, nació el 11 de marzo de 1882 y que, por lo tanto, debe haber sido concebida aproximadamente en junio de 1881, cuando Anna fue trasladada a una casa de campo para su internación y no en junio de 1882, como dice Jones. En consecuencia, el nacimiento de Dora Breuer no tuvo nada que ver con los avatares del vínculo de su padre con Anna O. Tampoco su suicidio.
En un artículo de Lucy Freeman leímos el testimonio de una nieta de Breuer, según el cual su tía Dora vivía en Viena cuando Hitler tomó el poder. En el momento que la Gestapo llegó a su casa para llevarla a un campo de concentración, ella que, además, era víctima de un cáncer terminal, prefirió suicidarse. Hay otro testimonio, y es de Ernst Hammerschlag, psicoanalista y sobrino político de Breuer. Comentando el informe de Jones, dijo: “Breuer, que era un buen padre de familia, no tenía el aspecto de ser un charlatán sobre cuestiones profesionales. No daba la impresión de que al volver a casa se desahogara con su mujer”. Ésta no va a ser la única vez que Ernest Jones calumnie a uno de sus colegas ya que también lo hizo con el talentoso Ferenczi. Tal vez con sus tendenciosas historias se proponía desacreditar a todo el que, de una u otra manera, pudiera hacerle sombra a Freud. Por otra parte, la de Jones es una lectura misógina, en tanto empequeñece la imagen de Anna con esa versión - de la que no existen pruebas - del falso parto histérico, como si los únicos intereses de ella rondaran la relación con el varón y la maternidad. Jones también puede llegar a conducirnos a dudar acerca de la reserva de Freud, quien, según él, le relató este hecho. En 1925 el creador del psicoanálisis, refiriéndose a Joseph Breuer, dijo que se trataba de “un hombre reservado y modesto”, que durante muchos años había mantenido en secreto los descubrimientos realizados en el tratamiento con Anna O. Joseph Breuer fue motivado por el mismo Freud a publicar el historial y sus reflexiones. “Más tarde tuve razones para suponer que también un factor puramente afectivo lo había disuadido de proseguir su labor en el esclarecimiento de la neurosis. Había tropezado con la infaltable transferencia de la paciente sobre el médico, pero no aprehendió la naturaleza impersonal de ese proceso”.
De estas palabras de Freud creemos que es necesario remarcar su utilización del verbo suponer. En Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico (1914) había afirmado algo similar “Tengo fuertes motivos para conjeturar que, tras eliminar todos los síntomas, Breuer debió descubrir la motivación sexual de la transferencia pero, habiéndosele escapado la naturaleza universal de este inesperado fenómeno, interrumpió en este punto su investigación, como sorprendido por un untoward event (suceso adverso)”. En 1925, Presentación autobiográfica, Freud insiste en que Breuer adivinó la etiología sexual de la enfermedad de Anna O., agregando luego una frase que se acerca a la versión que diera Jones en 1953: “Al fin atiné a interpretar rectamente ese caso y a reconstruir, basándome en algunos indicios que Breuer me había dado al comienzo, el desenlace de su tratamiento. Después que el trabajo catártico pareció finiquitado, sobrevino de pronto a la muchacha un estado de amor de transferencia, que él omitió vincular a su enfermedad, por lo cual se apartó de ella estupefacto”. En la carta que el 2 de junio de 1932 le escribe a Stephan Zweig - no sólo uno de sus biógrafos sino también, según Peter Gay, uno de sus más apasionados defensores - nos encontramos con un Freud que, abandonando toda reserva, relata este recuerdo: “Lo que realmente sucedió con la paciente de Breuer lo pude adivinar más tarde, mucho después de la ruptura de nuestras relaciones, cuando de pronto recordé algo que Breuer me había dicho en otro contexto, antes de que empezáramos a colaborar y que nunca repitió . Al anochecer de aquel día en que habían desaparecido todos los síntomas de ella, lo mandaron llamar para que viera de nuevo a la paciente; la encontró confundida y retorciéndose con calambres abdominales. Cuando le preguntó qué le pasaba, ella le respondió: “ ¡Va a nacer el niño del Doctor B.!” Presa del horror, huyó y dejó a la paciente con un colega. Durante los meses que siguieron, ella permaneció en un sanatorio luchando por recuperar su salud.”. En ese momento, agrega Freud, Breuer tuvo en sus manos “la llave que hubiera abierto las puertas a las Madres, pero la dejó caer”.

