lunes, 18 de mayo de 2009

Günther Anders: La bomba en bikini (por F. Hadjaj)


GÜNTHER ANDERS: LA BOMBA EN BIKINI
Fabrice Hadjaj


El 5 de julio de 1946, una bailarina del Casino de París, llamada Micheline, presenta el "más pequeño traje de baño del mundo": fue diseñado por Louid Réard, especialista en maquinaria recicladora de ropa interior, y lo llamará Bikini, nombre del atolón donde los americanos acababan de realizar sus nuevos ensayos nucleares. Nagasaki no había sido suficiente. Los tests se habían demostrado finalmente letales por la carbonilla radioactiva para personas que se encontraban muy alejadas del lugar de la explosión. El locutor de radio Kuboyama, además, falleció en el acto. ¿Nuestro fabricante no vio acaso una oportunidad comercial? ¿No demostraba que las cenizas radioactivas podrían llegar hasta nuestras playas?. Los americanos llamaron a sus bombas, "Little Boy" (Muchachito) o "Grandpa" (Abuelo). Ahora se imponía una familiarización inversa: no era la bomba la que tenía un nombre común, era la bañista quien debía convertirse en una “bomba sexual”. Designar el objeto no en términos de vida y de intimidad sino de explosión y muerte no es para nada inocente. Es cuando menos un mal augurio, y convendría escribir toda una estética sobre el “pasárselo bomba”, desde la juerga entre amigos hasta el atentado suicida pasando por el dripping y el zapping, para comprender hasta que punto los tres pequeños triángulos sostenidos por hilos son el signo, como una estrella de David explotada, de la desesperante amenaza atómica.

Sucede que ya no vivimos en una época, sino en su prórroga. Günther Anders ya nos advirtió: nuestra existencia transcurre no solo bajo la inminencia de una muerte individual, sino de una destrucción planetaria. Su obra se esfuerza por sacar todas las consecuencias posible de lo dicho. Como ya tiene sus años, sobre una cuestión tan actual, la podríamos creer obsoleta. Pues ni mucho menos. Durante mucho tiempo guardada en la sombra, como un gran vino de reserva, ha mejorado para ahora ofrecernos la sobriedad propia del momento de resaca de una borrachera. No es el entusiasmo ni el furor del momento lo que nos preocupa sino la excepcional pertinencia de conceptos que dominan el panorama actual y señalan a lo esencial. A este rigor se une la grandeza de un estilo que sabe conjugar la exposición con la palabra, el silogismo con la anécdota, la seriedad con el humor, con una mezcla de profundidad sutil y de alegría angustiosa que recuerda a Kierkegaard.

UNA VIDA EN EL SIGLO

Es conveniente, como si su obra no fuera recomendable por sí misma, recordar que Anders fue un alumno de Heidegger y próximo a Husserl, que el joven Lévinas le tradujo en los años 30, que Sartre recibirá la influencia de su obra “Patología de la libertad”, que era amigo de Bertold Brecht, de Walter Benjamin, de Herbert Marcuse, de Hans Jonas y, sobre todo, que fue el primer marido de Hannah Arendt. Para ocultar algo su pedigrí, diremos sobre otro aspecto: su pobreza de judío errante. Antes de su reclutamiento por la fuerza en una asociación escolar paramilitar al final de la Primera Guerra Mundial que creíamos iba a ser “la última de las últimas”: ¡aquí le tenemos a los quince años en el frente, descubriendo a hombres convertidos en “material humano”, y temblando ante un cortejo de lisiados en el andén de una estación, como procesión del futuro!. Después vino la fuga de París bajo el Reich: tuvo que soportar como el manuscrito de su obra capital contra el nazismo, “La Catacombe de Molussie”, acabó escondida en la campana de una chimenea, entre jamones y salchichones, para no poder encontrar un editor más que cincuenta años más tarde, cuando ya era demasiado tarde (mientras tanto, ciertas páginas habían cogido el olor de sus embutidos y les habían servido, a Hannah y a él, para aromatizar el pan de su frugal menaje). Después, el exilio en California: el filósofo va tirando de pequeños trabajos, se hace profesor particular de la hija de Irving Berlin, el compositor de Broadway, después trabajará en una pequeña fábrica de tejidos tipo pret-a-porter para que las amas de casa pudieran tener su tiempo libre. Mientras tanto prosigue su lectura de Marx y de Heidegger, esta doble experiencia de Hollywood y de la fábrica será para el fundamental. La agudeza de su pensamiento vendrá de ahí, que le eleva al rango de entre los mas grandes, como un Debord y siendo el complemento conyugal de Hannah.

La primera noción de su gran obra “L'Obsolescence de l'Homme”, es el de un nuevo sentimiento: la “vergüenza prometeica”. Entiende por esto la “vergüenza que se adueña del hombre delante de la humillante calidad de las cosas que él mismo ha construido”. Este sentimiento puede parecer loco. Se alimenta de la razón de nuestro culto a la eficiencia. Lo encontramos incluso en el maquillaje: los cosméticos ofrecen el preparado y el producto final masivo, este suplemento industrial que permite al rostro convertirse en una magnífica “cabeza góndola” (mediante esta locución, pretendo designar la hoy común mezcla entre Venecia y el hipermercado). La mujer puede hacer la competencia a las chicas de portada y otros envases atrayentes. ¡Qué bueno sería poder estar siempre en forma, ser reparado, eficaz y tranquilo como un portátil!. Sin estados de ánimo sobre todo. Puesto que lo aburrido, es tener un alma, con su farragosa angustia y metafísica. Sin embargo es difícil hacer ablación del alma, puesto que no es un órgano, y parece que incluso la cirugía estética no consigue más que afear. La maldición, en el fondo, está en que hemos nacido -inter faeces et urinam- y no hemos sido producidos según la inmaculada concepción de nuestros ingenieros. Recordamos ahora que Arendt caracterizó la esencia del totalitarismo por “el rechazo al nacimiento”: el individuo debe insertarse en un plan, un programa de felicidad que le precede y del que debe formar parte del engranaje, mientras que la novedad radical, el radical comienzo de su venida al mundo le son negados. Anders recoge esta noción pero para la sociedad liberal. No es ya fruto de una ideología. Se revela como una situación objetiva. ¡Felices los tiempos de las ideologías de las que nos podíamos defender violentamente!. Ahora estamos metidos en un proceso que no necesita de ninguna cabeza pensante para ser orquestado. El mercado es ahora autónomo. No nos encontramos ya ante la cosificación del hombre, sino ante la pseudo-personificación de las mercancías, las cuales se convierten en nuestros modelos, nuestra matriz.

El inconveniente de este punto de vista, es el de ser único. A menudo proclamamos la unicidad de la persona, pero realmente nos incomoda. Puesto que el summum, sería ser producido en serie. El fin de la nueva “Academia” no es, como la de Platón, elevarse solo hacia lo Único, sino descender multiplicado entre expositores y escaparates. La gloria está en ser un “dividuo”, disperso en su actividad, distribuido por las estanterías, transfigurado por la gran distribución.

YUXTAPUESTOS COMO FUSILADOS

Es necesario leer las extraordinarias páginas de “Monde comme fantôme et comme matrice”. Escritas en 1956, sus “consideraciones filosóficas sobre la radio y la televisión” son de mucha mayor frescura que nuestras actuales críticas. Nos metemos de lleno en el mundo audiovisual: Anders ha visto lo que había antes, y que se ha desmoronado. Este acercamiento al objeto en su origen nos hace comprender más profundamente su fin. La televisión, explica, ha substituido a la mesa familiar, no estamos más en círculo, reunidos en torno a una comida, sino yuxtapuestos como fusilados que el tubo catódico ametralla. Desde entonces, ya no hay más un interior ni exterior. Lo lejano se convierte en próximo, lo próximo, lejano: estamos en la no-distancia. Las peripecias de la familia de la comedia nos interesan más que nuestra propia familia. Los acontecimientos de todos lados llegan sin realmente llegar: la pantalla reduce todo a estado de figurita decorativa en el salón, entre la planta verde y el yorkshire. La violencia en la televisión no es nada en comparación con esta violencia de la televisión, incluso si lo que emite son escenas piadosas y sus programas de valor. Podemos pensar que estamos en la misa en nuestro sofá y ver el documental Shoah llorando sobre nuestras palomitas. ¿Es la realidad lo que se está aquí retransmitiendo?.

No, solo su fantasma, ni presente ni ausente, las reproducciones que presentan niegan, a diferencia de las imágenes del arte, su carácter de producción. Además la desinformación es en sí esencial a la información misma: el suceso retransmitido debe ser preparado para la audiencia, transformado en espectáculo, conforme a los estudios de mercado. Aunque nos traigan el mundo a domicilio, lo que nos ofrecen nos priva del mundo en su resistencia y su misterio. Nuestro fin es convertirnos en reproducciones de sus reproducciones. El bikini es el indicio: no está hecho para el cuerpo, sino el cuerpo para el. Es necesario para llevarlo puesto parecerse a B.B. (Brigitte Bardot) en “Y Dios creo a la mujer” o a Ursula Andress en “James Bond contra el Dr. No”. (o “El satánico Dr. No”)

CONSERVAR EL MUNDO

Pero nuestro pequeña prenda, nos servirá también de divertimento pascaliano. Esta “bomba anatómica” está aquí para hacernos olvidar la bomba atómica. Anders prolonga aquí los análisis de Heidegger: el ser-para-la-muerte se convierte hoy en día en ser para la destrucción de la especie. Su libro, “La menace Nucléaire”, no es un inventario de los peligros que acechan a nuestro futuro: toma la medida trágica de lo que se ha realizado. La categoría de lo posible, lo sabemos desde Kierkegaard, es la categoría más pesada: el hombre está volcado sobre su futuro, de forma que sus virtualidades ya están presentes en sus proyectos y llevan la marca de esperanza o de desesperación. El futuro de nuestros días, es la probabilidad de una “muerte sin oración fúnebre”: la atomización universal, y nadie para llorarnos. ¿Tendrá lugar? No importa: “la posibilidad de nuestra destrucción es, incluso si no tiene finalmente lugar, la destrucción definitiva de nuestras posibilidades”.