domingo, 6 de abril de 2008

El descubrimiento del inconsciente


Acabo de subir a la web el capítulo 3: “La primera psiquiatría dinámica (1775-1900)” del libro de Henry Ellenberger, “El descubrimiento del inconsciente. Historia y evolución de la psiquiatría dinámica”
Aquí Ellenberger habla del mesmerismo y de los primeros magnetizadores e hipnotizadores como precursores y fundadores de un enfoque dinámico de la psique. Vinculando el concepto de sugestión y auto-sugestión con el renacentista de imaginatio, Ellenberger traza un recorrido panorámico sobre las diversas concepciones dinámicas de la psique, no restringiéndose sólo al ámbito médico sino incluyendo también la literatura del siglo XIX, en especial las obras de Poe, E.T.A. Hoffman, Robert Browning, du Maurier, Maupassant y otros.
Sin reducir la concepción del inconsciente propia de la psicología profunda, Ellenberger muestra así sus antecedentes históricos.

viernes, 4 de abril de 2008

El caso de Anna O.

En 1895 Freud y Breuer publican sus “Estudios sobre la histeria”, donde defienden el “método catártico” (vincular el síntoma físico con el recuerdo y abreacción del trauma reprimido). A partir de esta base Freud construirá su proyecto de análisis psíquico, el psicoanálisis, fundando así la psicología profunda.

El histérico padecería principalmente de reminiscencias, escribe Freud en aquella ocasión.

Entre los historiales clínicos que aparecen en el libro, Josef Breur incluye el caso de Anna O. (Berta Pappenheim), que será justamente el caso fundador del psicoanális. Es sorprendente constatar cómo en su narrativa es aparente que Breuer no advierte el enamoramiento de su paciente con él. Sobre ese tipo de relación inconsciente el psicoanálisis construirá su teoría de la transferencia, yendo mucho más allá de la primitiva intuición de Breur.

Acabo de incluir en la web del Centro la narración de Breuer del caso de Anna O., que fue omitido en la traducción castellana de las obras completas de Freud en la editorial Biblioteca Nueva.

lunes, 24 de marzo de 2008

Freud: Psicología de las masas

Continuando con la publicación de textos de Freud con ocasión de las Reflexiones sobre el Alma, acabo de colgar su ensayo de 1921, “Psicología de las masas y análisis del yo”. El objetivo de esta serie de publicaciones no consiste tanto en difundir y consentir en las tesis freudianas, sino en estudiar y valorar su estilo de pensamiento, las fantasías que le permitieron adentrarse en las dinámicas del alma, así como en advertir su permanente orientación hacia una crítica de la cultura, hacia una relativización de la frontera entre lo “normal” y lo “patológico” y su continua preocupación por el fenómeno de lo colectivo.

En este osado ensayo, donde Freud admite la influencia de Darwin y de Le Bon, se tocan temas tan variados como la cuestión de las masas y su influenciabilidad, el enamoramiento y la hipnosis, entre otros.

Freud también afirma que “Si queremos formarnos una idea exacta de la moralidad de las multitudes, habremos de tener en cuenta que en la reunión de los individuos integrados en una masa, desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras que todos los instintos crueles, brutales y destructores, residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo, despiertan y buscan su libre satisfacción. Pero bajo la influencia de la sugestión, las masas son también capaces de desinterés y del sacrificio por un ideal. El interés personal, que constituye casi el único móvil de acción del individuo aislado, no se muestra en las masas como elemento dominante, sino en muy contadas ocasiones. Puede incluso hablarse de una moralización del individuo por la masa. Mientras que el nivel intelectual de la multitud aparece siempre muy inferior al del individuo, su conducta moral puede tanto sobrepasar el nivel ético individual como descender muy por debajo de él.

Algunos rasgos de la característica de las masas, tal y como le expone Le Bon, muestran hasta qué punto está justificada la identificación del alma de la multitud con el alma de los primitivos. En las masas, las ideas más opuestas pueden coexistir sin estorbarse unas a otras y sin que surja de su contradicción lógica conflicto alguno. Ahora bien, el psicoanálisis ha demostrado que este mismo fenómeno se da también en la vida anímica individual; así, en el niño y en el neurótico.”

Como complemento a las interesantes reflexiones de Freud sobre la masa y su sugestionabilidad, es recomendable ver los documentales de Adam Curtis, “El siglo del individualismo”, publicados anteriormente en este mismo blog.