Ya no construimos, como en la década de los 50, refugios anti-atómicos en nuestro jardín, pero nuestra indiferencia nos salva del ridículo para meternos en la estupidez. El aparente coraje que mostramos no es más que un miedo a lo peor. En realidad, hemos interiorizado la amenaza que huimos a la superficie de nosotros mismos. Puesto que la amenaza tiene el efecto de una imagen no subliminal sino "sup(er)liminal": no la vemos porque es demasiado grande, y está presente a pesar nuestra. El nihilismo ya no es una opción extraña, está en el aire que respiramos: no dejamos de fabricar otros mundos virtuales en el desprecio definitivo de este mundo, puesto que ha defraudado el mito del progreso continuo. Los hombres nos parecen como “seres intermedios en un intermedio”. Ya no creemos más en la posteridad, y es el secreto del individualismo, de la crisis de la política, de la pérdida de la utopía como de la tradición. El arte mismo está invadido. En la paciente labor de la obra cien veces retomada, el jefe de obra se encuentra atascado para superar los siglos, para qué, si ya no quedan siglos... En su lugar nos apresuramos hacia lo fácil y lo provocador, en la urgencia de un éxito rápido.

El drama, en todo esto, es la banalidad del mal cometido. Ya no hay necesidad de ser malvado para participar de lo peor: la división del trabajo nos convierte en unos irresponsables. Anders todavía piensa aquí en paralelo a su primera esposa: el tiempo de Eichmann no es ya el de Ricardo III, “decidido a ser un villano”. Basta tener la determinación de ser un funcionario sin imaginación. El pobre diablo que compra menos caro impone una bajada de costes y se convierte en cómplice de la explotación. La electricidad que consumo para escribir estas páginas colabora en la empresa nuclear. La guerra total será desencadenará incluso sin odio, debido a la concienzuda lectura de un detector de misiles transmitido por diversos subordinados. Máquinas y mercancías son los dioses de nuestra tragedia: proclaman el oráculo fatal y deciden más allá de nuestras cabezas la destrucción de nuestra Troya.

“Hemos llegado a tal punto, dice nuestro pensador aun próximo a Marx, que quisiera declararme un "conservador" en materia ontológica, puesto que lo que importa hoy, por primera vez, es conservar el mundo tal y como es”. Por primera vez, no se rata de oponer una visión del mundo a otra, sino de luchar porque siga existiendo un mundo. De gritar hacia lo alto, esperando contra toda esperanza, e inculcar al prójimo el coraje de tener miedo.

El bikini, con todo lo que exhibe, disimula el pavor que sería necesario tener en nuestras playas de veraneo. Es bajo el mismo sol que explotó Little boy. Bajo este sol que podemos conmemorar esta fecha tan monstruosa, según Anders, del 8 de agosto de 1945: las víctimas de Hiroshima salían todavía entre escombros, los habitantes de Nagasaki paseaban sin estar muy seguros, y los que ya habían lanzado su bomba sobre los primeros y se disponían, sobre los segundos, a renovar la experiencia, estaban firmando, en Nuremberg, el documento que codifica la noción de “crimen contra la humanidad”.

El artículo original puede leerse picando aquí.



miércoles, 13 de mayo de 2009

¿Qué significa pensar?

…el aprender no se puede lograr a fuerza de regaños. Y sin embargo, en ocasiones uno tiene que alzar la voz mientras está enseñando. Hasta tiene que gritar y gritar, aun donde se trata de hacer aprender un asunto tan silencioso como es el pensar. Nietzsche que era uno de los hombres más silencioso y retraídos, sabía de esta necesidad. Sufrió el tormento de tener que gritar. En un década en que la opinión pública no sabía todavía nada de guerras mundiales, en que la fe en el “progreso” casi se estaba haciendo la religión de los pueblos y estado civilizados, Nietzsche lanzó el grito: “El desierto está creciendo...”

...Como si pudiese haber una exposición que no deba ser necesariamente, y hasta en los últimos resquicios, una interpretación. Como si pudiese haber interpretación alguna que se salva de ser una toma de posición, cuando no, por su punto de partida, ya un tácito rechazo y refutación. Pero nunca será posible superar a un pensador refutándolo y amontonando en torno a él una literatura refutatoria. Lo pensado por un pensador solamente puede superarse reduciendo lo impensado de su pensamiento a una verdad esencial.

Nietzsche es el primero que se plantea la pregunta: ¿el hombre en cuanto hombre con su esencia tal como ésta ha sido hasta el presente, está preparado para la asunción del poder? Y de no ser así, ¿qué deberá producirse en el hombre tal como ha sido hasta el presente, para que pueda “someter” a la tierra, dando cumplimiento de esta manera a una palabra del Antiguo Testamento? Dentro del horizonte de su pensamiento, Nietzsche llama a este hombre tal como ha sido hasta el momento, “el ultimo hombre”. El último hombre es aquel que ya no es capaz de ver más allá de sí mismo y de ascender antes que nada por encima de sí mismo hasta el ámbito de su misión, para hacerse cargo de la misma, conforme a su esencia.

El hombre tal como es hasta el presente es el último hombre, en el sentido de que no es capaz, y esto equivale a decir que no quiere someterse a sí mismo y despreciar lo despreciable de su manera de ser hasta ahora.

Nietzsche caracteriza al último hombre como el que ha sido hasta ahora, el que, por así decirlo, consolida en sí mismo la esencia del hombre tal cual existe hasta el presente. Por esto es precisamente el último hombre quien se mantiene más alejado de la posibilidad de pasar más allá de sí mismo. Debido a la manera de ser del último hombre, la razón, el representar tienen en consecuencia que perecer de un modo peculiar, y por así decirlo, obstruirse en sí mismo.

… El hombre actual no está preparado para la formación y asunción de un gobierno de la tierra; porque el hombre actual no solamente aquí y allá, sino en toda su manera de ser, está cojeando rezagado de un modo extraño detrás de lo que hace mucho que es. Pero lo que propiamente es el ser que predetermina todo ente, no se deja nunca circunscribir registrando hechos, ni invocando circunstancias especiales. La sana razón, tantas veces y tan solícitamente “citada” con ocasión de semejantes tentativas, no es tan sana ni tan natural como suele aparentar. Sobre todo, no es tan absoluta como se presenta, sino que es el producto superficial de aquella manera de representar que caracterizaba finalmente la época de las luces en el siglo XVIII. La sana razón queda amoldada a una determinada concepción de lo que es, debe ser y se permite que sea.

A éste [al superhombre] empero, no le encontraremos jamás mientras vayamos a buscarle en los lugares de la opinión publica teleguiada y en las ferias del comercio cultural, donde es siempre y sólo el último hombre quien maneja el mecanismo. El superhombre no aparece nunca en los ruidosos desfiles de supuestos poderosos, ni en los encuentros convenientemente arreglados de los estadistas. La aparición del superhombre queda también inaccesible para los telerregistradores y los cables de los corresponsales que suministran, es decir, pre-sentan los acontecimientos a la opinión pública, aun antes de haber acontecido. Estas formas del re-presentar con arreglos y mise-en-scène, falsifican lo que propiamente es. Tal falsificación no ocurre al margen, sino obedeciendo el principio de una manera de ver las cosas uniformemente imperante. Esta clase de representación falsificadora tiene siempre de su lado la sana razón. Es el ya famoso “hombre de la calle” quien se hace presente hoy día en todos los sectores, también el del comercio literario.


Estas son algunas reflexiones que Martin Heidegger dejó en su ¿Qué significa pensar?

viernes, 1 de mayo de 2009

La fuerza del pensamiento


En un pasaje de su profunda, compleja y voluminosa obra sobre Nietzsche(1), Martín Heidegger hace la siguiente observación (mi traducción):

“¿Cómo puede un pensamiento (una idea) poseer fuerza determinativa? “¡Ideas!” ¿Cómo cosas tan volátiles van a ser centro de gravedad? Por el contrario, ¿no es acaso determinante para el hombre justamente lo que se agolpa a su alrededor, sus circunstancias -por ejemplo, su alimento? Recordad la famosa sentencia de Feuerbach: “El hombre es lo que come”. ¿Y, junto con el alimento, la localidad? Recordad las enseñanzas de los sociólogos clásicos ingleses y franceses respecto al milieu- que significa tanto la atmósfera general como el orden social. ¡Pero los “pensamientos” no, ni con la mejor voluntad!
A todo ésto Nietzsche respondería que es precisamente una cuestión de ideas, puesto que éstas determinan al hombre aún más que aquellas otras cosas; ellas solas le determinan con respecto a esos mismos alimentos, con respecto a su localidad, a su atmósfera y su orden social. En el “pensamiento” se hace la decisión respecto a si los hombre y las mujeres adoptarán y mantendrán precisamente estas circunstancias o si elegirán otras; si aún interpretarán las circunstancias escogidas de este modo o de este otro; si bajo este o aquel conjunto de condiciones pueden o no hacerse cargo de tales circunstancias. El hecho de que tales decisiones con frecuencia se desplomen en la irreflexión (carencia de pensamiento) no testimonia
contra el dominio del pensamiento, sino a favor suyo. Tomado por sí mismo, el milieu no explica nada; no hay milieu en sí mismo. En este sentido Nietzsche escribe (en La Voluntad de Poder, 70; de los años 1885-86): “Contra la doctrina de la influencia del milieu y de las causas extrínsecas: la fuerza interior es infinitamente superior”.
La más
intrínseca de las “fuerzas interiores” son las ideas.” (ps. 22-23)

O, dicho de una manera aún más clara: la más interna de las fuerzas internas es el pensamiento, la idea. Naturalmente, no se trata aquí de “mis pensamientos” o “tus pensamientos”, “mis ideas” o “tus ideas”, sino de LA IDEA que se abre camino, aún a través de la pobreza o incluso ausencia de pensamientos- se abre camino no sólo en el ser humano, en la realidad colectiva, sino en el mundo mismo. Es a esta idea a lo que W. Giegerich llama “la vida lógica del alma”.