Por lo que toca al tema del “control” de los individuos y las comunidades por parte de las instituciones de poder, conviene por ejemplo averiguar acerca de la operación MK Ultra


jueves, 20 de marzo de 2008

La crítica de Nietzsche a la oposición “mundo verdadero/mundo aparente”

Continúo con las reflexiones psico-lógicas:
Movido por la lectura de las estimulantes obras de Wolfgang Giegerich, cuya devoción al “fenómeno del alma tal como se presenta” implica la renuncia a desconocerlo, negarlo, rechazarlo, “explicarlo” o reducirlo a un supuesto “estado mejor”, he retomado la lectura de Nietzsche, quien ha sido el más radical defensor de la existencia “tal como se presenta” y urge a ir más allá de la (pseudo) oposición: “mundo verdadero” (estado ideal, lo que debería ser, el fundamento de lo que hay, etc.) vs. “mundo aparente” (lo que no-debiera-ser, los síntomas, lo “imperfecto”, etc.). Giegerich retoma con pasión el adagio de Nietzsche: “buscar un sentido a la vida, es ya despreciarla. El sentido de la existencia está en ella”.
No es otra cosa a lo que apuntaba Hillman al recordar la cita de Wallace Stevens:
“El camino hacia el mundo
es más difícil que el camino más allá de él”

Así se expresa Nietzsche en el siguiente fragmento de “El Crepúsculo de los Ídolos”: Historia de un error

1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, -él vive en ese mundo, es ese mundo.
(La forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincente. Transcripción de la tesis “yo, Platón, soy la verdad”).

2. El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso (“al pecador que hace penitencia”).
(Progreso de la Idea: ésta se vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible, -se convierte en una mujer, se hace cristiana...).

3. El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, imprometible, pero ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo, el viejo sol, pero visto a través de la niebla y el escepticismo; la Idea, sublimizada, pálida, nórdica, königsburguense).

4. El mundo verdadero -¿inasequible? En todo caso, inalcanzado. Y en cuanto inalcanzado, también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor, obligante: ¿a qué podría obligarnos algo desconocido? .
(Mañana gris.Primer bostezo de la razón. Canto del gallo del positivismo).

5. El “mundo verdadero” -una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga, -una Idea que se ha vuelto inútil, superflua, por consiguiente una Idea refutada: ¡eliminémosla!
(Día claro; desayuno; retorno del bon sens y de la jovialidad; rubor avergonzado de Platón; ruido endiablado de todos los espíritus libres)

6. Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿Acaso el aparente?... ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!
(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA)


En esta “progresión” (el platonismo, el cristianismo, Kant y el romanticismo ulterior, el nihilismo reactivo que conduce al positivismo, el nihilismo activo y finalmente: el mundo “liberado”) anuncia Nietzsche el paso del “absolutismo” y “normativismo” de UNA verdad hacia el “perspectivismo” y “pluralismo” de una visión que no enjuicia ni excluye, sino que acepta la diversidad, la variedad, la diferencia, sin intentar someterla a una “norma”.

Y así Nietzsche reafirma su antigua tesis de la superioridad de la visión “politeísta” sobre la “monoteísta”, tema retomado audazmente por la psicología arquetipal

Para los espíritus más curiosos, he añadido un video de la BBC (en inglés) sobre Nietzsche, así como su "Más Allá del Bien y del Mal" (versión íntegra) y algunos fragmentos de “El crepúsculo de los ídolos” junto con algunos escritos de juventud

Este artículo tiene especial interés para quienes sigan las “Reflexiones sobre el Alma”

lunes, 17 de marzo de 2008

Sigmund Freud: El Yo y el Ello (1923)

Con ocasión de las Reflexiones sobre el Alma, he subido a la web del Centro un extracto de la obra de Freud, “El Yo y el Ello” de 1923, donde propone su teoría de las tres instancias psíquicas: yo, ello y superyo. Aparte de ser un visión que ha tenido una influencia decisiva en la comprensión que el ser humano tiene de sí mismo a lo largo del siglo XX, y de ofrecer un vocabulario que permite adentrarse en las dinámicas psíquicas, se advierte ya cómo Freud no sólo investiga el alma del individuo, sino que su investigación toma el carácter comprensivo de un análisis de la cultura (y en este caso, de la moralidad) en general. Desde sus comienzos la “psicología profunda” ha ido más allá de lo individual y se ha perfilado como un instrumento de crítica cultural y una exploración de lo colectivo.

En este decisivo escrito Freud, entre otras cosas, afirma:

“Un individuo es ahora, para nosotros, un ello psíquico desconocido e inconsciente, en cuya superficie aparece el yo, que se ha desarrollado partiendo del sistema P.(perceptivo) , su nódulo. El yo no vuelve por completo al ello, sino que se limita a ocupar una parte de su superficie, esto es, la constituida por el sistema P., y tampoco se halla precisamente separado de él, pues confluye con él en su parte inferior.

Pero también lo reprimido confluye con el ello hasta el punto de no constituir sino una parte de él. En cambio, se halla separado del yo por las resistencias de la represión, y sólo comunica con él a través del ello. Reconocemos en el acto que todas las diferenciaciones que la Patología nos ha inducido a establecer se refieren tan sólo a los estratos superficiales del aparato anímico, únicos que conocemos.

Fácilmente se ve que el yo es una parte del ello modificada por la influencia del mundo exterior, transmitido por el P Cc. (pre-consciente), o sea, en cierto modo, una continuación de la diferenciación de las superficies. El yo se esfuerza en transmitir a su vez al ello, por el principio del placer, que reina sin restricciones en el ello, por el principio de la realidad. La percepción es para el yo lo que para el ello el instinto. El yo representa lo que pudiéramos llamar la razón o la reflexión, opuestamente al ello, que contiene las pasiones.

La importancia funcional del yo reside en el hecho de regir normalmente los accesos a la movilidad. Podemos, pues, compararlo, en su relación con el ello, al jinete que rige y refrena la fuerza de su cabalgadura, superior a la suya, con la diferencia de que el jinete lleva esto a cabo con sus propias energías, y el yo, con energías prestadas. Pero así como el jinete se ve obligado alguna vez a dejarse conducir a donde su cabalgadura quiere, también el yo se nos muestra forzado en ocasiones a transformar en acción la voluntad del ello, como si fuera la suya propia.”

Y más adelante:

“La relación del yo con la conciencia ha sido ya estudiada por nosotros repetidas veces, pero aún hemos de describir aquí algunos hechos importantes. Acostumbrados a no abandonar nunca el punto de vista de una valoración ética y social, no nos sorprende oír que la actividad de las pasiones más bajas se desarrolla en lo inconsciente, y esperamos que las funciones anímicas encuentren tanto más seguramente acceso a la conciencia cuanto más elevado sea el lugar que ocupen en dicha escala de valores. Pero la experiencia psicoanalítica nos demuestra que la esperanza es infundada.
Por un lado tenemos pruebas de que incluso una labor intelectual, sutil y complicada, que exige, en general, intensa reflexión, puede ser también realizada preconscientemente sin llegar a la conciencia. Este fenómeno se da, por ejemplo, durante el estado de reposo y se manifiesta en que el sujeto despierta sabiendo la solución de un problema matemático o de otro género cualquiera vanamente buscada durante el día anterior.
Pero hallamos aún otro caso más singular. En nuestro análisis averiguamos que hay personas en las cuales la autocrítica y la conciencia moral o sea funciones anímicas, a las que se concede un elevado valor, son inconscientes y producen, como tales, importantísimos efectos.
Así, pues, la inconsciencia de la resistencia en el análisis no es en ningún modo la única situación de ese género. Pero el nuevo descubrimiento, que nos obliga, a pesar de nuestro mejor conocimiento crítico, a hablar de un sentimiento inconsciente de culpabilidad, nos desorienta mucho más, planteándonos nuevos enigmas, sobre todo cuando observamos que en un gran número de neuróticos desempeña dicho sentimiento un papel económicamente decisivo y opone considerables obstáculos a la curación.
Si queremos ahora volver a nuestra escala de valores, habremos de decir que no sólo lo más bajo, sino también lo más elevado, puede permanecer inconsciente. De este modo parece demostrársenos lo que antes dijimos del yo, o sea que es ante todo un ser corpóreo.”

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“…el superyo no es simplemente un residuo de las primeras elecciones de objeto del ello, sino también una enérgica formación reactiva contra las mismas. Su relación con el yo no se limita a la advertencia: "Así como el padre debes ser", sino que comprende también la prohibición: "Así como el padre no debes ser: no debes hacer todo lo que él hace, pues hay algo que le está exclusivamente reservado". Esta doble faz del ideal del yo depende de su anterior participación en la represión del complejo de Edipo, e incluso debe su génesis a tal represión. Este proceso represivo no fue nada sencillo. Habiendo reconocido en los padres, especialmente en el padre, el obstáculo opuesto a la realización de los deseos integrados en dicho complejo, tuvo que robustecerse el yo para llevar a cabo su represión, creando en sí mismo tal obstáculo. La energía necesaria para ello hubo de tomarla prestada del padre, préstamo que trae consigo importantísimas consecuencias.
El superyo conservará el carácter del padre, y cuanto mayores fueron la intensidad del complejo de Edipo y la rapidez de su represión (bajo las influencias de la autoridad, la religión, la enseñanza y las lecturas), más severamente reinará después sobre el yo como conciencia moral, o quizá como sentimiento inconsciente de culpabilidad. En páginas ulteriores expondremos de dónde sospechamos que extrae el superyo la fuerza necesaria para ejercer tal dominio, o sea, el carácter coercitivo que se manifiesta como imperativo categórico.”