Sin embargo puede advertirse que, en la carencia de ideas (no de ideas como “ideales”, o en tanto que “visiones” o mejor aún, “imágenes”, sino en tanto que pensamiento que se hace consciente de sí) que invade el ámbito de la psicología actual, por no decir otras ocupaciones “simbólicas” como la astrología -que además se nutre de la psicología, tal como se aprecia fácilmente en la obra de Bruno Huber, Liz Greene, Howard Sasportas, Jeff Green, Richard Tarnas y tantos otros- hay en acción, no obstante, una “idea”, un “pensamiento”, que es justamente el motor (la fuerza intrínseca) de esa ausencia de pensamiento. Es precisamente ese pensamiento el que requiere ser pensado y el que, por el momento, opera aún sin ser reconocido.

Cuando se visita una página de psicología y se encuentra un refrito de ideología revestida bajo la jerga de “hemisferio cerebral izquierdo/hemisferio derecho”, o citas de un autor de best-sellers como Patrick Harpur presentadas como muestras de “sabiduría psicológica” o, peor aún, filosófica, mezcladas con artículos que reflexionan (es un decir) sobre la “violencia de género” atribuída a una supuesta “psique masculina”, análisis reductivos de la obra de un artista interpretada a través de la presunta “psicología” del creador, “elaboraciones” de “cuentos infantiles” que no son más que doctrinas moralistas disfrazadas (por ejemplo acerca de la “maduración” psicológica o sexual),  puede testimoniarse que el ámbito de la psicología está tan invadido por la pobreza (o ausencia) de pensamiento como las páginas de un periódico o los capítulos de un culebrón. 

¿Qué idea promueve esta “carencia de pensamiento”? ¿Qué se manifiesta precisamente en ese vacío de profundidad, vacío de concentración, vacío de atención?  Esta, y no otra, es la pregunta realmente psico-lógica que reclama reflexión.

(1) M. Heidegger, Nietzsche, translated by David Farrell Krell, ed. Haper Collins, 1991

sábado, 25 de abril de 2009

Miseria de la psicología: banalidad y desvergüenza



Wolfgang Giegerich, acertadamente, escribió:

“Así como los periodistas de la prensa amarilla exponen detalles de las vidas privadas de los famosos, así los psicólogos sacan "primeros planos" para desmenuzar y volver accesible directamente el significado de los cuentos de hadas o de los casos que discuten… Hoy tenemos una rama de la psicología que es sólo sobria, realista, "científica", chata; y tenemos mucha psicología que es (no realmente "inspirada" sino) inflada, emocional, llena de sentimentalismo y mistificaciones (pero no menos chata). Ambas son igualmente desvergonzadas. No importa si se somete un desvalido cuento de hadas inocente tras otro a interpretaciones triviales en términos de psicología personalista o se los explota para dar un aura elevada a historias más bien vulgares…
El descaro literal con el que hoy se espía y divulga la vida privada de la realeza y otras figuras públicas por parte del periodismo indiscreto e invasor, con el cual los individuos exponen en la televisión voluntariamente o por dinero los detalles de sus sentimientos y experiencias más íntimas, y se muestra la desnudez dentro y en las portadas de las revistas y el sexo en las películas, y el descaro literal manifiesto en la institución llamada 'reality show' - tal descaro literal puede interpretarse probablemente como el reflejo objetivo del descaro lógico de nuestra actitud psicológica general”

Giegerich también ha intentado mostrar la lógica por la cual las dos  psicologías (la “científica” y la personalista, inflada y sentimental), a pesar de parecer opuestas aunque igualmente planas, en verdad se corresponden y se reclaman, al fundarse ambas sobre la escisión: realidad interior/realidad exterior, escisión que ambas dan por supuesta y que ninguna de las dos tematiza.


jueves, 23 de abril de 2009

Crítica de Giegerich al proyecto psicológico de C. G. Jung


Clase dada por E. Eskenazi el miércoles 22 de abril 2009 en la Librería Sto. Domingo, en Barcelona

Para escuchar la clase, picar aquí

En esta clase se lee y se comenta parte del artículo de W. Giegerich titulado “El fin del significado y el nacimiento del hombre. Un ensayo sobre el estadio alcanzado en la historia de la consciencia, y un análisis del proyecto psicológico de C. G. Jung”.

viernes, 17 de abril de 2009

Rorty: Nietzsche y la verdad


tomado de
RICHARD RORTY: Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona, Paidós, 1991.

Fue Nietzsche el primero en sugerir explícitamente la exclusión de la idea de “conocer la verdad”. Su definición de la verdad como “un ejercito móvil de metáforas” equivalía a la afirmación de que había que abandonar la idea de “representar la realidad” por medio del lenguaje y, con ello, la idea de descubrir un contexto único para todas las vidas humanas. Su perspectivismo equivalía a la afirmación de que el universo no tiene un registro de cargas que pueda ser conocido, ninguna extensión determinada. El tenía la esperanza de que cuando hubiésemos caído en la cuenta de que el “mundo verdadero” de Platón era sólo una fábula, buscaríamos consuelo, en el momento de morir, no en el haber trascendido la condición animal, sino en el ser esa especie peculiar de animal mortal que, al describirse a sí mismo en sus propios términos, se había creado a sí misma. Más exactamente, se había creado la única parte de sí que importaba, construyendo su propia mente. Crear la mente de uno es crear el lenguaje de uno, antes de dejar que la extensión de la mente de uno sea ocupada por el lenguaje que otros seres humanos nos han legado.(1)



Pero al abandonar la noción tradicional de verdad Nietzsche no abandonó la idea de que un individuo podía hacer remontar a su origen las ciegas marcas que llevan nuestras acciones. Sólo rechazó la idea de que ese remontar fuera un proceso de descubrimiento. De acuerdo con su concepción, al alcanzar esa suerte de conocimiento de sí no llegamos a conocer una verdad que está ahí afuera (o aquí adentro) desde siempre. Concebía, más bien, el conocimiento de sí como una creación de sí. El proceso de llegar a conocerse a sí mismo, enfrentándose a la propia contingencia haciendo remontar a su origen las causas, se identifica con el proceso de inventar un nuevo lenguaje, esto es, idear algunas metáforas nuevas. Porque toda descripción literal de la identidad de uno -esto es, todo empleo de un juego heredado de lenguaje con ese propósito- necesariamente fracasará. No se habrá hecho remontar esa idiosincrasia a su origen, sino que meramente se la habrá llagado a concebir como algo al fin y al cabo no idiosincrático, como un espécimen en el que se reitera un tipo, una copia o una réplica de algo que ya ha sido identificado. Fracasar, como poeta- y, por tanto, para Nietzsche, fracasar como ser humano- es aceptar la descripción que otro ha hecho de sí mismo, ejecutar un programa previamente preparado, escribir, en el mejor de los caso, elegantes variaciones de poemas ya escritos. De tal modo, la única manera de hacer remontar a su origen las causas del propio ser sería la de narrar un historia acerca de las causas de uno mismo en un nuevo lenguaje.



Esto puede sonar paradójico, porque pensamos las causas como algo que se descubre y no que se inventa. Concebimos la narración de una historia causal como el paradigma del uso literal del lenguaje. La metáfora, la originalidad lingüística, parece fuera de lugar cuando uno pasa del simple gusto por esa originalidad a la explicación de por qué ocurren esas originalidades y no otras. Pero debe recordarse la afirmación formulada en el capítulo precedente según la cual aún en las ciencias naturales ocasionalmente llegamos a historias causales genuinamente nuevas, historias del tipo de las producidas por lo que Kuhn llama “ciencia revolucionaria”. Aún en esas ciencias las redescripciones metafóricas son el indicio del genio y de los saltos revolucionarios hacia delante. Si fortalecemos esa observación kuhniana pensando, con Davidson, que la distinción entre lo literal y lo metafórico es la distinción entre el viejo lenguaje y el nuevo lenguaje, en lugar de contemplarla como palabras que captan el mundo y palabras que no llegan a hacerlo, la paradoja desaparece. Si con Davidson, descartamos la noción del lenguaje como algo que se adecua al mundo, podemos ver la pertinencia de la tesis de Bloom y de Nietzsche de que el hacedor vigoroso, la persona que emplea las palabras en la forma en que antes nunca han sido empleadas, es la más capacitada para apreciar su propia contingencia. Porque ella puede ver, con más claridad que el historiador, el crítico o el filósofo que buscan la continuidad, que su lenguaje es tan contingente como la época histórica de sus padres o la suya propias. Puede apreciar la fuerza de la afirmación de que “la verdad es un ejército móvil de metáforas” porque debido a su propia amplitud ha pasado de un perspectiva, de una metáfora, a otra.

[...]



Dicho de otro modo: la tradición filosófica occidental concibe la vida humana como un triunfo en la medida en que trasmuta el mundo del tiempo de la apariencia y de la opinión individual en otro mundo: el mundo de la verdad perdurable. Nietzsche, en cambio, cree que el límite que es importante atravesar no es el que separa el tiempo de lo intemporal, sino el que divide lo viejo de lo nuevo. Piensa que la vida humana triunfa en la medida en que escapa de las descripciones de la contingencia de la existencia heredadas y halla nuevas descripciones. Es ésa la diferencia que separa la voluntad de verdad de la voluntad de autosuperación. Es la diferencia entre concebir la redención como el contacto con algo más amplio y más duradero que uno, y la redención como Nietzsche la describe: “Recrear todo “fue” para convertirlo en un “así lo quise”.”

(2)

Richard Rorty, págs. 47-49

 




(1) Nota del autor: Mi interpretación de Nietzsche debe mucho a la original y penetrante obra de Alexander Nehamas.
Nietzsche: Life and Literature, Cambridge, Massachusets, Harvard University Press, 1985.

(2) Nota de E. Eskenazi: En este sentido puede ser interesante considerar la doctrina del eterno retorno en su versión “popularizada≠ en la película que puede verse picando aquí.

domingo, 12 de abril de 2009

G. Vattimo: Introducción a Heidegger


Acabo de incluir en la web del Centro una amplia sección de la Introducción a Heidegger, de Gianni Vattimo: la dedicada a Ser y Tiempo.

Indudablemente Ser y Tiempo de Martin Heidegger es una de las obras claves que determinan el curso de toda la filosofía del siglo XX así como sus decursos ulteriores, y ha impulsado decisivamente lo que se ha llamado “el fin de la metafísica” y, con ello, el advenimiento del “post modernismo” (aunque seguramente a Heidegger, y con razón, le disgustaría este encasillamiento).

El impacto de Heidegger ha sido (y sigue siendo) enorme en áreas tan diversas como la crítica cultural, la psicología, la comprensión de la ciencia y la tecnología, el estudio del lenguaje, el estudio de la historia, entre muchas otras más. El artículo de Vattimo tene la ventaja de exponer en términos más bien accesibles las ideas fundamentales contenidas en Ser y Tiempo: la ex-istencia como posibilidad y proyecto, el Dasein y su constitución existencial, el ser-en-el-mundo, la mundanidad del mundo, el estar-a-la-mano, el ser como presencia y la historicidad del ser, temporalidad y anticipación, etc. 

Estas ideas son imprescindibles para comprender no sólo el pensamiento del siglo XX, sino incluso para acercarse a una crítica a la psicología como “ciencia del fenómeno psíquico” -una crítica que llega a su mejor expresión en la psicología de Giegerich-- Y esto como parte de una crítica a todo conocimiento "instrumentalizador" (dentro del cual se incluye lo que hoy pasa mayormente como psicología, comprendida también la “psicología profunda”, la “psicología analítica” e incluso la “psicología imaginal”, por no hablar ya de variantes positivistas como la neuro-psicología, ni de diversas “terapias” y procedimientos basados en la manipulación, como las Constelaciones Familiares y demás). Ciertamente una psicología que da por supuesto lo que sea el alma, lo que sea el hombre y lo que sea “la realidad” , y que no está dispuesta a revisar sus presupuestos, no es más que otro lenguaje al servicio del control y de la manipulación (aún cuando sea con las mejores intenciones), es decir, de la ideología.


viernes, 10 de abril de 2009

Solidaridad con Horacio Potel


Horacio Potel, en un loable esfuerzo de difusión cultural, ha creado y mantenido en la web durante años tres páginas fundamentales e imprescindibles pare los lectores de filosofía en castellano: la página Heidegger en Castellano (respecto a la cual, desde hace tiempo he colgado un cartel de gratitud en la web del Centro), la página Nietzsche en castellano (íbid) y la página "Derrida en castellano".

Como puede constatarse picando los enlaces a las páginas sobre Heidegger y Derrida, recientemente la Cámara Argentina del Libro ha iniciado una acción judicial, por lo que han sido desactivados esos magníficos aportes a los internautas de habla castellana

Desde aquí quiero manifestar mi enorme gratitud y solidaridad con Potel, y advertir que en la página de Potel en Facebook centenares de usuarios de todo el mundo han expresado su indignación por la "censura"; también quiero animar a los lectores a que se sumen a esa protesta

jueves, 9 de abril de 2009

Vattimo: La crisis de la subjetividad


Acabo de publicar en la web del Centro un ensayo de Gianni Vattimo titulado “La crisis de la subjetividad en Nietzsche y en Heidegger”, incluido en su obra “Ética de la interpretación”.

Vattimo es uno de los pensadores fundamentales de la llamada “postmodernidad”, etapa que él mismo caracterizaría como la liberadora “disolución de los fundamentos”, tiempo de la hermenéutica entendida como “principio mismo de la pluralidad de las interpretaciones y del respeto a la libertad de elección de cada uno”, y como “pensamiento que busca una reconstrucción de la racionalidad después de la muerte de Dios, contra toda... desesperación de quien sigue cultivando el luto porque 'ya no hay religión'” (Vattimo: Nihilismo y Emancipación)

El pensamiento de Vattimo, que por una parte se considera continuador de Nietzsche, de Heidegger y de Gadamer, y por la otra profundamente cristiano “a pesar de la Iglesia”, representa un desafío para quienes aún postulan osadamente principios “absolutos” y ahistóricos, o trans-históricos, así como paras quienes creen que en un tiempo marcado por el relativismo la fe carece de sentido, puesto que entonces , aparentemente, “todo vale”. Vattimo es un ejemplo de que no es necesariamente así.

El artículo tiene también interés para quienes intentan profundizar su comprensión de una visión psico-lógica como la de Wolfgang Giegerich -quien, hay que añadir inmediatamente, no es justamente un seguidor de Vattimo, pero acepta sin ambages proceder dentro del clima cultural que tan bien representa Vattimo (entre otros filósofos “postmodernos”) y que, en cierto sentido, puede considerarse nuestro “destino histórico”

Naturalmente, Vattimo -al igual que Giegerich- resulta urticante para quienes "ya tienen todas las respuestas" como para quienes defienden cualquier tipo de fundamentalismo (incluído el fundamentalismo de su propia "intuición" o "auto-revelación", así como el que implícitamente acompaña a todo dogma ideológico, a todo "ismo" o "escuela de pensamiento" constituida y estructurada)


sábado, 4 de abril de 2009

Wolfgang Giegerich y el fin del significado

En el siguiente enlace puede escucharse el comienzo la clase dada por E. Eskenazi el 1 de abril de 2009, en la cual se traduce y comenta la sección “Crítica del sentimiento de pérdida y de carencia (de significado)” del artículo de Wolfgang Giegerich: “El fin del significado y el nacimiento del hombre”

lunes, 30 de marzo de 2009

Zizek: La tolerancia represiva del multiculturalismo


Acabo de publicar el artículo de Slavoj Zizek, incluido en en su libro “Defensa de la intolerancia”, Ed. sequitur, Madrid 2008. Traducción de J. Eraso Ceballos & A. J.Antón Fernández, que puede consultarse picando aquí, o también picando aquí.

Las reflexiones de Zizek trascienden el ámbito meramente social y/o político, y dan pie a plantearse un cuestionamiento de ciertos “valores” de la psicología profunda, la psicología imaginal e incluso la crítica cultural al “eurocentrismo”, con afirmaciones tan osadas y sugerentes como cuando escribe:

“E
l multiculturalismo es una forma inconfesada, invertida, auto-referencial de racismo, un "racismo que mantiene las distancias": "respeta" la identidad del Otro, lo concibe como una comunidad "auténtica" y cerrada en sí misma respecto de la cuál él, el multiculturalista, mantiene una distancia asentada sobre el privilegio de su posición universal. El multiculturalismo es un racismo que ha vaciado su propia posición de todo contenido positivo (el multicuIturalista no es directamente racista, por cuanto no contrapone al Otro los valores particulares de su cultura), pero, no obstante, mantiene su posición en cuanto privilegiado punto hueco de universalidad desde el que se puede apreciar (o despreciar) las otras culturas. El respeto multicultural por la especificidad del Otro no es sino la afirmación de la propia superioridad… El fundamento cultural o las raíces sobre los que se asienta la posición universal multiculturalista no son su "verdad", una verdad oculta bajo la máscara de la universalidad ("el universalismo multicultural es en realidad eurocéntrico..."), sino más bien lo contrario: la idea de unas supuestas raíces particulares no es sino una pantalla fantasmática que esconde el hecho de que el sujeto ya está completamente "desenraizado", que su verdadera posición es el vacío de la universalidad.”

Para este último punto, es conveniente remitirse a las agudas observaciones de W. Giegerich acerca del intento psicológico de “liberarse” del “eurocentrismo” o del “etnocentrismo”, en su artículo sobre la verdad.

El vacío de la universalidad apuntado por Zizek hace también referencia al “magnum opus del alma hoy” que ya “no es la individuación, sino la globalización. Y globalización significa la eliminación de la identidad personal como algo de propio derecho y el sometimiento lógico de todo lo individual a la única gran meta abstracta del máximo beneficio: la ganancia debe aumentar, pero yo debo decrecer” (tal como lúcidamente lo ha expuesto Wolfgang Giegerich en su artículo acerca de la falacia de la oposición "individual vs. colectivo")


jueves, 19 de marzo de 2009

Psicología y verdad (5): verdad absoluta y realidad virtual


Cuando Lessing, en su Eine Duplik (1778) afirmó que, si se le ofrecía la elección entre poseer toda la verdad o estar infundido con una aspiración infinita a la verdad, aunque fundamentalmente propensa al error, escogería esta última, sin duda rechazó una opción fija y cerrada a favor de una abierta. Sin embargo ambas opciones de su alternativa ya están del lado positivo de la alternativa real entre positividad o negatividad del concepto de verdad. La interminable búsqueda de la verdad es tan positiva como la idea de poseer la verdad sobre la vida. Al presentarnos la idea de esta elección, Lessing nos hace creer que su segunda opción es una verdadera apertura, una ruptura real de la esfera vallada (el dogmatismo de la iglesia, en su tiempo) si bien, al no ser más que la negación simple del dogmatismo, es la instalación final de la existencia psicológica en el reino vallado. Más que abrir realmente el camino hacia lo salvaje, cierra la mente a la idea misma de entrar en lo salvaje, precisamente porque, con su sustituto positivista y nihilista de una ruptura de la valla, da la impresión ilusoria de ofrecer una verdadera apertura. Sin embargo, no es correcto decir que da la impresión de ofrecer una verdadera apertura. La impresión que da no es más que la de ofrecer la idea de trabajar con vistas a una apertura que, por definición, no puede nunca realizarse.

La respuesta de Giegerich al rechazo al por mayor de la verdad en la psicología arquetipal es postular que nadie está libre de tener que dar su respuesta a la cuestión de la verdad de las ideas e imágenes del alma. No basta con tener, abrigar y trabajar con ideas e imágenes. La cuestión de la verdad no es académica. no tiene nada que ver con dogmas y doctrinas (que son defensas contra la verdad, instituciones que pretender volver innecesario el avance hacia lo salvaje); no tiene nada que ver con la llamada “verdad” de las proposiciones. Debe descartarse toda la idea de “la verdad de” los contenidos de conciencia. La verdad en nuestro contexto no es nada positivo, ni siquiera algo como las llamadas “verdades eternas” (que de hecho son las antiguas verdades congeladas de estadios previos del mundo). La verdad es negativamente una forma de ser-en-el-mundo, un estado de la existencia. No es nada que tenga que ser “aceptado” o sobre lo que pueda “dudarse”. Al sentir que tenemos que aceptar (estar de acuerdo) o que podemos dudar, obviamente estamos dentro del espacio vallado de la esfera domesticada, y seguimos preocupados todavía con “contenidos” positivos.