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“Se ha acusado infinitas veces al psicoanálisis de desatender la parte moral, elevada y suprapersonal del hombre. Pero este reproche es injusto, tanto desde el punto de vista histórico como desde el punto de vista metodológico. Lo primero, porque se olvida que nuestra disciplina adscribió desde el primer momento a las tendencias morales y estéticas del yo el impulso a la represión. Lo segundo, porque no se quiere reconocer que la investigación psicoanalítica no podía aparecer, desde el primer momento, como un sistema filosófico provisto de una completa y acabada construcción teórica, sino que tenía que abrirse camino paso a paso por medio de la descomposición analítica de los fenómenos, tanto normales como anormales, hacia la inteligencia de las complicaciones anímicas.
Mientras nos hallábamos entregados al estudio de lo reprimido en la vida psíquica, no necesitábamos compartir la preocupación de conservar intacta la parte más elevada del hombre. Ahora que osamos aproximarnos al análisis del yo, podemos volvernos a aquellos que, sintiéndose heridos en su conciencia moral, han propugnado la existencia de algo más elevado en el hombre y responderles: "Ciertamente, y este elevado ser es el ideal del yo o superyo, representación de la relación del sujeto con sus progenitores". Cuando niños, hemos conocido, admirado y temido a tales seres elevados y, luego, los hemos acogido en nosotros mismos.”


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“Las peligrosas pulsiones de muerte son tratadas de diversa manera en el individuo: en parte se las torna inofensivas por mezcla con componentes eróticos, en parte se desvían hacia afuera como agresión, pero en buena parte prosiguen su trabajo interior sin ser obstaculizadas. Ahora bien, ¿cómo es que en la melancolía el superyo puede convertirse en una suerte de cultivo puro de las pulsiones de muerte?

Desde el punto de vista de la limitación de las pulsiones, esto es, de la moralidad, uno puede decir: El ello es totalmente amoral, el yo se empeña por ser moral, el superyo puede ser hipermoral y, entonces, volverse tan cruel como únicamente puede serlo el ello. Es asombroso que el ser humano, mientras más limita su agresión hacia afuera, tanto más severo -y por ende más agresivo- se torna en su ideal del yo. A la consideración ordinaria le parece lo inverso: ve en el reclamo del ideal del yo el motivo que lleva a sofocar la agresión.
Pero el hecho es tal como lo hemos formulado: Mientras más un ser humano sujete su agresión, tanto más aumentará la inclinación de su ideal a agredir a su yo. Es como un descentramiento {desplazamiento}, una vuelta {revolución} hacia el yo propio. Ya la moral normal, ordinaria, tiene el carácter de dura restricción, de prohibición cruel. Y de ahí proviene, a todas luces, la concepción de un ser superior inexorable en el castigo.”

Puede leerse el artículo íntegro picando aquí.

viernes, 14 de marzo de 2008

La frase de Nietzsche: “Dios ha muerto”

En su magnífico ensayo titulado “La frase de Nietzsche: 'Dios ha muerto'”, incluído en sus Sendas Perdidas (o Caminos del Bolsque) Heidegger, entre otras cosas, escribe:

Estamos acostumbrados a escuchar una resonancia desagradable en la palabra nihilismo. Pero si meditamos la esencia histórica del ser del nihilismo, entonces a esa simple resonancia se añade algo disonante. La palabra nihilismo dice que en aquello que nombra, el nihil (la nada) es esencial. Nihilismo significa: desde cualquier perspectiva todo es nada. Todo, lo que quiere decir: lo ente en su totalidad. Pero lo ente está presente en cada una de sus perspectivas cuando es experimentado en cuanto ente. Entonces, nihilismo significa que lo ente como tal en su totalidad es nada. Pero lo ente es lo que es y tal como es, a partir del ser. Suponiendo que todo “es” reside en el ser, la esencia del nihilismo consiste en que no pasa nada con el propio ser. El propio ser es el ser en su verdad, verdad que pertenece al ser.

Si escuchamos en la palabra nihilismo ese otro tono en el que resuena la esencia de lo nombrado, también oiremos de otro modo el lenguaje del pensar metafísico, que ha experimentado parte del nihilismo aunque sin haber podido pensar su esencia. Tal vez un día, con ese otro tono en nuestros oídos, meditemos sobre la época de la incipiente consumación del nihilismo de manera distinta a lo hecho hasta ahora. Tal vez entonces reconozcamos que ni las perspectivas políticas, ni las económicas ni las sociológicas, ni las técnicas y científicas, ni tan siquiera las metafísicas y religiosas, bastan para pensar eso que ocurre en esta era.