Ni siquiera la Diosa desnuda en nuestro mito es ella misma la imagen de la verdad. Esto sería demasiado positivo. En su lugar, la verdad es el acontecimiento de ver a Artemisa sin velos en lo salvaje; es la unidad de sí misma y mi exponerme a ella, es el encuentro entre yo y la Verdad misma. En otras palaabras, la Verdad no es sólo ella misma. Su “estructura” lógica es más compleja. La verdad no existe “ahí afuera” como un objeto a ser descubierto, ni está “subjetivamente” “en mí”, ni es la relación formal (adecuación) entre mi pensamiento y la realidad objetiva; la Verdad existe sólo dentro de mi entrar en lo salvaje, en el reino de la pre-existencia y de los comienzos primordiales, o dentro de mi encarar incondicionalmente “la totalidad ”

¡La verdad tiene que ser generada y re-afirmada siempre de nuevo! No yace en algún lugar por ahí, a fin de ser encontrada por alguien que tropiece con ella. Es esencialmente psicológica. Propiamente entendida, no es sino el punto indispensable en el cual somos llamados a avanzar adelante, donde tenemos que hacer nuestro compromiso (real, es decir, lógico), y el único punto donde el alma quiere y puede volverse real. La verdad es crucial.
“El mundo del espíritu no está cerrado;
Tu mente está cerrada, tu corazón está muerto!
Arriba, adepto, baña sin reservas
tu pecho terrenal en el rojo del amanecer”
(Goethe, Faust I)
Es precisamente lo finito y lo terrenal lo que tiene que sumergirse implacablemente en la infinidad de la celestial aurora consurgens. Esta es la impertinencia, el escándalo que implica el proyecto psicológico (opus) de una conjunción de los opuestos. Cualquiera con una pizca de sentido común diría que esto es una locura.

El compromiso del que se habla aquí no debiera confundirse con el tipo de compromiso o decisión que exigían los existencialistas. Es un compromiso lógico y no un acto (o actitud) “psicológico”, empírico, emocional. Hablando alquímicamente podría decirse que es un compromiso “in Mercurio” o, con Jung, “ en la lejana región de la psique” (psyche's hinterland). Por eso mismo no es cuestión de voluntad. Es cuestión de verdad, de conocimiento de la verdad, y de dejarse definir por ella como el propio telos -en el sentido en que muestra Onians, en su The Origins of European Thought: un círculo, una banda, colocada sobre la persona, como la corona del rey, la banda en la cabeza del esclavo, la guirnalda del triunfador o del poeta, que le vincula a su estatus con Necesidad.

Esquivar la cuestión de la verdad es una defensa, un intento de permanecer a distancia del alma, de quedarse fuera de lo implacablemente salvaje, y de limitarse en cambio a un mero imaginar cosas y contemplar todo el alcance del pandemonio politeísta de imágenes. Ciertamente este tipo de contemplación puede evaluarse como una especie de atisbar y espiar el reino de la “pre-existencia”, pero sólo desde el lado seguro del país del ego. Entonces la psicología se une a la corriente dominante de nuestra civilización que se encamina al ciberespacio y al mundo de multimedia. Pero probablemente el alma no nos dejará huir de esa manera. Si no estamos dispuestos a pagar todo el precio que nos exige respondiendo por la verdad de nuestro imaginar, elevándolo así al nivel del conocimiento y de la Noción, la realidad nos exigirá poderosamente un precio mucho más caro. Nos enseñará -y ya está enseñándonos- cuál es el precio por elminar la cuestión de la verdad.

Nietzsche nos recomendó “vivir peligrosamente” y “tener caos en nosotros mismos”. Pero al ser él mismo uno de os grandes destructores de la noción de verdad, no pudo ver ni decir que precisamente lo que exigía gira al rededor de nuestro pleno compromiso con la verdad. Aquí es donde están el peligro real y el verdadero “caos” (lo salvaje, lo agreste).
Si uno no se ha encontrado con la verdad, esto significa que uno aún no ha ingresado en lo salvaje. No significa que uno estaba allí y simplemente no ocurrió que la verdad se mostrara. El primer astronauta soviético que fue al espacio contó al volver a la Tierra que no pudo descubrir un signo de Dios ahí arriba. Creyó que había estado donde Dios, si existiera, sería visible; en el cielo. Pero a pesar de haber entrado en el espacio exterior, aún estaba sobre esta Tierra, en la realidad positiva. Ninguna nave espacial puede llevarlo a uno al cielo, al reino de la pre-existencia, a lo salvaje, a lo agreste. Y es así porque la nave espacial lo transporta a uno positivamente, mientras que Dios tiene que ser experimentado negativamente. La entrada en lo salvaje debe en sí misma ser un ingreso cancelado y superado (sublated), un ingreso absoluto-negativo. Dios no puede ser percibido ni imaginado. Incluso las visiones genuinas de Dios no son un ver o un imaginar positivo. Son negaciones de tal ver (percepción superada).

Jung sintió el problema. Por ello advirtió contra una reacción puramente estética a las imágenes. Pero su error fue que, en respuesta a este problema, exigió una reacción ética a las imágenes. Esta solución tenía que fallar. Es un error categorial, confundir la dimensión de la vida y la conducta humana (donde la ética tiene su lugar legítimo) con la dimensión de lo “pre-existente”, la vida lógica del alma, que exige una respuesta (psico-)lógica y “metafísica” a la cuestión de la verdad. La “ética de la imagen”, si es que esta frase tiene algún sentido, consistiría en un único imperativo legítimo: “proporcionar a la imagen (y al alma en general) tu respuesta convincente a la cuestión de su verdad” (no nuestra “ética”). El profundo temor de Jung de aparecer como “metafísico” y su deseo de ser reconocido como empirista impidieron que se diera cuenta de que su opción por la ética, cuando tendría que haber enfrentado la cuestión de la verdad, era “poco ético” desde el punto de vista del alma, violando su propia idea de que la imagen tiene todo lo que necesita en sí misma. La respuesta ética de Jung a las imágenes apunta a una aplicación externa del “mensaje”de la imagen (tal como el ego lo entiende) a la conducta, privando así a la imagen misma de su autosuficiencia, que incluye también su intrínseca motivación.

La verdad es el punto donde somos llamados a dar un paso adelante y alistarnos -por la profundidad de cada situación real particular en la que ocurra que nos hallamos, por el alma, por la imagen en la que se manifiesta el alma. Cada situación real, cada sueño, cada imagen, viene con la invitación a que le digamos “¡Esto es!”, “hic Rhodus, hic salta”. “¡Esto es!” implica una doble presencia; 1. “Estoy aquí”, reportándome para el servicio, por así decirlo, e poniéndome incondicionalmente en juego. 2. Esta situación en la que estoy tiene, a pesar de cómo sea, todo lo que necesita (y así también el potencial de su realización) dentro de sí misma. Aquí y ahora, en esta vida mía, en este mundo, ha de estar el sitio de último cumplimiento. Este presente real mío es mi único camino real de entrada a mi paraíso y mi infierno. No hay alternativas, no hay salida. Es esta la actitud que abre lo salvaje para mí y me abre a mí hacia “el hombre total” y para el encuentro con la Verdad como esencia interior de lo salvaje.

En la psicología de Jung hay un sitio donde se expresa la idea de tener que avanzar y entrar activamente en una imagen. Este sitio es la Imaginación Activa. Con su Imaginación Activa Jung nuevamente mantuvo vivo el conocimiento sobre una importante necesidad del alma, aún cuando otra vez lo traicionó por el modo en que lo construyó. La manera de entrar en una imagen en la Imaginación Activa es empírica, es una técnica psicológica. La necesidad de entrar es por tanto actuada compulsivamente (acted out) mediante un comportamiento literal (literal aun cuando sea comportamiento en el reino de la imaginación). No es “recordado” (er-innert, re-acordado en el fundamento nativo del alma y en este sentido “interiorizado”). El único modo verdaderamente psicológico de entrar, empero, el cual es un ingreso lógico, consistente en comprometerse en la cuestión de la verdad de la imagen (y sobre todo la imagen de Dios), no ocurre en general en el Jung oficial. El mismo Jung se esforzó para asegurar que su conversación sobre la imagen de Dios en el alma no se tomara como un intento de probar la existencia de Dios.

En esta era y en este tiempo es precisamente tarea de la psicología ofrecer asilo a una presencia real de la noción de verdad. Todo lo demás parece haber abandonado la verdad: las ciencias de manera previsible y por definición, pero también la teología, la psicología personalista, el esoterismo New Age, el post-modernismo, el fundamentalismo, incluso el arte y la filosofía. Debido a que en nuestro mundo se siente dolorosamente la desintegración de todos los valores y la disminución de cohesión social, parece no haber mejor respuesta a esta desintegración que hacer una de dos: 1) o bien refugiarse en posiciones fundamentalistas reaccionarias, sosteniendo estos o aquéllos dogmas muertos cuya previa verdad viviente se sustituye con el propio fanatismo subjetivo, o 2) se intenta revitalizar la disciplina filosófica de la ética, y crear todo tipo de nuevos institutos para la investigación ética, sin advertir que la ética no sirve de nada si no está respaldada y autorizada por una respuesta real a la cuestión de la verdad. Pero esta era no quiere la verdad. Aparte de la ganancia rápida, quiere una avalancha de información, imágenes, estímulos, sentimientos, acontecimientos y por supuesto procesos automatizados. Nuestra era disfruta “deconstruyendo” sistemáticamente toda nuestra tradición metafísica (“logocéntrica”) y nuestra herencia cultural a medida que se desplaza felizmente hacia la “realidad virtual”, que es una realidad que está absolutamente vallada, porque es absolutamente libre de toda verdad.

En sus Recuerdos, Sueños, Pensamientos Jung informa que Freud temía la “negra marea de lodo” del ocultismo y quería hacer un dogma a partir de su teoría sexual como “barricada inconmovible” contra esta marea. Hoy, cuando la “negra marea de lodo” ya no es la del ocultismo sino la de la sociedad de la información que se encamina hacia la Realidad Virtual, experimentamos exactamente lo opuesto: la “negra marea de lodo” como la barricada misma contra aquello que hoy es lo más aborrecido, la Verdad.

La ausencia de verdad en el mundo moderno es la indicación de que el hombre se ha escondido de este mundo (si bien fácticamente aún esté allí). No quiere más mostrar presencia. Permanece fuera de este mundo. Quiere vivir la vida como si él no estuviera realmente allí. Y precisamente por eso, a veces actúa como si nada hubiera cambiado y el mito, el significado arquetipal, los Dioses aún estuvieran vivos. A fin de poder vivir el primer “como si” sin tener que afrontar sus consecuencias, le gusta refugiarse en el segundo “como si”, en la metáfora, la ironía, los chistes, la parodia -o en la “deconstrucción”. Se ha definido a sí mismo como un ausente y quiere adquirir conocimiento como un ausente (el objetivismo de las ciencias y el ontologismo en filosofía son signos del ausentismo de nosotros los humanos). El hombre se ha sustraído él mismo de su noción de vida y de realidad. Cuando la vida o el destino golpea a su puerta, dice “No hay nadie en casa”. Hoy no hay nadie en casa que pueda ya decirle a su situación real -o a nuestra situación colectiva: “¡Esto es!”, “Es aquí donde la Verdad, donde Dios debe mostrarse”. En cambio uno sueña con mejores alternativas a lo que es real y uno añora utopías, o lo desacredita todo como ilusión ingenua o mistificación, salvo una posición nihilista o agnóstica. El hombre moderno incluso ha elevado su auto-substracción de su noción de vida y de realidad al estatus de una teoría, en su rechazo ideológico de lo que se llama “etnocentrismo” o “eurocentrismo”, que es la admisión explícita de su decisión de establecerse en principio en la “excentricidad”.

Este ausentismo se muestra incluso en el nivel empírico-fáctico, en la conducta colectiva, como en el colapso de la educación debido a que los adultos esquivan sustentar cualquier principio ante sus hijos, o en las reacciones evasivas de Occidente a las atrocidades en la antigua Yugoslavia, o en el obvio descrédito de Occidente ante sus propios valores profesados, como se documentó en su posición hacia China, lo cual puede resumirse en el nuevo lema de Occidente, “la economía primero”. Este lema es hoy la única creencia real.

La verdad, por contraste, es el mundo o la vida tal como realmente ocurre que son, más la presencia determinada del hombre, su entrada comprometida y su auto-exposición lógica a la vida. En los días de antaño, este ingreso en y este compromiso último con la vida tomaba lugar especialmente mediante las instituciones de las matanzas sacrificiales y los ritos de iniciación (así como en actos rituales en general). Esos eran los modos primordiales de comprometerse verdaderamente (no subjetiva y emocionalmente, sino “objetivamente”, es decir: lógicamente) con la vida y así generar y reafirmar la verdad. La “realidad virtual”, por el otro lado, es la declaración de independencia respecto a la necesidad de dar un paso adelante, a la necesidad de generar la verdad. Nuestra era ha despedido a Acteón. Puede éste ahora regresar a la posición del que se queda en casa en la Antigua Saga Islandesa, haraganeando en casa y dedicándose a imaginar, sin aventurarse ya más en la expansión infinita de lo salvaje. Pero puesto que hacer esto era su única raison d'être, el que no pueda realizar su tarea eterna equivale a su total abolición y, junto con él, la abolición de Artemisa, y de hecho, también de todo el mito. Empero, si un mito, y especialmente tal mito sobre el encuentro del alma con su Verdad, se aborta sistemáticamente, también se ha abortado el mito o la mitología como tal. Por ello tenemos hoy una “realidad virtual”. Y por ello el uso que hace la psicología arquetipal de los mitos y de los Dioses es en gran medida falso. No se puede despachar la noción de verdad de la psicología, interrumpiendo así el eterno movimiento del alma hacia lo salvaje para encontrarse consigo misma como verdad absoluta- y pretender hablar aún legítimamente de Dios o de los Dioses. Uno debe haber ipso facto renunciado a este privilegio. Sin la noción de Verdad, las imágenes son inevitablemente “nada más que” imágenes -a pesar de todas las limitaciones conscientes de responsabilidad.

El nacimiento del hombre y el fin del significado

Para escuchar la clase dada el miércoles 18 de marzo de 2009, visitar el siguiente enlace

lunes, 16 de marzo de 2009

Psicología y verdad (4): la Verdad desnuda


En lo agreste uno se encuentra con la Verdad absoluta, pero también sólo la Verdad transforma la esfera en que uno entra en lo salvaje primordial, en primer lugar. Lo absoluto de la Verdad o la totalidad de “el todo” (the whole) es lo que constituye “lo salvaje”. Puesto que la verdad no es relativa, no hay aferre, nada positivo a lo cual pudiera ligarse seguramente, a lo que pudiera referirse. Es pura negatividad. Esto salvaje y agreste no es una localidad geográfica particular que exista en alguna parte. Es cualquier lugar si y sólo si se lo afronta en el espíritu de un compromiso incondicional con la búsqueda de la Verdad. Es el reino de la “pre-existencia”. Lo salvaje es donde yo como adepto, como consciencia, como mi teoría psicológica, entro à corps perdu dentro de la retorta.

La imagen es útil. Muestra que lo agreste no es lo agreste literal, ni está literalmente “fuera” de la valla, no es una literal extensión infinita ahí afuera. No es necesario abandonar la sala de consulta y atravesarla puerta hacia el mundo público. No hay necesidad de una ruptura juvenil de las vasijas. Lo agreste (la esfera de lo que no está vallado), sólo puede encontrarse dentro de la valla, dentro de la vasija, pero por supuesto sólo si implacablemente someto a este “adentro” mi auto-definición ontológica y la misma idea de mí mismo como persona existente. La infinitud se encuentra sólo dentro de los confines de la vasija. Esta contradicción refleja la negatividad lógica de lo salvaje, de lo agreste, el carácter de Mundo Invertido de la dimensión que llamamos alma. Lo salvaje es específico, determinado, aquí y ahora, este momento, esta situación (palabra clave: “cadidad”, o sea la cualidad de “cada” (each) cosa, acontecimiento, experiencia, etc. de ser tal y como es, de presentarse tal y como se presente- eachness). No es la vaga generalidad y la abstracción incomprometida de un vastedad inacabable alrededor de la vasija o alrededor nuestro, mientras miramos dentro de la vasija. El carácter de “alrededor nuestro” que efectivamente es esencial a lo salvaje es el resultado de nuestro movimiento lógico activo de someternos nosotros mismos, es decir, la noción misma de nosotros mismos, incondicionalmente a la situación que se presenta. No es la descripción de una condición espacial. Lo agreste es o existe sólo hasta el punto y en la medida en que se está generando. Su Ser tiene la naturaleza de un Llegar a ser. Esto también es verdad para el arte. Una obra de arte no “existe”, existe sólo en el sentido de que hay alguien (un lector, un oyente, un espectador) que lo crea dentro suyo. Por esto el verdadero arte pertenece a y a la vez se abre hacia lo salvaje, lo agreste. Lo agreste es, desde el comienzo, psicológico o lógico. Lo salvaje, lo agreste, debe ser pensado. No puede ser “percibido” o “imaginado”.

¿Cuál es la relación entre Verdad y lo salvaje? ¿Es la Verdad algo más además de lo salvaje, pero que se encuentra en ello, como uno encuentra árboles, ciervos y estanques allí? No. La Verdad es sinónimo con lo agreste, lo salvaje. Es lo salvaje, pero no como lo agreste vacío, incumplido, potencial, sino como logrado, realizado, cumplido. Hay que pensar la identidad y la diferencia del bosque primordial y Artemisa. Verdad y lo salvaje como la unidad de sí mismo como extensión infinita que rodea a Acteón por todos los lados (Otredad), y de sí misma como el Otro, como definido agudamente enfrente (“objeto” de experiencia). Artemisa es lo agreste amorfo en sí mismo, pero condensado en su forma o rostro concreto. Ella es su encarnación. Es el cumplimiento interior oculto, la verdad intrínseca de lo salvaje, la revelación (para Acteón, para aquel que realmente se aventuró en lo salvaje) de lo que lo salvaje es en verdad visto desde dentro. A fin de ver cualquier realidad o fenómeno desde dentro y en su más íntima verdad uno tiene que haberse aventurado lógicamente dentro de ello sin reservas, permitiéndole así que se vuelva lo salvaje.

La diferencia entre lo salvaje como extensión y Artemisa desnuda puede decirse así: en tanto lo salvaje aparezca sólo como extensión infinita alrededor de uno a la cual uno está expuesto, uno aún lo ve de alguna manera desde fuera. Paradójicamente, uno no está realmente en ello aún, pese a haberse (aparentemente) aventurado dentro de ello y estar rodeado por todos los lados por ello. Lo salvaje como amplitud, como pared sin contorno de la Otredad, sigue siendo aún una abstracción. Es la simple negación (la negación no dialéctica) de la esfera positiva, domesticada. No es aún la nada determinada, negativa (Hegel) del reino vallado (negación de la negación). Uno ha abandonado positivamente el reino de la positividad y ha entrado positivamente (físicamente o imaginalmente) en lo salvaje, pero aún se sujeta y se contiene, desde el punto de vista de la positividad que uno trae consigo a esto pretendidamente salvaje. Cuando uno está realmente en lo salvaje, entonces ello se muestra como Artemisa. Artemisa no es sino la determinación ulterior de la noción de “lo salvaje”, lo agreste, la revelación de su misterio o su imagen interior. Artemisa es a) cazadora que mata, “naturaleza” implacable, b) virgen intocada, prístina, absoluta y c) sin velos. El alma se muestra como lo salvaje (extensión abierta) cuando es cuestión de someterse incondicionalmente a ella. Lo salvaje es la imagen que acentúa que el alma es infinitud y que nos rodea completamente. Y que es abismalmente desconocida y es una realidad implacable. En tanto el alma se muestra en esta forma, requiere que nos expongamos aún más absolutamente, más negativamente a ella. Ciertamente, Artemisa es tan salvaje, implacable y virginal como el bosque primordial. En tanto que Diosa posee la misma infinitud. Pero es la imagen del alma como cognoscible y conocida, revelada, con contornos precisos y con un rostro y con un nombre, la imagen del alma que se presenta, en su verdad, con la misma falta de reserva que ha debido tener aquél que haya transgredido y entrado en lo salvaje. Según el grado en que uno aviste la Verdad desvelada, puede determinarse el grado de incondicionalidad con el que uno mismo se ha expuesto (la noción de “uno mismo”) a lo salvaje.