Lo que esta época le da a pensar al pensamiento no es algún sentido profundamente escondido, sino algo muy próximo, lo más próximo, y que, precisamente por ser sólo eso, pasamos siempre por alto. Al pasar por encima de ello damos constantemente muerte, sin darnos cuenta, al ser de lo ente.
Para darnos cuenta de ello y aprender a tomarlo en consideración, tal vez nos baste con pensar por una vez lo que dice el loco sobre la muerte de Dios y cómo lo dice. Tal vez ya no nos apresuremos tanto a hacer oídos sordos a lo que dice el principio del texto explicado, a saber, que el loco “gritaba incesantemente: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. ¿En que medida está loco ese hombre? Está tras-tornado. Porque ha salido fuera del plano del hombre antiguo, en el que se hace pasar los ideales del mundo suprasensible, que se han vuelto irreales, por lo efectivamente real, mientras se realiza efectivamente su contrario. Este hombre tras-tornado ha salido fuera y por encima del hombre anterior. Con todo, de esta manera lo único que ha hecho has sido introducirse por completo en la esencia predeterminada del hombre anterior: ser el animal racional. Este hombre, así tras-tornado, no tiene por lo tanto nada que ver con ese tipo de maleantes públicos que no creen en Dios.

En efecto, esos hombres no son no creyentes porque Dios en cuanto Dios haya perdido su credibilidad ante ellos, sino porque ellos mismos han abandonado la posibilidad de creer en la medida en que ya no pueden buscar a Dios. No pueden seguir buscándolo porque ya no piensan. Los maleantes públicos ha suprimido el pensamiento y lo han sustituido por un parloteo que barrunta nihilismo en todos aquellos sitios donde consideran que su opinar está amenazado. Esta deliberada ceguera furente al verdadero nihilismo, que sigue predominado, intenta disculparse de este modo de su miedo a pensar. Pero ese miedo es el miedo al miedo.
Frente a esto, el loco es manifiestamente desde las primeras frases, y par el que es capaza de escuchar aún más claramente según las últimas frases del texto, aquel que busca a Dios clamando por Dios. ¿Tal vez un pensador ha calmado ahí verdaderamente de profundis? ¿Y el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía el clamor? Seguirá sin oírlo durante tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar.

Esta ineludible reflexión sobre Nietzsche, así como en la perspectiva que arroja Heidegger, es imprescindible para todo pensar en profundidad, incluso para poder re-pensar la psicología en la medida en que deja de ser una técnica de reparación de “desperfectos”, una rama de la medicina, una especialización de la neurociencia, e intenta aproximarse a una noción rigurosa del alma, como ocurre actualmente en el pensamiento de Wolfgang Giegerich.

Pero ¿está la psicología -y por tanto los psicólogos- en posición de “pensar” en un tiempo determinado por las urgencias inmediatas, la técnica y la tecnología, los medios de comunicación, la globalización y el cambio climático? ¿Es posible pensar sobre todo en algo tan alejado de la experiencia inmediata, de la observación experimental y del “cerebro” como el alma, un pensamiento que sea riguroso y no una excusa para vender una ideología más?

domingo, 9 de marzo de 2008

F. Nietzsche: Ecce Homo

Con ocasión de las inminentes “Reflexiones sobre el Alma” acabo de subir a la web del Centro el texto de Nietzsche, “Ecce Homo” escrito en 1888, pocos meses antes del fin de su carrera. Podemos encontrar en sus palabras la anticipación de ideas que originarán la psicología profunda, y una filosofía “de la sospecha” que arrojará su sombra a lo largo del siglo XX.
En él podemos leer:

Lo ultimo que yo querría prometer seria hacer mejor a la humanidad. Yo no he de levantar nuevos ídolos. Derribar ídolos es mi deber principal.

Se ha quitado su valor a la realidad, se ha quitado su sentido, su veracidad, en la medida en que se ha inventado un falso mundo ideal... El mundo real y el mundo aparente; Esto significa: el mundo inventado y la realidad... La mentira del ideal ha sido la humanidad misma la que ha falsificado y viciado hasta en sus más profundos instintos.

Desde el punto de vista moral: el amor al prójimo, la vida al servicio de los demás y de otra causa, puede llegar a ser medidas de seguridad para conservar el más resistente egoísmo. Este es el caso excepcional en que, contra mi regla y mi convicción, tomo partido por los instintos desinteresados: ellos trabajan aquí al servicio del egoísmo y de la disciplina personal.

Entre mis recuerdos no encuentro nunca el de haberme esforzado, no se encuentra en mi vida ninguna huella de lucha: yo soy todo lo contrario de una naturaleza heroica. Querer es una cosa, esforzarse por una cosa, tener por delante de los ojos un fin, un deseo, son cosas que yo no conozco por experiencia. En este mismo momento miro el porvenir, como se mira un mar en calma: ningún deseo lo encrespa.

De las cosas (entre ellas los libros) nadie puede comprender mas de lo que ya sabe. Carecemos de oídos para las cosas a las cuales no nos han dado aun acceso los acontecimientos de la vida.