Lo salvaje que circunda todo, que como tal es vasto y sin contornos, es la imagen aún positiva de la negatividad lógica del alma. O es su negatividad lógica aún imaginada positivamente. Artemis, al contrario, es el secreto interior de esta negatividad, un secreto por el cual la negatividad es absoluta y no sólo una negación común, simple: no algo como la Nada del pensamiento existencialista (el opuesto no-dialécto de Ser). Artemisa es el rostro positivo de esta negatividad. Pero este rostro positivo no es “el otro lado de la misma moneda” y no es el opuesto de negatividad. Es su secreto interior, la profundidad oculta o el núcleo de negatividad lógica misma que se muestra cuando (y sólo cuando) la negatividad se ha vuelto absoluta; ya no es proyectada “ahí afuera”, en el objeto como su vastedad y su carencia de rostro, su envolvente Otredad, sino cuando también ha vuelto a casa al sujeto como la negación de su modo de percibir o imaginar lo negativo. Artemisa es la experiencia negativa de lo negativo, Erinnerung (interiorización) absoluto negativa de lo salvaje. Interiorización, ciertamente, es una noción lógica y no debe entenderse personalistamente como introyección o algo semejante. Lo salvaje que hasta ahora ha estado alrededor de la persona no está súbitamente dentro de la persona como sujeto. La interiorización absoluto-negativa es una operación lógica o alquímica que se opera sobre el “objeto” (lo salvaje) “ahí afuera” por así decirlo; es una operación como la vaporización, la calcinación o la sublimación. En Artemisa la negatividad, si se la ha penetrado con suficiente profundidad (es decir: absolutamente) se revela como siendo en sí misma no sólo nada, un vacío, carencia de contornos. Esto es lo que la hace absoluta (negatividad absoluta) -absuelta de la oposición entre negatividad y positividad. El hecho de que Artemisa sea la profundidad positiva de la negatividad absoluta no implica que sería menos “negativa” que lo salvaje, o que no sería negatividad.

Para Kant, la cosa-en-sí no puede conocerse. Limitó el concepto de conocimiento o cognición sólo al mundo como apariencia, con la consecuencia de que el concepto de conocimiento ya no significa verdadero conocimiento, o conocimiento de la verdad. La noción kantiana de la noción no puede así ser la noción de la psicología sobre la Noción. Las psicología no debe abandonar la noción de la verdad desnuda. Y no debe reducir la Verdad a un mero ideal que puede aspirarse, pero nunca alcanzarse, como lo implicó Jung al decir que la meta sólo importa como idea, y que el camino es lo que realmente cuenta, lo cual fue confirmado por Hillman. Una visión tal, casi popperiana, implica la traición a la psicología y también la traición al alma. El alma quiere conocerse a sí misma, y no se satisface con anhelar este auto-conocimiento, sino que necesita el encuentro real, cumplido, con la verdad desnuda.

Nuestra psicología está tan degenerada que ha reemplazado el conocimiento acerca de esta necesidad por parte del alma con la idea desencaminada y a la vez inflada de que nosotros debiéramos conocernos a nosotros mismos. Esto no quiere decir estar en contra de conocerse a sí mismo. El auto-conocimiento es extremadamente importante. Pero siendo algo que tiene que ver con madurez, civilización y diferenciación, por así decir, debiera ser una condición previa pedagógica para la psicología, pero no una tarea psicológica en sí mismo. Nosotros como gente, domesticados, positivizados: auto-observación narcisista e introspección. Ese es un modo de huir del alma, de trampear presentándole algo que sólo parece ser lo que en verdad necesita, es decir “auto-cognición”, pero que en realidad ofrece otra cosa, porque el ego usurpa el lugar que efectivamente le corresponde al alma (tanto como sujeto y como objeto del auto-conocimiento), de modo que se deja al alma afuera. Es un truco astuto: se retiene la idea de auto-conocimiento, pero se hace que el “auto” se refiera a “mí-mismo” en lugar del “el mismo del alma”, o sea al alma conociéndose a sí misma. No se libera al “auto” en la palabra “auto-conocimiento”, sino que se lo ata al ego. Se lo mantiene con correa. El tipo de “conocimiento” del que ahora se habla entonces ya no tiene más nada que ver con un encuentro con la verdad desnuda. O bien es un emprendimiento sensato y útil, aunque más bien banal, o bien es el autoembrollo narcisista e inflado mencionado más arriba. En ambos casos, sólo puede ocurrir fuera de lo salvaje, de lo agreste infinito del bosque primordial.

La Verdad es lo finalmente reprimido. La psicología tiene que ser psicología cognitiva en un sentido hasta ahora nunca dado al término. Tiene que ser psicología teórica. Giegerich insiste: la psicología es una disciplina de la verdad -pese a Jung quien frecuentemente se preciaba de su auto-restricción (¿autocastración?) empírico-cientificista de la psicología, inspirada por Kant, con respecto a la verdad “metafísica” ( si bien personalmente sentía, con respecto a Dios, que él no creía sino que sabía); y a pesar de Hillman, quien declaró explícitamente de la psicología que “no es una disciplina de la verdad” en su Re-visión de la psicología. Sólo en tanto que una psicología “con verdad” puede la psicología obtener el estatus de una disciplina teórica. Y sólo puede estar en lo agreste, en lo salvaje, como teoría. Sin ello, se vuelve inevitablemente una mera técnica, algo que uno hace (¡acción!) para lograr resultados prácticos, a pesar de todas las advertencias. Hay que reconocer que la mayoría de los junguianos, si no todos, son meros burócratas aún con el pretexto religioso de “hacer el bien”. No están ni han estado interesados realmente por el pensamiento, ni por el poder de pensamiento de Jung y con lo que éste exige de los sucesores de Jung.

Sin la cuestión de la verdad, la psicología junguiana tenía que corromperse hasta ser un jardín de recreo de la mente empresarial, de los pragmatistas, de meros administradores de los desordes psíquicos o del “crecimiento” psíquico (si bien con un disfraz religioso o humanitario o incluso con un disfraz “poético”). Sin compromiso con loa idea de verdead como el estándar, “el poder del pensamiento” es una frase sin sentido. Y sin ello, la psicología no tiene oportunidad.

Por supuesto, Hillman tiene razón en que la psicología no es una disciplina de la verdad al modo en que lo son o solían serlo la ciencia y la teología o la filosofía metafísica. Esto es especialmente cierto puesto que la ciencia no busca realmente la verdad, ni siquiera la corrección, sino sólo la confiabilidad y la predecibilidad -que es algo muy diferente, y en tanto que la teología, aún cuando se orientara hacia la verdad, no quiere realmente relacionarse con ella mediante el conocimiento, sino sólo mediante la fe, lo que significa que no quiere entrar en lo agreste. De modo que uno disciplina ha abandonado la noción de verdad, la otra ha abandonado el modo que el cual solamente la verdad es. Y el Jung oficial -no el privado- también operó tímidamente con una reserva mental. Dijo que la psicología debía ocuparse sólo con la imagen-de-Dios in el alma, no con Dios como real. Eso es una escapada. Más privadamente o indirectamente, sin embargo, Jung conocía acerca de la gnosis thou theoû, el conocimiento sobre Dios. ¿Y cuál podría ser el estatus de “Individuación” si estuviera desprovista de la noción de Verdad? Sólo podría ser una individuación en broma o de juego, en el patio de recreo de “nuestro interior”, nuestra subjetividad, y ello a pesar de todas las imágenes surgidas del inconsciente colectivo durante el proceso de individuación.

Y en la psicología arquetipal los Dioses ahora sólo son ”imaginales”, “ficciones”, “como-sis”, "dioses” estilo realidad virtual, puesto que la noción de verdad se ha eliminado con intención sistemática. Pero ¿qué son los Dioses si están privados de Verdad? Ciertamente, tomar cualquier cosa literalmente es pecar contra el espíritu, y tomar a Dios, en particular, literalmente, bordea la blasfemia. Dios no es una positividad. ¿Pero es una mejora acaso postular “Dioses imaginales”? ¿O no resulta más bien inferior a tomar a Dios literalmente creyendo en él? Uno no tiene que defender el modo de creer en Dios a fin de pensar que los Dioses como “metáforas para modos de experiencia” es la idea sin-compromiso-alguno acerca de los Dioses, idea que corresponde a la mentalidad “post-moderna” de la era de la TV, la mentalidad del “último hombre” de Nietzsche, el que guiña los ojos. Lo que hace falta en lugar de una eliminación positiva de la verdad como tal (es decir, negación simple, no dialéctica) es la corrupción alquímica (ciertamente mucho más difícil y sutil), la negación negativa de su antigua noción, que se caracteriza por su positividad, e ipso facto el desarrollo de una noción no positiva, negativa, de verdad. La corruptio es una forma de cancelación y trascendencia lógica (sublation, Aufhebung). Mientras que una negación simple o positiva destruye sin ambigüedad, elimina o ignora lo que es negado, la corruptio alquímica preserva la substancia misma mientras la corrompe. Por ello la negación que ocurre en alquimia es ella misma negada. Es negación dialéctica. Y la corrupción no se dirige a la sustancia misma, sino sólo a su estado químico (o, hablando psicológicamente, a su estatus lógico). La corrupción alquímica y la superación (sublation) lógica buscan la transformación en el sentido de elevar la misma substancia a un estatus superior. Pero el estatus superior no puede alcanzarse mediante una mera promoción exterior. Requiere una completa descomposición interna del antiguo estatus de la substancia. En alquimia y en la lógica dialéctica, el camino hacia arriba es el camino hacia abajo. El problema no es que la verdad figure en la psicología. El problema es la insensata idea positivista que tenemos comúnmente acerca de la verdad (“verdad científica”, “dogma”, etc.).

sábado, 14 de marzo de 2009

Psicología y verdad (3): Artemisa y el significado de lo agreste


Continuando con la epifanía de Artemisa, Wolfgang Giegerich se pregunta cuándo la psicología avanza hacia lo salvaje, lo agreste, y ofrece dos respuestas:

1) Cuando no quiere ser una teoría “objetiva” que versa “sobre” la realidad psicológica, sino más bien una teoría que se expone ella misma incondicionalmente a su materia, a su tema: el alma (tal como aparece ya sea en los grandes documentos arquetipales del alma en nuestra tradición, o en cualquier situación vital concreta); cuando ella misma, en tanto se sujeto, se sujeta incondicionalmente a su objeto en tanto que verdaderamente desconocido, con todos los dilemas y contradicciones en que pueda involucrarnos la noción de este tema, con su incómoda dimensión “metafísica”, su peligrosa cercanía a la superstición y el “ocultismo”, su dialéctica “loca” -esto es: cuando se somete a la absoluta negatividad de su propia materia, de su propio tema. En el caso del mito de Acteón, la psicología está en lo agreste cuando permite que Acteón sea (la imagen de) la psicología (más que una persona) que avanza por el bosque.