El que cree haber entendido cualquier cosa de mí, se ha formado de mi una idea que responde a su imagen; con frecuencia se ha creído que yo soy lo contrario de lo que en realidad soy, por ejemplo, un idealista. El que no ha entendido nada de lo que yo digo, niega que yo deba ser tomado en consideración.

Quiero expresar una tesis sacada de mi código moral contra el vicio: la predicación de la castidad es una excitación publica a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, todo empacamiento de la misma con la noción de impureza, es un delito de lesa vida, es el verdadero pecado contra el espíritu santo de la vida.

Allí donde ustedes ven cosas ideales, yo veo cosas humanas, demasiadas humanas... Yo conozco mejor al hombre. Se descubre un espíritu implacable, que conoce todos los escondites en que se refugia el ideal, en que el ideal tiene sus rincones y, por decirlo así, su ultimo baluarte. Un espíritu que lleva una antorcha en la mano, pero cuya llama no vacila, proyecta una luz cruda en ese mundo subterráneo del ideal. Es la guerra, pero la guerra

...la psicología de la conciencia: esta no es, como podría creerse, la voz de dios en el hombre. Es el instinto de la crueldad que vuelve sus ojos al pasado, cuando ya no puede desahogarse exteriormente. La crueldad, considerada como uno de los más antiguos y necesarios fundamentos de la civilización, es aquí explicada por primera vez.

Pues el hombre prefiere la voluntad de la nada a la falta de voluntad en absoluto....


sábado, 1 de marzo de 2008

La miseria de la psicología (5) : el “complejo materno”

Qué lejos están Hillman y Giegerich de frases como “El ser humano está movido por un afán de unidad. Vivimos arrastrados a los polos contrarios, y por tanto ese anhelo de fusión , que en la vida solo experimentan los no-natos, los místicos y levemente los enamorados.... nos lleva al deseo de la autorrealización en unidad. Ese camino en psicología analítica se llama el camino de individuación y el lugar de unidad, que frecuentemente se llama Dios, en psicología profunda se llama el Si-mismo”

Sin embargo Hillman y Giegerich han insistido en que lo que se individúa es el alma, y no “yo” (el “sujeto empírico”, el ego -siempre presente bajo diversas pretensiones: la autorrealización, el autocrecimiento, la autoconsciencia, la autoestima...) Esa implicación "yoica" lo troca todo en “moral”, con tufillo religioso y autoexigente: culpabilizador y heroico (culpabilizador precisamente por heroico). Uno tiene que “realizarse”, uno tiene que ponerse en contacto consigo mismo (¡¿Dios?!), uno “se esfuerza” y, previsible y necesariamente, uno “fracasa”. No es difícil advertir una cierta moral protestante que pretende pasar por psicología y que es más de lo mismo: demanda heroica, culpabilidad y autoexigencia. E indiferencia (¿inconsciencia?) por lo que no es “auto”: el ego perpetúa así su propia importancia. De ésta manera el héroe permanece siempre embrollado en los brazos de la madre (como Mater, es decir: materia -hyle-, inconsciencia, naturalismo -physis-, “realidad exterior”, física, biología, sociología, antropología y así sucesivamente: las “coartadas” de una psicología olvidada de sí misma). De modo que la psicología regresa a posiciones pre-freudianas, dado que Freud ya insistió en la importancia de su “revolución copernicana” al desplazar al “yo” -la conciencia empírica- del centro mismo de la vida psíquica, tal como Copérnico había desplazado a la Tierra del centro del sistema solar. De allí que se hable de un retroceso de la psicología junguiana -no del pensamiento de Jung- a posiciones retrógradas: “el estado de cosas en el movimiento junguiano convencional parece ser una regresión mucho más atrás de los logros de Jung” (W. Giegerich: La Vida Lógica del Alma)

Es en este sentido (y otros) que Giegerich habla de lo "ilusorio" en una psicología personalista. En realidad su expresión es "falso" (phoney= inauténtico). Sus síntomas son justamente el personalismo, el subjetivismo, el “misticismo” de andar por casa (encuentro “consigo mismo”, “anhelo de fusión”... anhelo ¿de quién?), la profundización (?!) en los sentimientos y efusiones personales, el esfuerzo “moral” por superar-se e integrar-se... y, cómo iba faltar, la ubicuidad del “complejo materno”.

Lo sorprendente es que si uno lee los textos psico-lógicamente, resultan una inadvertida confesión de quien los escribe, y desde dónde están escritos. Como ya hizo notar Hillman en su The Great Mother, Her Son, Her Hero, and the Puer (La Gran Madre, su Hijo, su Héroe y el Puer, originalmente publicado en Berry ed.: Fathers and Mothers y reeditado en James Hillman Uniform Edition vol. 3, Senex & Puer, Spring 2005, pg. 135):

“Una psicología que ve a la madre en todas partes es un enunciado acerca de la psique del psicólogo y no sólo un enunciado basado en la prueba experimental”.

E inmediatamente añadió:

“Para que la psique avance a través de su complejo materno inconsciente, la misma psicología tiene que avanzar en su autorreflexión a fin de que su tema, el alma, ya no esté dominada por el naturalismo y el materialismo, y las metas para esa alma ya no se formulen por medio del arquetipo materno como “crecimiento”, “adaptación social”, “relaciones humanas”, “plenitud natural”, etc. ” (ib. pg 135)

Para concluir afirmando que:

“La magnificación del complejo materno es un signo cierto de que que estamos escogiendo el rol heroico, cuyo propósito es menos el espíritu y menos la psique que el ego tradicional, su fortalecimiento y su desarrollo”. (ib. pg. 147)

¿Quién -o qué- es “sí mismo” (self)? Es importante reflexionar más “profundamente” sobre “el proceso de individuación” y “si-mismo” (self) lo cual no tiene nada que ver con el ego, con “mi” individuación, con mi "auto"-realización, con “mi” llegar a ser lo que sea: completo, centrado, realizado, auténtico, impecable, etc. etc. Todas esas son inquietudes egoicas y egoístas (subjetivas), que dejan el mundo y el alma (lo objetivo psíquico) de lado. Y para Jung el mundo es el self, como cuando escribe en Sobre los Arquetipos de lo Inconsciente Colectivo (Obra Completa en ed. Trotta, vol. 9/1, § 46):

“Lo insconsciente colectivo es todo menos un sistema aislado y personal, es objetividad, ancha como el mundo y abierta al mundo. Yo soy el objeto de todos los sujetos, en perfecta inversión de mi consciencia habitual, donde soy siempre sujeto que tiene objetos. Allí estoy en la más inmediata e íntima unión con el mundo, unido hasta tal punto que olvido demasiado fácilmente quién soy en realidad. “Perdido en sí mismo” es una frase adecuada para designar ese estado. Pero ese "mismo" es el mundo”

En la versión en inglés de sus Obras Completas esta última frase es “This self, however, is the world”. O sea: “Este self (sí mismo o uno mismo), sin embargo, es el mundo”

Me pregunto qué tiene que ver esta psique objetiva (o Alma, según Hillman) con frases como:
“los conflictos que vivimos en nuestro interior (la "turbación y pasiones") se amalgaman en forma de conflictos con los próximos ("disensiones, riñas y pleitos"), que facilitan en su expansión los conflictos colectivos hasta desembocar en las guerras. Conviene pues saber lidiar con estos conflictos, atenderlos, entenderlos, diferenciarlos, resolverlos si podemos”

Lo que aquí se omite, es reflexionar (psicologizar) en qué consisten ese supuesto “interior” (mío, subjetivo, egoico), y este sujeto que quiere “lidiar” para “resolver” conflictos: el héroe nuevamente bajo una imagen disociada de la psique objetiva.

La idea de proyección también necesita ser psicologizada en lugar de darse por sentado que “proyectamos algunas de nuestras figuras internas en los demás” (¿quiénes somos nosotros, los que proyectamos?), lo cual presupone inadvertidamente un mundo “psicológicamente vacío”, sólo “creado” (o avivado anímicamente) a partir de “nuestras” proyecciones.

Por supuesto, ya Jung vio claro que lo que llamamos en esta era (siglo XX) “proyecciones” no son sino y en el mejor de los casos “introyecciones”, y por ello escribió:

“Fue necesario que el simbolismo sufriera un enorme empobrecimiento para que los dioses fuesen redescubiertos como factores psíquicos, como arquetipos de lo inconsciente… Desde que cayeron del cielo las estrellas y empalidecieron nuestros más altos símbolos, reina misteriosa vida en lo inconsciente. Por eso tenemos hoy una psicología, y por eso hablamos de lo inconsciente. Todo eso sería, y lo es en efecto, totalmente superfluo en una época y una forma de cultura que tiene símbolos” (Sobre los Arquetipos del Inconsciente Colectivo § 50. Obra Completa vol. 9/1, ed. Trotta)

Giegerich, desde una óptica en cierto modo “nietzscheana” se preguntará si esta misteriosa vida en lo inconsciente no será un desesperado intento por parte de Jung de preservar las estrellas caídas del cielo (de contrarrestar el Dios ha muerto de Nietzsche) manifestando así la resistencia a admitir que el locus (el lugar) del misterio ya no reside en nuestros más altos símbolos y que la expectativa egoica de conexión y pertenencia (otra forma del complejo materno) ya no permite aprehender la dinámica del alma que ahora, desvestida de sacralidad y de moralidad, palpita como la incesante vida lógica que preside la continua evolución de la consciencia.