Si Acteón no fuera el alma misma como psicología humana que se aproxima a sí misma en tanto que Verdad (o que se expone a la impredecible verdad de su noción), entonces obviamente no sería una psicología que avanza en lo agreste, sino que no existiría lo agreste en absoluto. Pues si Acteón es visto como una mera persona, ciertamente se aventuraría en lo salvaje; pero ésto “salvaje” no es lo verdaderamente agreste. Sólo sería ese tipo de selva para la cual es usado como monigote que se aventura, mientras que la psicología misma se resguardaría a salvo por detrás y se limitaría a observar y registrar lo que él experimenta en el bosque. Pero lo agreste no es un lugar dado: existe si y sólo si la psicología se somete totalmente ella misma (con todos sus ocultos supuestos subyacentes, con su auto-definición implícita y la misma noción de alma, etc.) al proceso de una auto-experiencia radical, al que debe permitírsele que en principio desmonte uno cualquiera o todos estos supuestos. Nada debe verse eximido. No hay lo salvaje, si la idea misma de alma y de psicología no está continuamente en juego, también, en cada situación psicológica concreta que emerja para la discusión. En tanto la psicología (su constitución lógica) se mantenga a salvo de ello (como ocurre cuando se la concibe como una ciencia antropológica), ipso facto permanece o se establece en la esfera domesticada, como psicología-cercada, que es una contradicción en los términos. Lo salvaje, lo agreste, implica sin reservas, perros sin correa que podrían así abalanzarse incluso sobre su propio amo. En la ciudad y en los parques de la ciudad, en cambio, los perros tienen que mantenerse sujetos con correa.

Una psicología que mantiene los fenómenos psicológicos adheridos al ser humano como “su psicología” está atada a la correa de esta persona en tanto que persona. Por patológicos y destructivos que puedan ser estos fenómenos psicológicos para la persona empírica, no se les permite nunca sin embargo que se vuelvan contra su estatus ontológico como persona (es decir: como entidad) y desgarren este estatus, porque su ser-persona sirve como la vasija contenedora por definición no afectada para un proceso que, de otro modo, posiblemente sería turbulento, incluso desastroso. La psicología misma se proteje así de verse desgarrada por su propio tema, de ser descompuesta (superada, sublated) por el alma como negatividad lógica o “pre-existencia”, porque se la concibe ya como la vasija contenedora intacta y no afectada de la “realidad psicológica”. Por lo mismo, una psicología que quiera ser una ciencia tiene que determinarse como inmune en su estatus lógico fundamental, a pesar de toda su apertura a nuevos datos experimentales cuando ejerce su método científico.

Si tuviéramos que describir en términos alquímicos lo que significa lo salvaje, tendríamos que decir que es cuando el mismo artífice o el artista entra dentro de la vasija y así finalmente se vence la separación entre la vasija (hablando psicológicamente: tanto él mismo como vasija cuanto el campo de la psicología como vasija), por un lado, y lo que está dentro de la vasija, por el otro. La materia prima empuja a la vasija misma dentro del proceso de descomposición y vaporización que originalmente se creía que tenía que contener a toda costa. La vasija cede. Se cancela la distinción entre yo y “mi proceso”, “mi desarrollo”, “mis problemas personales”. Se abandona la disociación entre la psicología como campo y la “psicología de la gente” que este campo debe estudiar. La psicología se supera y trasciende (sublates) a sí misma en tanto que “psicología inmediata” (como estudio de la “psicología de gente”) y de ese modo se asienta en su arché. Pues el arché, el comienzo, de la psicología es su auto-superación, la superación y trascendencia de la idea del “ser existente”, en otras palabras, del “prejuicio antropológico”.

La noción de la psicología como el estudio de lo que ocurre dentro de la gente impide que la psicología sea psicoanálisis “salvaje”. Por eso Giegerich ataca la interpretación personalista de Acteón, en tanto que empequeñece y reduce este mito. Frustra así su mismo propósito. Si bien aún habla acerca de lo salvaje, lo hace del modo como podríamos mirar películas sobre la naturaleza salvaje y sobre animales depredadores, desde la seguridad del sillón de la sala de estar. Esta no es la presencia real de lo salvaje, no es más que un fantasma, o una versión de juguete. Lo salvaje sólo está verdaderamente presente cuando nosotros, el sujeto que experimenta, estamos plenamente expuestos a su realidad. Mejor dicho, no nosotros como personas, sino nuestra misma psicología, nuestra noción de psicología. De otro modo no funciona. El mito de Acteón no admite una interpretación personalista de Acteón, como si éste fuera un puer, un muchacho curioso, (o la psicología de un puer) etc. Lo “salvaje”, la “Diosa desnuda”, los “perros sin correas” requieren que no haya contención. Exigen darse cuenta de que lo entra en el bosque primordial es la psicología como totalidad, y no meramente la persona abstracta (abstraída) que tiene una psicología o que “hace” psicología (sea como afición o como profesión). De no ser así, se llegaría a la idea contradictoria de lo salvaje “controlado” o “domesticado” -una idea que, si se la toma en serio, necesariamente se autodestruye.

La segunda respuesta a la cuestión sobre la imagen de lo salvaje es que la psicología transgrede y entra en la agreste primordial en el momento en que acepta sin reservas la cuestión de la verdad. En el mismo momento en que está dispuesta a enfrentar honestamente esta cuestión, ha abandonado los confines seguros del mundo civilizado y cercado y ha violado la ley no escrita de la modernidad, que prohíbe la cuestión de la verdad bajo todo tipo de precauciones metodológicas y advertencias en contra de la hybris humana. Pero lo que se presenta como la humilde intuición de nuestras “limitaciones humanas” y de “la naturaleza finita de la existencia humana” es en verdad un mandamiento. Es la prohibición de dejar el reino cercado de lo humano-demasiado-humano. Aventurarse en lo agreste significa precisamente dejar atrás lo humano-demasiado-humano y el dogma de la naturaleza meramente finita del hombre. Significa nada menos que transgredir y adentrarse en la “infinidad”, en la “eternidad”, en la espera de lo absoluto. Significa encarar “el todo” o morar a la vida y vivirla como “el hombre integral” (the whole man). ¿Qué otro significado podría tener el término agreste, lo salvaje? ¿Emborracharse? ¿Drogarse? ¿Flipar o cualquier otro salvajismo literal?

Cualquier otra movimiento que no ingrese efectivamente en la infinidad no abandona en verdad el mundo domesticado. El dogma de la naturaleza sólo finita de nuestra existencia es la cerca que ponemos alrededor nuestro, y al escondernos tras ella creamos la esfera lógicamente (no necesariamente fácticamente) segura y confortable de la vida común que por definición está protegida de lo agreste. Verdad, lo absoluto, infinidad: aquí es donde comienza lo crudo, lo sin cocinar. Aquí es donde yace nuestra frontera. A fin de aventurarme en lo salvaje no tengo que ir a la selva brasileña o escalar las montañas más altas o practicar puenting (puentismo). No necesito meterme en el esoterismo New Age. No tengo que tomar drogas psicodélicas. Puedo permanecer exactamente donde estoy, en mi situación real. Todas las cosas mencionadas que podría hacer nunca me sacarían de ese mundo del cual se ha dicho adecuadamente que su frontera está cerrada. Y se cierra más y más cada día. Y tales experiencias extremas, sensacionales, sólo contribuyen a su ulterior cierre. Pero mientras la frontera se cierra, una nueva frontera, nuestra frontera de hoy, se está abriendo.

Giegerich afirmó anteriormente que hay dos respuestas a la pregunta de cómo y cuándo la psicología avanza en lo agreste. Acaso sólo hay una, admite luego, ya que la segunda respuesta comprende a la primera en su interior. En el momento en que nos dejamos ser enfrentados por la cuestión de la verdad, no hay más sitio para el psicologismo, para ese tipo de “psicología” reductiva, domesticada que estudia los sentimientos, las ideas, las imágenes, etc. de la gente. En el momento en que nos preocupa la verdad de esos sentimientos, ideas, fantasías, imágenes (tales como la imagen de Dios), no es tan sólo Acteón (o Ud. o yo) en tanto que individuo quien entra en el bosque. Es nuestra psicología como tal, su lógica, que se somete a sus propias necesidades inherentes y a las complejidades de su esencia interior. El correlato de la verdad absoluta sólo puede ser algo que en sí mismo que para empezar sea noético: la misma psicología, no la persona humana.

En lo agreste uno se encuentra con la Verdad absoluta, pero también sólo la Verdad transforma la esfera en que uno entra en lo salvaje primordial, en primer lugar. Lo absoluto de la Verdad o la totalidad de “el todo” (the whole) es lo que constituye “lo salvaje”. Puesto que la verdad no es relativa, no hay aferre, nada positivo a lo cual pudiera ligarse seguramente, a lo que pudiera referirse. Es pura negatividad. Esto salvaje y agreste no es una localidad geográfica particular que exista en alguna parte. Es cualquier lugar si y sólo si se lo afronta en el espíritu de un compromiso incondicional con la búsqueda de la Verdad. Es el reino de la “pre-existencia”. Lo salvaje es donde yo como adepto, como consciencia, como mi teoría psicológica, entro à corps perdu dentro de la retorta.